Astoria: Washington Irving y la invención literaria del Oeste
- Escrito por La redacción
- Publicado en Cultura
Manuel Peinado Lorca, colaborador habitual de El Obrero, ha publicado la primera traducción de Astoria, la última obra inédita en español de Washington Irving, un relato épico que sirvió de trasfondo histórico a la oscarizada película El renacido.
Durante mucho tiempo, Washington Irving fue el estadounidense más famoso del mundo. Puede parecer exagerado, pero así lo proclamaban los periódicos europeos cuando la fama todavía viajaba en diligencia y las noticias cruzaban el Atlántico en barcos de vela. Nacido en Nueva York en 1783, el mismo año en que terminó oficialmente la Guerra de Independencia, Irving pertenecía a la primera generación de estadounidenses nacidos en un país ya independiente. Era un muchacho enfermizo, aficionado a los libros y poco inclinado a los negocios familiares. Muy pronto entendió que prefería inventar historias a llevar cuentas.
Cuando en 1815 cruzó el Atlántico, Estados Unidos era todavía una nación joven que apenas había comenzado a construir una literatura propia. Irving buscaba algo que América aún no podía ofrecerle: tradición, ruinas, memoria histórica. Inglaterra y España le proporcionaron precisamente eso. En Londres frecuentó círculos literarios y conoció a Walter Scott; en España descubrió un país que para los románticos europeos era casi un territorio legendario.
Llegó a Sevilla en 1826 y pasó varios años entre Madrid, Granada y los archivos históricos españoles. Allí escribió obras sobre Cristóbal Colón y, sobre todo, los célebres Cuentos de la Alhambra, libro que contribuyó decisivamente a fijar la imagen romántica de España en el imaginario anglosajón. Irving veía en la Alhambra algo más que un monumento: veía un escenario poblado de ecos moriscos, viajeros extraviados y fantasmas históricos. Su éxito fue tan grande que en 1829 fue nombrado miembro de la legación estadounidense en Madrid.
Sin embargo, cuando regresó a Nueva York en 1832, encontró un país completamente distinto del que había dejado atrás. Mientras él recorría patios nazaríes y bibliotecas españolas, Estados Unidos se había expandido hacia el Oeste. La compra de Luisiana había abierto un continente inmenso a comerciantes, exploradores y colonos. El país ya no miraba a Europa: miraba a las Montañas Rocosas.
Ese regreso cambió también la literatura de Irving. Comprendió que el gran relato estadounidense no estaba ya en castillos medievales ni en leyendas europeas, sino en las praderas, los ríos y las rutas de frontera. De esa intuición nacieron sus tres grandes libros occidentales traducidos y anotados por Manuel Peinado: A Tour on the Prairies (1835), publicado en español por Errata naturae como La frontera salvaje; Astoria (1836); y Las aventuras del capitán Bonneville (1837; edición en español de Interfolio). Los tres constituyen una especie de trilogía sobre la expansión estadounidense hacia el Pacífico y el nacimiento del imaginario del Oeste.
La frontera salvaje marca el comienzo de esa transformación. Irving acompañó una expedición por las praderas del actual Oklahoma y convirtió el viaje en una narración híbrida entre diario, crónica de viaje y observación etnográfica. El tono había cambiado por completo respecto a los Cuentos de la Alhambra. Donde antes había ruinas medievales y susurros románticos, ahora había polvo, bisontes, campamentos improvisados y tribus indígenas. Irving descubría una nueva épica: la de un territorio inmenso que todavía parecía escapar al control de la civilización.
Pero la gran obra de esta etapa es probablemente Astoria. El libro reconstruye la aventura de John Jacob Astor y su intento de crear un imperio peletero en la costa del Pacífico. Irving convierte aquella empresa comercial en una epopeya moderna hecha de expediciones desastrosas, hambre, naufragios, errores de cálculo y resistencia humana. Los protagonistas atraviesan territorios dominados por arikaras, shoshonis, pies negros, nez percé y chinooks en un continente todavía organizado por rutas indígenas y no por fronteras nacionales.
Lo extraordinario de Astoria es que Irving evita casi siempre el triunfalismo. La conquista del Oeste aparece como una mezcla de ambición visionaria y torpeza permanente. No hay héroes perfectos ni gloria fácil: hay barro, frío, improvisación y malas decisiones. El libro funciona al mismo tiempo como relato de aventuras, crónica histórica y reflexión sobre el choque entre capitalismo, naturaleza y expansión territorial. Mucho antes de que Hollywood inventara el western clásico, Irving ya estaba describiendo el verdadero rostro de la frontera.
Un año después publicó Las aventuras del capitán Bonneville, basado en los diarios del explorador Benjamin Bonneville. El libro prolonga la exploración literaria del Oeste, pero con un tono algo más libre y errante. Bonneville aparece menos como un héroe legendario que como un hombre obstinado y curioso que avanza entre tramperos, comerciantes y pueblos indígenas sin comprender del todo el territorio que pisa. Irving retrata unas Montañas Rocosas todavía mal cartografiadas, un espacio inmenso donde la geografía parece imponerse constantemente a los proyectos humanos.
Leídas hoy, estas tres obras poseen un valor extraordinario porque capturan el instante exacto en que Estados Unidos comienza a imaginarse como potencia continental. Irving entendió antes que muchos escritores de su tiempo que el Oeste no era solo un espacio geográfico, sino también una idea literaria y política. En sus páginas aparecen ya algunos de los grandes temas que definirían la cultura estadounidense posterior: la frontera, la movilidad, la naturaleza salvaje, la expansión económica y el conflicto entre civilización y territorio.
Al mismo tiempo, Irving nunca abandonó del todo la sensibilidad del viajero romántico que había recorrido España. Incluso en sus relatos sobre tramperos y exploradores persiste una mirada elegante y ligeramente melancólica. Observa el Oeste con curiosidad, pero también con cierta distancia irónica, como si comprendiera que toda expansión lleva consigo una pérdida.
Esa mezcla de romanticismo europeo y energía americana es precisamente lo que hace de Irving una figura tan singular. Fue el primer escritor estadounidense con prestigio internacional y quizá también el primero que comprendió que la literatura norteamericana debía encontrar su propia voz sin romper completamente con Europa.
Hoy seguimos recordándolo por los Cuentos de la Alhambra, Sleepy Hollow o Rip Van Winkle, pero sus libros sobre el Oeste constituyen una parte esencial de su legado. En ellos Irving dejó de mirar hacia castillos medievales y comenzó a mirar hacia las praderas. Descubrió que la gran leyenda americana no estaba en el pasado europeo, sino en un continente todavía en construcción. Y supo contarla antes que nadie.
Washington Irving (1836). Astoria. Una aventura más allá de las Montañas Rocosas. Edición traducida y anotada de Manuel Peinado Lorca. Interfolio (2026). 839 pp. 33 €.
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