El humor inglés y la democracia
- Escrito por Juan Antonio Tirado
- Publicado en Opinión
La democracia inglesa y el humor inglés tienen un merecido prestigio. En un político como el decapitado Boris Johnson ambos van de la mano. Todavía no se ha ido, pero sospecho que acabaremos echándole de menos, no por su nefasta política, sino por su condición de personaje extravagante, típicamente británico. La pena de telediario, que consiste en ver telediarios, se comprende si uno se para a pensar en la cantidad de políticos (ellos son el alma de todos los telediarios) que pasan por la pantalla dejándonos sus naderías a la hora de las comidas. No se trata de pedirle a un político políticas acertadas, que sería tanto como pedir peras al machadiano olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido. No pequemos de ambiciosos, contentémonos con requerir de nuestros hombres y mujeres públicos un poco de carisma, de duende, una puesta en escena de cierta altura. Que la cabra tire al monte siempre será preferible, o así me lo parece, a que el político se limite a recitar las futesas que le pergeña su gabinete de prensa.
Un político es un actor, eso lo sabe cualquiera, y no es malo que sea así, pues representa un papel. Todos somos en realidad actores, lo que pasa es que la mayoría actuamos ante auditorios reducidos, en tanto los gobernantes concitan la atención de un país y aun de un conjunto de países. En ese aspecto, Boris Johnson ha sido una estrella de la escena internacional en un tiempo de actores mediocres. Un pésimo político y un formidable actor, representante del más genuino humor inglés. Durante años ha competido con Trump, en cierto modo su gemelo en chaladura, pero mientras Donald, que no tenía maldita la gracia, puso en jaque la poderosa democracia americana, Boris no ha conseguido mover un ápice la muy cimentada democracia británica, que con toda naturalidad le ha cortado la cabeza, como ya sucediera con Thatcher, con Major, con Cameron o con Teresa May. Aquella democracia es una portentosa máquina, con guillotina incluida cuando es preciso, con cuatro siglos de historia.
Si uno se para a pensar por un momento en las diferencias entre el sistema inglés y el español, a la fuerza se ve abocado a la melancolía. Sería tanto como comparar el humor de los Monty Python con el de los Morancos. Lo del humor va por gustos, lo de la democracia admite poca discusión, y no es raro, pues cuatrocientos años de parlamentarismo frente a nuestros humildes cuarenta explican las diferencias. Lo envidiable del sistema inglés no es tanto que frecuentemente acabe retirando del escenario a los primeros ministros, cuanto que sea el propio partido que los llevó al poder el que les enseñe la puerta de salida. Imaginar, entre nosotros, que el PSOE hiciera dimitir a Pedro Sánchez no sería humor inglés, ni español, sino sencillamente humor del absurdo, que no se lo salta Ionesco. Y no es cosa de Sánchez, vale decir lo mismo sobre Zapatero, o, naturalmente, sobre el PP y Rajoy, o Aznar, el de la foto de las Azores.
En fin, una vez hemos dejado constancia de la musculatura del sistema político inglés, ante el que el español puede parecernos ligeramente enclenque, conviene regresar a nuestro Boris, ese formidable artefacto cómico, en la mejor tradición inglesa. Políticamente, ya digo, ha sido funesto para Europa y para el propio Reino Unido, pero su calidad de payaso internacional es innegable. Además, es un bufón ilustrado, con muchas lecturas bajo su pelo renuente al peine, y un apreciable gusto artístico, como se comprobó en la reciente cena que Sánchez preparó a los mandatarios de la OTAN. Johnson se deleitó contemplando, en solitario, como el verso suelto, ahora verso roto, que es, los cuadros de los grandes maestros del Prado, en tanto los demás líderes ignoraban con olímpico desdén a Velázquez, Goya, Rubens, y otros artistas del montón.
Boris Johnson ha brillado con luz propia en la Cámara de los Comunes, que tiene una sonoridad con mucho encanto, casi tanto como la de los Lores y Downing Street. La suya ha sido una larga carrera, periodística, primero, y política después (antes de primer ministro, fue ocho años alcalde de Londres) cincelada a golpe de audacia, ocurrencia y excentricidad. Tenía un gusto por la mentira casi tan incontinente como el que manifestaba por las fiestas. Y ha sido el llamado Partygate el que ha acabado con su carrera política. Una serie de celebraciones en cascada durante la pandemia mientras la gente vivía confinada y angustiada los peores momentos del Covid, aderezadas con sucesivos embustes, han sido suficientes para que los diputados conservadores le hayan obligado a dimitir. Y eso que Boris ha pedido perdón no una vez, sino hasta tres, con la misma convicción y propósito de enmienda que en su día tuvo el rey Juan Carlos, pero con un poco más de salero.
Durante estos tres años al frente de los destinos del Reino Unido de la Gran Bretaña, Johnson, fiestas y política al margen, (en las elecciones de 2019 arrasó en las urnas), ha tenido tiempo para divorciarse de su segunda esposa, casarse con la tercera, y tener un hijo con ella. En cualquier caso, no puede decirse que su trayectoria política en el número 3 de Downing Street haya sido una sorpresa. Al menos para quienes le conocían bien. En el verano de 2019, poco antes de ponerse al frente del gobierno británico, Max Hasting, el que fuera su editor en “The Daily Telegrap”', predijo que como primer ministro Johnson revelaría, con toda certeza, su desprecio por las reglas, precedentes, orden y estabilidad. “Johnson —escribió— seguramente llegará a lamentar haber obtenido el premio por el que ha luchado durante tanto tiempo, porque la experiencia del cargo pondrá al descubierto su completa incapacidad para desempeñarlo”. Parece que su editor conocía bien al niño que soñaba con ser el rey del mundo, mientras otros, más modestos, hubiéramos sido felices siendo Cruyff o Gárate. A sus 58 años, Johnson es el rey destronado.
Juan Antonio Tirado
Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.