El enemigo de la democracia
- Escrito por Beatriz Talegón
- Publicado en Opinión
Se supone que en democracia todos tenemos las mismas herramientas para participar, para denunciar, para proponer, para defendernos. Se supone que en democracia, a través del diálogo, de las vías siempre pacíficas, se convence a las mayorías para que exploren soluciones a problemas determinados. Se supone que en este juego todos deberían partir con las mismas oportunidades para desarrollar aquello que consideran justo en base a las normas que entre todos asumimos. Se supone.
Sin embargo, el “tener" por desgracia supone el “ser” en demasiados casos. La capacidad adquisitiva determina la posibilidad de acceso a la justicia, a la información, a la salud, a la educación y la capacidad de influencia para generar mayorías. La democracia en la que vivimos está condicionada por otros factores que van más allá de esos valores que quedan muy bien en escritos teóricos, en textos constitucionales y en preámbulos legislativos.
Si no se regula un acceso a la vivienda, algo fundamental para vivir, estaremos dejando a la intemperie a miles de personas. Si no se garantiza un acceso a un puesto de trabajo, condenaremos a la pobreza a cientos de miles de ciudadanos. Si no garantizamos unos ingresos mínimos, será imposible construir una sociedad que viva y después conviva. El “libre mercado” no se regula solo porque en él intervienen fuerzas muy desequilibradas, y al final, siempre ganan los que más tienen. Tener más es el objetivo, a costa de lo que sea.
Para un individuo, “tener más” puede implicar sencillamente tener un trabajo que le permita pagar una vivienda, comer, tener luz y calefacción en su casa, cubrir los gastos básicos para vivir dentro de lo que se considera “digno”. Mientras, “tener más” para los empresarios implica otras cuestiones: y por desgracia este sistema le permite recortar de los derechos de sus trabajadores para así ir amasando fortuna. Si no se reparte la riqueza por partes de quienes la tienen, al final se termina explotando al más débil: al que no tiene las herramientas para defenderse, al que no tiene voz para ser escuchado.
Esta es la historia que venimos arrastrando, desde hace siglos. Los fuertes frente a los débiles. Y los fuertes saben que tienen apoyos en la Administración pública, en el sistema judicial, porque precisamente a través de sus representantes (ya sean políticos, ya sean tecnócratas), velarán porque sus beneficios sigan aumentando. El crecimiento económico a costa de la sangría de quienes luchan por sobrevivir. La brecha de la desigualdad se ha abierto durante los años de la “crisis”: los que menos tenían debían apretarse el cinturón, mientras los datos han demostrado que las clases más altas han amasado cada vez más ingresos.
A veces, mucho más a menudo de lo que lo hacemos, deberíamos echar un vistazo a la naturaleza para intentar comprender cómo funcionan algunas cosas. ¿Hay algo que crece sin límite? Sí, el cáncer. Las células cancerígenas se extienden, se propagan, aumentan hasta que consiguen terminar con el organismo del que viven. Tomemos nota: el crecimiento económico sin límites al final termina por reventarlo todo.
No se puede vivir a este ritmo. Es insostenible. Y para equilibrar la situación, para garantizar que todo esto no salte por los aires, es fundamental intervenir. Porque, repito, “el mercado” no se regula solo. No es cierto que haya una “mano invisible” que equilibre las balanzas. No lo es. Porque hay infinitos intereses que siempre empujan hacia donde más fuerza se ejerce. Y los que no somos terratenientes, los que no somos grandes empresarios, ni herederos de grandes fortunas, estamos absolutamente indefensos.
Para eso está el Estado, para regular, para limitar los abusos, para garantizar lo más fundamental: que todos tengamos vivienda, que todos tengamos comida, que todos tengamos salud, educación y que, a partir de ahí, podamos ir participando de un sistema que tenga garantizado (o así debería ser), el reparto de beneficios entre todos. A eso deberíamos llamarle “patria”, al hecho de que asumamos el bienestar de una sociedad en base a los esfuerzos conjuntos, a la aportación de todos y se tenga como objetivo precisamente que nadie se encuentre en situaciones límite. Sin embargo, esto no ha venido siendo así: durante la “crisis” se apostó por reventar a los que menos tenían, freírles a recortes, destrozar la sanidad pública, la educación, las infraestructuras, las garantías laborales. Se machacó a una sociedad a base de desinformarla, atontarla a través de medios de comunicación que no han querido apostar por información ni por cultura, sino por cutre mareo alienador.
España es un país con recursos: tenemos una geografía inigualable, que permite abastecerse de manera casi inigualable. Teníamos agricultura, ganadería, pesca, tendríamos recursos de energías renovables suficientes para nuestro abastecimiento y para exportar. Tenemos potencial cultural inigualable en el mundo: un potencial en las industrias culturales. Tenemos personas dedicadas a la investigación, un personal sanitario excelente, una sanidad que ha sido referente mundial. ¿Qué nos pasa? Sencillamente que esto viene estando mal repartido: los que piensan y funcionan patrimonializando de manera privativa (para ellos) las tierras, los hospitales, los colegios, las grandes industrias han hecho de España su fuente de recursos. SU fuente, no NUESTRA fuente. Hemos desmontado un territorio que nos permitiría vivir a todos en unas condiciones excelentes: sin embargo, explotamos nuestras tierras para que los que las trabajan no tengan para vivir, mientras se benefician de ello las grandes corporaciones que quedan muy lejos de las tierras; esquilmamos los servicios públicos, los reventamos para derivar a los pacientes a consultas privadas gestionadas por grandes corporaciones privadas; despreciamos la educación pública para así pretender ofrecer una educación de excelencia en centros concertados o privados. En definitiva: el problema que tenemos en España, básicamente, es que hay un reducido grupo de poder que está por encima de la ética, en muchos casos de la legalidad, que cuenta con el apoyo de sus “colegas” que también sacan beneficios por hacer la vista gorda, por legislar en su beneficio o por dictar “doctrinas Botin” con las togas puestas. Ese es el problema que tenemos en este país.
Mientras tanto, a quien lo denuncie, le tapan la boca. Le señalan como el enemigo. Le revientan sin compasión. Porque la realidad es muy distinta a lo que nos cuentan: enfrentar a las clases populares es la única herramienta que les queda para seguir manteniéndose ahí arriba, a nuestra costa. Intoxicarnos desde sus medios de comunicación, mentirnos de manera constante y aborregarnos con horas de televisión banales, es su fortaleza.
Ahora que tenemos a nuestro alcance herramientas que permiten acceder a información que antes nos era imposible alcanzar, ahora que deberíamos organizarnos mucho mejor, pues lo tenemos más fácil, tenemos la obligación de no permitir que calen más divisiones. Que nos enfrenten a los agricultores que salen a exigir dignidad por su trabajo. Es momento de exigir al Estado que intervenga de una vez por todas: sin miedo y sin titubear. Los privilegios de los de siempre deben terminar. Los derechos de la mayoría han de exigirse con contundencia. De lo contrario, ante una situación de desinformación y pobreza, el caladero para los mensajes simplistas, racistas, machistas, de violencia contra cualquiera que abra la boca, se expandirán como un virus. Y estamos comenzando a verlo.
El enemigo de la democracia, en definitiva, es el egoísmo exagerado, la impunidad de los señoritos, de las grandes corporaciones y de los monopolios. Ese es el problema que tenemos en este país y por la cuenta que nos trae, ya podemos organizarnos y apoyar a todo aquel que defienda la justicia social, la igualdad de oportunidades efectiva, la verdad frente a la propaganda, y la cultura y la información que necesita una sociedad que quiere ser democrática.
Beatriz Talegón
Licenciada en Derecho, Periodista y Analista política.
La Redacción recomienda
- Susto o muerte. Política compulsiva y gobierno convulso
- Primeras consideraciones sobre la invasión Rusa
- Todo lo que necesita saber sobre Paxlovid, el nuevo fármaco contra la covid-19
- Las apariencias, muchas veces… no engañan
- Pilar Alegría: “La cultura del esfuerzo es para todos, aquí no se regala nada”