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Erre que erre


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Cuando no se puede cincelar en beneficio de la nación porque obstáculos incomprensibles lo impiden, hemos de hacerlo sobre nosotros mismos, autoesculpiéndonos. Quizás todo ese trabajo colectivo, individualmente realizado, un día se manifieste como una eclosión global que termine por modificar el pétreo bloque de unilateralidad adocenada (lo peor de lo peor). El dicharadechismo ya no sirve. El mundo sale de un sueño y se enfrenta a la realidad. Estos saltos suelen ocurrir entre generaciones, de las cuales unas despiertan y otras, no.

Una de esas necesidades colectivas, individualmente realizada, es la de convencernos de que nunca los niveles de conciencia y consciencia son suficientes; y que, como la sensibilidad, hay que desarrollarlos constantemente. Así también, dejaremos de lado nuestras certezas. No porque estén equivocadas, sino por ser, precisamente, certezas. Son tantos los factores que intervienen en una decisión que es difícil que no yerremos en algo. Es como tener siete botellas con seis tapones: una siempre quedará destapada. El acierto será descubrir el perjuicio menor.

Por ejemplo, en las escuelas se estudian y hacen trabajos sobre biografías de personajes ilustres, generalmente trillados. Esto es malo y bueno a la vez. Por una parte, nos descubrirán cualidades del temperamento y del carácter. Por otra, cabe el peligro del adoctrinamiento, de la hagiografía laica. El sesgo es casi inevitable, al menos como generalidad. Entonces, ¿por qué no presentarlas con sus aciertos y errores, cuando esa es la característica más común del ser humano?

Pero España evade su realidad; llevamos siglos de espalda a ella por pura testarudez. Todos hablamos ex cátedra, aunque no sepamos ni el abecedario. Aún hoy se oyen argumentos demenciales, por ejemplo, sobre la II República; y las defensas o ataques no son un análisis respecto a hombres comunes, sino sobre dioses y demonios. Eso si no se huye de nosotros mismos en beneficio de lo de fuera. En cierto lugar importante que no queremos decir, se da publicidad a un programa literario. ¿Quiénes son los autores enunciados? Un americano, un español, un americano y tres británicos, por este orden. ¿Tendrá razón Borges en que España sólo ha dado a Cervantes? (el cual ya está desgastado por pluriempleado). ¿Qué hacemos con ese Galdós, español solitario entre tanto extranjero?

Quizás a España le sobran convicciones inapelablemente clasificadas, y hemos de ejercitarnos en la tesis, en la antítesis e incluso en alguna hipótesis, aunque sea dudosamente (el que no propone, claro, no se equivoca). Eso es lo que se hace, dirán algunos: mantener verdades inexpugnables. Pemán, muy famoso en su tiempo, tiene una narración muy didáctica: "La zarza lobera". El argumento es que el galgo, viejo y experimentado, en vez de perseguir a su pobre víctima (¡qué entretenimientos los de los humanos!), va directamente a la madriguera. Por ello es descalificado. No ha cumplido con lo que realmente se desea: la persecución, el íter, diríamos.

Muchos aquí, sí, van directamente a la hipótesis sin pasar por la tesis ni la antítesis. Si así se hace en los colegios, malo: se habrá sustituido una cabezonería por otra. Por ejemplo, en estos tiempos de feminismo, se ha endiosado a Clara Campoamor (un busto en el Congreso) y olvidado totalmente a Margarita Nelken y a Victoria Kent, cuyos méritos y sacrificios son iguales o mayores que los de la primera. Como es corriente, nos hemos quedado en el qué, ignorando el porqué. Lo mismo podríamos hacer con Machado, Unamuno, Ganivet, Ortega y Gasset, Jaime Vera, Baroja, Giner de los Ríos, Joaquín Costa, Núñez de Arce, María Zambrano, Séneca, o incluso con enfoques contemporáneos como los de Roca Barea, Lucena Giraldo o Muñoz Machado, entre tantos otros.

No necesitamos hablar forzosamente de El Aleph, ni de Jekyll y Hyde, ni de los Mares del Sur extranjeros para indagar, más que en nuestras contradicciones, en nuestra unilateralidad. Las guerras intestinas que mantenemos no son contradictorias, son inútiles.

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