España, una división no resuelta
- Escrito por Luis Méndez
- Publicado en Opinión
En el mundo de la política hay lobos y corderos. Los españoles, quizás para caer bien a todos, resolvimos hace siglos ser corderos. Es erróneo considerar que es más cómodo o eficaz. A la larga se paga.
Las guerras diplomáticas necesitan combatientes avezados. El buen diplomático es indescifrable; no se sabe a qué está dispuesto a renunciar ni ante qué puede estallar. Un punto de locura no está de más. Nuestra diplomacia, por el contrario, ayuda a que se adivine qué teme y a qué está dispuesta a ceder. De los marroquíes sabemos poco, pero es evidente que ni son afables ni acuden, como nosotros (en plena crisis ceutí), a las fiestas de nuestro rey. Se dice que tienen unos diplomáticos excelentes formados en Francia. Diríase que hablan de arriba abajo. Nosotros ya no “hablamos en español con Dios”. De esto tienen la culpa los herederos de Felipe IV el “Grande" o "Rey Planeta" (aún, a pesar de lo de Westfalia). No se nos tome por abanderados del aspa borgoñés, sino como rescatistas eventuales de un lenguaje hoy inimaginable.
¿Saben nuestros representantes (dicen) qué llevan entre manos? Hasta las caras que ponen algunos de ellos son inadecuadas, no porque cambien inadecuadamente, sino porque no borran la sonrisa ni en las circunstancias más inoportunas. Hay diferencia entre un bueno y un buenazo (y decía Borges que nuestro idioma no era sutil).
Estos representantes, decíamos, son como los presentadores que aplican la directriz “sonrían” hasta informando sobre un terremoto. En determinadas circunstancias un político debe ser un libro cerrado. ¿“Primos” y “hermanos”? Quien generalizó tal campechanería no es consciente, por las autobiografías que le publican (¿no tiene asesores?) de la gravedad de lo que hizo sin referéndum ni nada de nada. Tampoco del precedente que estableció. Tales familiaridades nada resuelven; al contrario, como en el asiento del autobús, espacio que abandonas, espacio que ocupa el otro. O te levantas o llevas la otra pierna a su sitio. ¿Hemos decidido levantarnos? ¿Sin preguntar? No hay una sola norma española, del pasado o del presente, que permita saltar sobre la soberanía nacional. No deberíamos perder de vista este asunto cuando queremos monopolizar España.
Si la mala uva que gastamos entre nosotros la aplicáramos a los de fuera, quizás estos medirían sus palabras y actos. Hay que eliminar la sensación de que somos corderos dispuestos a dejarse trasquilar con tal de que nos quede una tira de lana en la espalda.
No es que nos guste la labor de lobo y despreciemos la de cordero, al contrario (muy en serio), pero en ocasiones los buenos causan más mal que los propios malos. No obstante, hay que hacer una distinción fundamental: es en estos momentos cuando la ferocidad lobuna debe bajar de tono. Pero, no; asediados (por más sitios de los que parece), reforzamos el asedio interior hasta que el otro caiga. ¿Para un cambio? No, desde ese momento todo lo criticado se volverá justificable. ¿Acaso los intereses de España pesan menos que los sectoriales? Cualquier debilidad que inflijamos es una debilidad colectiva.
Frente a la última y grave crisis, ¿se ha resuelto esta falta de estrategia? No hablamos de simplezas malapartianas de gallos y caballos. Urge huir del lirismo gestual ante el ataque material a nuestro territorio e inmaterial a nuestro prestigio. ¿Ni esto nos cohesiona? ¿Aceptamos ya el arrinconamiento en la irrelevancia o estamos unidos para que nadie vete lo que ellos no se vetan a sí mismos? Hay gente que ya habla del continente africano (¿para defender los intereses de Francia?) cuando aún no se ha resuelto lo de nuestras plazas. Lo más opuesto al “doy para que me des” estratégico. Para nuestra patria sólo se acuerdan del “doy”, nunca del “des”. No hay razón para esta insolidaridad europea y americana. Otra de las habilidades de estos diplomáticos risueños es la de sumar enemigos en vez de restarlos.
Esos amigos frustraron aquel proyecto Islero que habría sido nuestra salvación. Primero el submarino (boicoteado dentro y fuera), 75 años después la energía nuclear. No éramos buenos por haber sido aliados de aquella Alemania mala, pero sí para ceder bases.
España necesita romper inmediatamente esta maldición secular. Es inútil rastrear raíces biológicas en celtas, íberos, visigodos o árabes. Media hora de quimioterapia televisiva destruye cualquier genoma espiritual. La historia de España se divide en dos eras contrapuestas. Una primera, heroica, de resistencia contra cualquier invasor (aunque siempre ha habido Argantonios), y una segunda de desidia y claudicación. El repliegue comienza en Utrecht (1713), donde la España universal se eclipsa y transmuta el ardor exterior en violencia interna. El último coletazo rebelde se da con la Guerra de la Independencia. A partir de ese momento nos desinteresamos del exterior y buscamos la propia sangría para compensar nuestra frustración, sin entender que la división la aumentaría. Si el asunto de las zonas extraterritoriales no nos alarma, es que estamos perdidos.
Frente a aquel pasado de insurgencia, hoy impera una estética del gesto que delata falta de auténtico carácter. Urge cambiar esa vis cómica, ese business show, y dejarnos de bromas sin gracia. No nacimos para hacer reír ni hacer felices a los demás (¿a quién se le ocurrió sustituir la industria por el turismo?). Nadie lo valorará ni agradecerá. Peor: lo aprovechará.