Cannabis medicinal: del tabú al hospital
- Escrito por Manuel Peinado Lorca
- Publicado en Opinión
El pasado 8 de octubre, el Consejo de ministros aprobó un Real Decreto que autoriza el uso terapéutico del cannabis en hospitales. Por primera vez, los médicos especialistas podrán recetar fórmulas magistrales elaboradas con extractos estandarizados de la planta cuando otros tratamientos resulten ineficaces. No podrá venderse en farmacias ni prescribirse en atención primaria, y su elaboración quedará bajo control de las farmacias hospitalarias. La medida, aunque limitada, marca un cambio simbólico: el paso del cannabis del margen al sistema sanitario.
No es un hecho aislado. España se suma así a una lista de países —Israel, Alemania, Canadá o Reino Unido— que han reconocido el potencial terapéutico de una planta durante décadas condenada al tabú. Detrás de este giro hay más de dos milenios de historia médica, un siglo de prohibiciones y un lento retorno a la evidencia.
Una planta con historia médica
El cannabis acompañó a la medicina mucho antes de convertirse en símbolo contracultural. Textos chinos del emperador Shen Nung (2700 a.C.) lo mencionan como analgésico y antirreumático. En Egipto, Grecia y el mundo árabe se utilizó para aliviar dolores, inflamaciones y espasmos. En el siglo XIX, los médicos europeos incorporaron tinturas de cannabis a sus farmacopeas; el farmacéutico irlandés William O’Shaughnessy lo introdujo en la medicina británica en 1842 tras observar su uso terapéutico en India.
Durante décadas, se prescribieron extractos para calmar migrañas, cólicos, insomnio o epilepsia. Pero la llegada del siglo XX y las campañas internacionales contra las drogas cambiaron su destino. En 1961, la Convención Única sobre Estupefacientes lo clasificó como sustancia sin valor médico reconocido, y el cannabis desapareció de la medicina oficial.
Solo en los últimos veinte años, impulsados por la investigación y la presión de los pacientes, los gobiernos comenzaron a revertir esa decisión. En 2020, la ONU retiró el cannabis de la lista de sustancias “sin uso terapéutico”, reabriendo la puerta a su estudio clínico.
Dos moléculas, dos historias
El cannabis es un laboratorio vegetal: contiene más de cien compuestos llamados cannabinoides, pero dos son los protagonistas de su historia moderna.
El THC (tetrahidrocannabinol) es el componente psicoactivo. Actúa sobre los receptores cerebrales CB1, modificando la percepción, el apetito y el dolor. En dosis controladas, puede reducir náuseas por quimioterapia, estimular el apetito en pacientes oncológicos o con VIH y aliviar dolores neuropáticos o espasticidad muscular. Pero también puede causar ansiedad, taquicardia o alteraciones cognitivas si se abusa de él.
El CBD (cannabidiol) carece de efectos psicoactivos, actúa principalmente sobre receptores CB2 y modula la respuesta inflamatoria y nerviosa. Se ha demostrado eficaz en epilepsias infantiles resistentes (como el síndrome de Dravet) y se investiga para la ansiedad y el dolor crónico. Su perfil de seguridad es más favorable, aunque tampoco está libre de interacciones y efectos secundarios.
El equilibrio entre ambos —la proporción de THC y CBD— determina en buena parte los efectos terapéuticos y también los riesgos de cada preparado. Por eso el decreto español exige composición definida y trazabilidad total de los productos.
Qué sabemos y qué no
El consenso científico distingue con claridad las áreas donde el cannabis ha demostrado utilidad médica de aquellas donde las evidencias aún son débiles.
Con evidencia sólida o moderada:
*Espasticidad asociada a esclerosis múltiple.
*Náuseas y vómitos provocados por quimioterapia.
*Dolor crónico refractario.
*Epilepsia infantil resistente a fármacos (con CBD purificado).
Con evidencia insuficiente o controvertida:
*Ansiedad y trastornos del sueño.
*Dolor por fibromialgia o artritis.
*Enfermedades inflamatorias intestinales.
*Depresión o estrés postraumático.
La dificultad está en el diseño de los estudios: los preparados son diversos, las dosis variables y los grupos pequeños. Aun así, la Agencia Europea del Medicamento y la Organización Mundial de la Salud reconocen ya un valor terapéutico claro en algunos supuestos.
El modelo español apuesta por la prudencia regulada. Los productos deberán proceder de cultivos autorizados, contener proporciones controladas de THC y CBD y ser elaborados por laboratorios bajo supervisión de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS). La dispensación quedará limitada a hospitales, donde los farmacéuticos elaborarán fórmulas magistrales personalizadas. Solo los especialistas en las patologías correspondientes podrán prescribirlos “cuando existan razones clínicas documentadas”.
El decreto no fija un listado cerrado de dolencias; en su lugar, la AEMPS publicará monografías específicas que definirán indicaciones, dosis y pautas de uso. Esto permitirá ampliar progresivamente el número de enfermedades tratables conforme avance la evidencia científica.
De la prohibición al control
El cannabis medicinal vive un proceso inverso al de las décadas pasadas: de la clandestinidad al laboratorio, del mito al protocolo. Los países que lo han incorporado antes —como Israel o Canadá— muestran que entre un 0,6% y un 0,7% de la población lo utiliza con fines terapéuticos. En España, eso equivaldría a unas 300 000 personas, aunque la cifra inicial será mucho menor.
El reto será doble: garantizar un acceso equitativo —sin convertirlo en un privilegio urbano— y evitar que la expectativa social supere a la evidencia médica. El cannabis no sustituirá a los analgésicos convencionales ni resolverá dolencias complejas, pero puede ofrecer alivio allí donde otros fármacos fallan.
El debate sobre el cannabis medicinal también toca fibras culturales. Durante décadas, su nombre estuvo asociado al consumo recreativo, la marginalidad o la ilegalidad. Reintroducirlo en la medicina exige reconstruir la confianza entre pacientes, médicos y autoridades.
Los especialistas señalan que el riesgo no está tanto en la planta como en su banalización. Un uso terapéutico regulado y clínicamente supervisado no equivale a un permiso recreativo encubierto. El objetivo del decreto no es abrir un mercado, sino cerrar un vacío terapéutico.
El cannabis ha pasado de ser remedio ancestral a estigma, y de ahí a laboratorio farmacéutico. Su historia resume una tensión clásica: entre lo natural y lo sintético, lo prohibido y lo curativo. Que en 2025 entre en los hospitales españoles no significa que la medicina haya claudicado ante una moda, sino que la ciencia ha recuperado un conocimiento perdido y lo somete al método.
Como toda medicina, el cannabis no ofrece milagros, pero sí oportunidades. Y quizá esa sea su lección más valiosa: recordar que, incluso después de un siglo de prohibiciones, una planta puede volver al hospital si la ciencia la rescata del dogma.
Manuel Peinado Lorca
Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.
En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.
Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).
En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.
En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.