¿Asfixia por corrección política, o simplificación de lo enfrentado?
- Escrito por Bertrand Regader
- Publicado en Opinión
Uno de los valores liberales por excelencia es la libertad de expresión. Se trata de uno de los conceptos vinculados a la política que gozan de mayor aceptación general, y eso no es por casualidad.
La defensa de este valor va en consonancia con todas las transformaciones sociales y económicas ocurridas desde los tiempos de la Ilustración y la Revolución Industrial, y por ello lo impregna casi todo en las dinámicas sociales de Occidente; incluso entre los representantes de ideologías críticas con el término “libre mercado de las ideas”, muy raramente se muestra un rechazo claro y directo a la libertad de expresión, formulando sus críticas desde una óptica “post-capitalista”, más que de rechazo absoluto a todos los componentes de la ideología en la que se expresa este sistema de producción.
Sin embargo, hoy en día es muy habitual escuchar quejas acerca del efecto asfixiante de la corrección política, entendida como un elemento que parece interferir en la capacidad de los individuos a la hora de emitir libremente sus opiniones. Y ciertamente, resulta difícil negar que la ausencia de prohibiciones no es garantía de que algo no conlleve penalizaciones que si bien no llegarán por vías formales, pueden llegar a través de correas de transmisión de poder más difusas, de carácter informal. Ahora bien… ¿Hasta qué punto el propio término “corrección política”ayuda a detectar problemas a la hora de expresarse, en vez de generar un efecto paradójico en el que determinados debates queden postergados indefinidamente?
Me explico partiendo del ejemplo de una de las herramientas de microblogging más usadas y más asociadas al acto de discutir sobre política y sociedad: Twitter.
Twitter: el coliseo romano de las discusiones
Entre las críticas que se le hacen a Twitter como plataforma digital es que su formato lleva a la polarización ideológica y a la creación de cámaras de eco. Ciertamente, es un espacio virtual en el que ciertos populismos han podido prosperar, hasta el punto de que periodistas como Juan Soto Ivars han podido centrar buena parte de su trabajo en explorar la política realizada a través de tweets, algo por lo que se ha caracterizado, sin ir más lejos, el gobierno de Donald Trump.
Como el propio formato de los mensajes de Twitter se caracteriza por imponer una limitación de menos de 300 caracteres por publicación, se acusa a este servicio de microblogging de fomentar la emisión de mensajes simplistas, en los que difícilmente pueden ser expresadas ideas con la elaboración que exige el debate político. ¿Ha significado esto que los políticos se han mantenido al margen de esta plataforma? Evidentemente no, han hecho todo lo contrario: un ecosistema digital en el que se puede ser noticia por teclear durante diez segundos y en el que los mensajes emitidos no pueden ser fiscalizados porque existe la excusa de la limitación de caracteres y la unidireccionalidad emisor-receptor, encaja bien con su afán electoralista.
Además, estas dos características mencionadas, a las que hay que añadir la posibilidad de tener un cierto anonimato en Internet (al menos de cara al resto de usuarios) favorecen la polarización política y que se preste mucha atención a opiniones consideradas “radicales”: a mayor controversia, mayor visibilidad y más posibilidades de que los demás se posicionen claramente a favor y en contra de un mensaje emitido. No por nada Twitter tiene fama de ser un lugar en el que prima la agresividad y de propiciar las campañas de acoso tanto hacia famosos como hacia personas anónimas, que saltan a “la fama” únicamente para ser expuestas y atacadas. Probablemente hay personas que se conectan casi cada día a Internet únicamente para insultar al político o al sociólogo de turno por esta vía.
Polarización y simplificación
De lo que hemos visto hasta ahora, quedémonos con dos conceptos clave: simplificación y polarización. La polarización tiene mucho que ver con la identidad grupal, un fenómeno estudiado durante décadas desde la Psicología Social y que influye mucho en el modo en el que nos relacionamos con los demás. Básicamente, se traduce en una mayor predisposición a apoyar y a buscar el apoyo de quienes consideramos que forman parte de nuestro grupo, y a ver con más recelo y encontrar diferencias a quienes consideramos que forman parte de grupos que no son el nuestro. Todos los seres humanos nos vemos afectados en mayor o menor medida por las dinámicas de identidad grupal, y a la vez nos identificamos con varios grupos (y nos sentimos ajenos a muchos otros).
En los casos más extremos se produce un efecto de polarización, en el que el menor indicio de que alguien pertenece a un grupo que percibimos como muy diferente a uno de los nuestros nos lleva a asumir un rol antagonista y hostil hacia ese individuo o colectivo.
¿Qué papel juega la simplificación aquí? Como los grupos se caracterizan por la complejidad y una cierta heterogeneidad, pues incluso en los equipos más compenetrados hay diversidad entre sus miembros, nuestra identidad grupal va de la mano de una propensión a “encasillar” al resto de personas a partir de juicios elaborados de manera apresurada y parcialmente inconsciente. Eso hace, entre otras cosas, que tendamos a atribuir una determinada ideología a alguien que no habla de “España” sino de “estado español”, o a alguien que use el término “régimen del 78”. Y junto con esta especia de encasillamiento llega una carga emocional de simpatía o rechazo dependiendo de si nos sentimos más o menos cercano a lo que ese grupo ideológico que nos imaginamos representa para nosotros.
La clave es esa: la simplificación en el debate político no está tanto en la brevedad del mensaje emitido, sino que va más allá y muchas veces está prácticamente incrustada en el uso de ciertos términos, los cuales utilizamos para significarnos ideológicamente sabiendo que serán reconocidos como una bandera de determinado color. De hecho, investigaciones realizadas sobre la polarización política demuestran que en Twitter tendemos a relacionarnos más con quienes piensan de un modo muy diferente al nuestro de lo que lo hacemos en la vida real. En las interacciones del día a día, somos más propensos a evitar el contacto con quienes hablan de una determinada manera, independientemente de si tienen la oportunidad de soltar un discurso de quince minutos o de si solo pronuncian cinco palabras.
Por eso, resulta irónico que muchas veces el propio término de “corrección política” sea usando no tanto para señalar que actualmente no es posible hablar abiertamente sobre ciertos temas, sino para significarse ideológicamente y mantener “prietas las filas” en la negativa a establecer un diálogo abierto sobre ciertos temas: no hablar sobre la precarización laboral de los trabajadores, no hablar sobre supuestas verdades incuestionables sobre lo que significa formar parte de determinada nación, no hablar sobre la función de determinadas instituciones cuya legitimidad se basa casi exclusivamente en la tradición, etc.
Un obstáculo para el fluir de las ideas
En aquello que lleva siendo silenciado durante mucho tiempo hay mucho margen para equivocarse, y por ello no sorprende que muchos discursos disidentes tengan más bien poco sentido, en el mejor de los casos, o sean simple y llanamente estúpidos, en el peor de los casos. Sin embargo, precisamente porque pueden ser muy diversos y criticar las ideologías predominantes y lo “mainstream” desde varios ángulos, no merecen ser transformadas en la caricatura de un supuesto discurso homogéneo que quiere ser impuesto artificialmente sobre el sentido común por parte de una progresía con mente de colmena.
Evidentemente, en la actualidad existen casos de acoso totalmente injusto dirigido hacia personas que no han hecho más que actuar y opinar como el ciudadano medio piensa y actúa, por parte de paladines de la moral que tan solo representan a una fracción minoritaria incluso de quienes se consideran progresistas. Pero tampoco podemos dar por resuelto el tema de la libertad de expresión apelando a un supuesto cuestionamiento de algo llamado “corrección política”, porque esto lleva implícito una simplificación de temas y preocupaciones fácilmente identificables con las disidencias y la defensa de derechos de las minorías, apartadas durante siglos del debate público en lo relativo a cualquier tema, políticamente correcto o no.
Bertrand Regader
Bertrand Regader es psicólogo por la Universidad de Barcelona y posgrado en Economía crítica por la misma institución. Ejerce como director en las revistas Psicología y Mente y MédicoPlus, y ha publicado dos libros de divulgación científica.