28 de febrero de 2025: Los Soprano en la Casa Blanca
- Escrito por Manuel Peinado Lorca
- Publicado en Opinión
En un navío de guerra anclado en la bahía de Placentia, Terranova, en agosto de 1941, unos cuatro meses antes del ataque japonés a Pearl Harbor, Franklin D. Roosevelt se reunió con Winston Churchill para acordar la Carta del Atlántico, una declaración conjunta de las principales potencias democráticas del mundo sobre “principios comunes” para la posguerra.
Esa Carta y la OTAN, la alianza que surgió de ella, fue un punto culminante de la habilidad política estadounidense. El viernes 28 de febrero, en el Despacho Oval, el mundo fue testigo de lo contrario. Volodymyr Zelenski, el atribulado líder ucraniano, llegó a Washington dispuesto a renunciar a todo lo que pudiera ofrecerle a Trump, excepto la libertad, la seguridad y el sentido común de su nación. Fue recompensado con una reprimenda sobre su indumentaria por el anfitrión más mentiroso, vulgar y maleducado que haya habitado jamás la Casa Blanca.
Si Roosevelt le hubiera dicho a Churchill que pidiera una paz incondicional con Adolf Hitler y que cediera las reservas de carbón de Gran Bretaña a Estados Unidos a cambio de que no le diera garantías de seguridad, estaríamos en una situación parecida a lo que Trump le hizo a Zelenski. Digan lo que digan sobre la mala jugada de Zelenski por no comportarse con el grado de sumisa adulación que exige Trump o por no mantener la compostura frente a las provocaciones hipócritas del vicepresidente Vance, este fue un día infame en la historia estadounidense.
Si hay un aspecto positivo de esta encerrona, es que Zelenski no firmó el acuerdo sobre los minerales ucranianos que le impuso ese mismo mes Scott Bessent, el secretario del Tesoro de esta Administración chantajista. Estados Unidos tiene derecho a algún tipo de recompensa por ayudar a Ucrania a defenderse, pero si lo que busca la administración Trump es una compensación financiera, la mejor manera de conseguirla es confiscar, en colaboración con nuestros socios europeos, los activos congelados de Rusia y depositarlos en una cuenta con la que Ucrania pueda pagar las armas fabricadas en Estados Unidos.
Una victoria rusa en Ucrania, incluido un cese del fuego que permita a Moscú consolidar sus avances y recuperar su fuerza antes del próximo ataque, tendrá exactamente el mismo efecto que la victoria de los talibanes en Afganistán: envalentonar a los enemigos estadounidenses para que se comporten de manera más agresiva. Hay que reflexionar sobre algunos hechos: mientras Trump aumentaba la presión sobre Ucrania en las últimas semanas, Taiwán denunció un aumento de los ejercicios militares chinos en torno a la isla, mientras que buques de guerra chinos realizaron ejercicios con fuego real frente a la costa de Vietnam y se acercaron a 150 millas náuticas de Sídney.
Cuando Trump asegura que la Unión Europea se creó para “joder a Estados Unidos” está mintiendo, pero implícitamente desvela su principal temor. Ojalá las amenazas de Trump al menos sirvan para unir a Europa ante este matón. Europa debe entender de una vez por todas que una Europa unida, o lo que es lo mismo, una Europa federal como la que creó Estados Unidos con su Constitución de 1787, una Europa capaz de combinar la unidad política con la diversidad lingüística, cultural e identitaria, es la única garantía de la paz, la prosperidad y la democracia en el continente, así como de su relevancia en el mundo.
Cuando vi el video de la reunión Zelenski-Trump recordé el libro autobiográfico de Stefan Zweig, titulado El mundo de ayer, escrito en 1941, un año antes de que, desolado por el avance del nazismo y convencido de la derrota de la civilización europea, se suicidara junto a su mujer el 22 de febrero de 1942, tres años antes de la victoria aliada y cuando parecía que Adolf Hitler era imparable.
Zweig fue una persona tolerante y pacifista al que en plena madurez le tocó vivir en un mundo que estaba lanzado en la dirección contraria. Este párrafo de sus memorias resume muy bien su angustia por el previsible porvenir:
«Antes de la guerra [la II Guerra Mundial] había conocido la forma y el grado más altos de la libertad individual y después, su nivel más bajo desde siglos. He sido homenajeado y marginado, libre y privado de la libertad, rico y pobre. Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea. Me he visto obligado a ser testigo indefenso e impotente de la inconcebible caída de la humanidad en una barbarie como no se había visto en tiempos y que esgrimía su dogma deliberado y programático de la antihumanidad. Después de siglos, nos estaban reservadas de nuevo guerras sin declaración de guerra, campos de concentración, torturas, saqueos indiscriminados y bombardeos de ciudades indefensas; bestialidades que las últimas cincuenta generaciones no habían conocido y que ojalá no conozcan las futuras».
El viernes 28 fue un día terrible, terrible para Ucrania, para el mundo libre, para el legado de unos Estados Unidos que una vez defendieron los principios de la Carta del Atlántico. Roosevelt y Reagan, Churchill y Thatcher, deben estar revolviéndose en sus tumbas al comprobar que Trump aspira a la destrucción de la democracia, para lo cual debe destrozar o jibarizar la UE, el gran bastión de la democracia, y desmontar los organismos internacionales para demoler el orden mundial existente basado en reglas y fundar un nuevo orden autoritario, regido por la única ley que respeta: la del más fuerte.
Al contemplar lo que hicieron Trump y Vance con el presidente ucraniano reconocí que Trump es el síntoma de una decadencia que lleva años incubándose, que no es un político sino un matón que, como Putin, solo entiende el lenguaje de la fuerza y que Estados Unidos está en las manos de unos gánsteres en los que reconozco el matonismo intimidador de la familia Soprano.
Manuel Peinado Lorca
Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.
En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.
Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).
En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.
En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.
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