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Ceuta y la urgente necesidad de una estrategia autónoma


(Tiempo de lectura: 6 - 12 minutos)

Lo sucedido estos días en Ceuta incluso hubiera podido tener, como revulsivo, sus ventajas. Pero la reacción no ha sido lo suficientemente catártica. No hay para tanto, se dirá, las catarsis se producen a escalas mayores. Para nosotros, ese solo pensamiento es preocupante. La reacción ha sido muy tibia y superficial: no se ha llegado al fondo del problema. Y no nos referimos a teatrales rasgados de vestiduras, sino a que no se ha querido tomar conciencia general de varias cosas importantes. ¿Cuáles son?

La primera y fundamental: ¿por qué esa tibieza? ¿Se cree sinceramente que los sucesos de Ceuta carecen de gravedad, que no es una advertencia seria? ¿O acaso el futuro de esta plaza, junto a la de Melilla y Canarias, está ya decidido, tal como ocurrió con el Sáhara español? Marruecos, antes de convertirse en un Estado, ya disfrutaba de las simpatías de Roosevelt. La cena privada del 22 de enero de 1943, en Casablanca, entre Roosevelt, Mohamed V, Hasán II y Churchill (Inglaterra, la gran muñidora) redefinió el norte de África y potenció que se independizara de Francia y de España. Pero, como tantas veces ha ocurrido, hay que subrayarlo, no fue en beneficio del pueblo marroquí. No es extraño que en ningún momento haya aparecido la consabida contrapartida de los derechos humanos.

Los jóvenes que asaltaron Ceuta no son el verdadero peligro; solo son las víctiimas de un régimen carcelario y sin derechos, que no se avergüenza de que sus ciudadanos quieran salir en tropel. No son sino el instrumento de los que alientan dentro y fuera el conflicto, jugando una vez más a dividir, atraer, enfrentar y expoliar. El Sáhara es hoy una fuente de beneficios multinacionales.

Si la situación de Ceuta, Melilla y Canarias está asegurada, ¿no es razonable temer que cada reacción tibia debilite esta seguridad hasta llegar a anularla? ¿No estaremos alentando con nuestra impasibilidad a los dirigentes marroquíes? ¿No los estaremos fortaleciendo con nuestro fraccionalismo? Si cada vez que hagan una de las suyas nos enzarzamos en disputas intestinas, su éxito es doble. Por el contrario, cohesionada, ¿no podría España amenazar con cambiar su política respecto al Sáhara? ¿EE. UU.? Joseph Stiglitz, premio nobel de economía, señala que un trabajador norteamericano en 2011 ganaba menos dinero, comparativamente, que en 1968. Los contenciosos mundiales de ese país se acumulan y empobrecen a su población. Los problemas internos son indicativos de cómo marchan las cosas en el exterior.

Por otra parte, y no es argumento que nos guste, ¿por qué más confianza hacia Marruecos que hacia España? ¿Cuál es para EE. UU. el listón más bajo? Marruecos no se priva de tener relaciones muy activas y crecientes tanto con Rusia como con China. ¿No será que nuestra política exterior no existe, acostumbrada a delegar su responsabilidad en la política exterior de otras potencias, como pueden ser la UE o EE. UU.?

No sabemos si la frase atribuida a Bismarck sobre la capacidad autodestructiva de España es real. Pero que esa capacidad existe es indiscutible. La política exterior de un país no puede depender de escaramuzas cainitas, sino de una fuerte cohesión, debatida y consensuada entre todos. ¿No hay escuelas diplomáticas que adviertan a los primerizos sobre estas cosas? ¿Qué hacían figuras relevantes españolas en la Fiesta del Trono del rey marroquí el mismo día en que sucedía lo de Ceuta? ¿Despiste supino, aunque los novicios crean que las suyas son maniobras maquiavélicas?

No merece la pena la defensa, se podrá argüir, sin que nos escandalicemos. Más se perdió en Cuba, pensarán otros. No proponemos que, como Sansón, derribemos sobre nosotros las columnas del templo, pero sí que sacudamos los hierros. Ante los intentos de borrar del Estrecho las columnas del Plus Ultra, se podría contraponer el malestar del Rif independentista, que además reconoce la soberanía española sobre Ceuta y Melilla. Del Rif o de cualquier otro lugar. Si somos maestros en el fraccionalismo interno, ¿por qué no aplicarlo en lo exterior?

Ceuta es mucho más importante de lo que parece. Perderla sería perder el Estrecho, que quedaría en las exclusivas manos de Gran Bretaña y Marruecos (aún no entendemos por qué no se ha hecho del Campo de Gibraltar un emporio de desarrollo y una base militar estratégica). Esta indiferencia hacia lo que nos rodea es incomprensible. ¿Conocen los ciudadanos españoles la situación? Estamos seguros de que este suceso ha preocupado menos que el Mundial de fútbol. Mientras tanto, Marruecos, Italia, Francia, Argelia sí tienen una estrategia propia. No sabemos para qué tanto estudiante español en las capitales mundiales de la geopolítica.

España necesita una idea imán que aglutine con las menores exclusiones posibles. John Dee, consejero de Isabel I de Inglaterra, quiso crear un imperio sobre la leyenda del rey Arturo. Drake tuvo más éxito con sus rutas marítimas y sus compañías comerciales y militares. El acero y el lucro mezclados bajo la idea del imperio. Nosotros, mientras tanto, indiferentes a las variopintas leyendas negras.

Esa idea imán, para ser efectiva, debe solventar previamente muchas ideas que descuadran nuestra convivencia. Debemos acabar con que las enemistades internas motiven más que las externas. Es preciso que se renuncie a falsas verdades que actúan como muros incomunicadores entre nosotros. Sobre todo porque no son históricamente válidos.

Nuestro país es altamente escéptico. Necesitamos un impulso de largo alcance que aúne y entusiasme. Nos falta entusiasmo: no nos permiten tenerlo; la mayoría está demasiado preocupada en cómo sobrevivir. Las pensiones subieron un 2,8 %, mientras el coste de la vida subió un 12 %. Este escepticismo se asienta sobre un pasado de dureza y miseria, contra un Estado que no protegía a los más débiles. Para mayor distorsión, se continúa culpando subliminalmente como violento a aquel pueblo que intentó, mejor o peor, acabar con aquella situación. Tan importante es el porqué como el qué. En 1929 la situación social en España era, a vuelapluma, la siguiente:

La mortalidad infantil alcanzaba entre 120 y 130 fallecidos por cada 1.000 niños antes de cumplir el primer año. --La esperanza de vida rondaba los 48-50 años.

El paro alcanzaba a cientos de miles de jornaleros, principalmente del sur, que entre cosechas se quedaban sin ingresos durante varios meses al año.

Un jornalero agrícola ganaba de 3,5 a 5 pesetas por día trabajado. Esas 5 pesetas equivalen a unos 12 o 15 euros diarios (entre 360 y 450 euros al mes). Cualquier imprevisto sumía a la familia en la miseria.

El analfabetismo alcanzaba al 35 % de la población. En zonas de Andalucía, Extremadura y Castilla-La Mancha podía alcanzar al 60 %. ¿Cómo seguir sin cambiar nada?

Aunque la jornada laboral aprobada legalmente era de 8 horas diarias (48 horas semanales tras la huelga de La Canadiense), solo se cumplía en la gran industria urbana. En el campo se seguían superando las 10 o 12 horas diarias.

El trabajo infantil estaba permitido a partir de los 10 años.

Para ser atendido en un hospital provincial, el enfermo debía pedir un certificado de pobreza firmado por el alcalde o el párroco. Sin él, no era admitido.

La situación de la mujer se agravaba por el trabajo doméstico. Carecía de cualquier derecho civil.

¿Eran problemáticas las jubilaciones? No. Como hemos visto, era muy difícil que se llegara a la vejez. El desgaste físico en las fábricas, las minas y el campo, con jornadas de sol a sol sin mecanización, resolvía el asunto. Para las excepciones, había una pensión de 1 peseta diaria.

Esos críticos que exageran la violencia del pueblo nunca barajan esta realidad. Para colmo, la miseria obrera se justificó en su degradación moral y en la pérdida de la fe. La II República fue horrible, según ellos, pero estos son los datos poco antes de que se proclamara:¿Es pertinente este retroceso al pasado? Si semejante realidad no abre los ojos, difícilmente se comprenderán cosas menos evidentes. Pero la memoria histórica que se está aplicando no lleva a tales reflexiones. ¿Cómo crear una identidad poderosa, independiente de lo que otros quieran, conocedora de sus grandezas y pequeñeces, si no se salva esa mentalidad insensible, clasista, confrontativa, anacrónica?

Hemos visto que Inglaterra, ya en tiempos de Isabel I, intentaba crear un ambiente de leyenda destinado a estimular la cohesión y el entusiasmo nacional. Nosotros, por el contrario, claudicantes, no es que no lo estimulemos, sino que destruimos y dejamos que destruyan nuestras realidades más vivificantes. Se diría que hay grupos tanto internos como externos destinados a que tal revitalización no se produzca. Cuando no nos reprochan que no seamos protestantes nos dicen que el idioma español es defectuoso.

Es frecuente que, cuando se enumeran los imperios de la órbita occidental, se olvide al español, como si fuera un episodio menor. No somos imperialistas, pero nos molestan las lagunas históricas a conveniencia de aquellos que sí lo son. Aparte de que fue, para bien o para mal, el más longevo: 400 años.

Habría que aclararles que el excluido imperio español no estaba formado solo por un territorio con millones de kilómetros cuadrados, sino que había que sumarle millones de millas marinas que, como hoy, eran una fuente extraordinaria de poder. Esta realidad provocó un conflicto legal y naval entre los conceptos Mare Clausum (mar cerrado), defendido por España, y Mare Liberum (mar libre), defendido por Inglaterra y Holanda, durante los siglos XVI y XVII. Se trataba del control, por parte de las más poderosas armadas, del comercio mundial en los océanos Atlántico e Índico y del mar Caribe, tal como ocurre actualmente. La geopolítica y la geoestrategia, recientemente descubiertas por muchos, ya se daban en aquellos tiempos, donde los actualmente olvidados españoles eran el factor principal. ¿Qué produce aquí tal indiferencia? Simplemente el desconocimiento de nuestra historia, por el cual se ha asumido una leyenda negativa que no fue creada para bien de los habitantes originarios, sino por el afán de sustituir y despojar a España. Interesante “Gobernar el Mundo”. La polémica Mare Liberum versus Mare Clausum en las Indias Orientales (1603-1625), de José Antonio Martínez Torres (CSIC); “Mare clausum, Mare Liberum”: La piratería en la América española, de Falia González Díaz y Pilar Lázaro de la Escosura, o el contrario, de Hugo Grocio, “Mare Liberum”: El derecho a la libertad del mar, sustentado paradójicamente en autores de la Escuela de Salamanca (Vitoria y Suarez, fundadores de Derecho Internacional moderno) .

Sobre el conocimiento, se ha producido en este lustro un hecho positivo: se está comenzando a pedir congruencia entre palabras y hechos. Poco a poco vamos descubriendo una realidad ficticia de gabinete que no se sostiene sin propaganda.

También hemos descubierto que los vínculos europeos que se proclaman y en los que confiábamos no son garantía de nada a la hora de la verdad; más bien parece que solo funcionan negativamente. Estos días lo hemos visto con Ceuta. A Europa no le preocupan los sucesos de la plaza, en cuanto que España e Italia están prácticamente empatadas en este problema (durante este año han pasado a ambos países, respectivamente, 16.500 y 17.000 personas. En Alemania hay 3 millones de personas de origen turco y cerca de 1millones y medio de ciudadanos ucranianos). Además, la solución al problema de la emigración no está en su destino, sino en su origen. Europa no ha puesto las cosas en su sitio; solo está irritada por la postura de España respecto a Gaza e Irán. No defiende la ejemplaridad, sino que esta no la ponga en evidencia.

Frente a este panorama, ya no insolidario, sino en ocasiones hostil, solo cabe una fuerte cohesión interna, alejados de fórmulas inmaduras, de “hechos diferenciales” inespecíficos, de poses. La identidad artificial e insustancial ha de ser sustituida por una realidad sustantiva: el interés colectivo. Pero tal unidad no se puede construir si no se reparten culpas, cargas y beneficios. La debilidad de un país está en relación directa con la magnitud de sus injusticias. ¿No hemos aprendido nada del Sáhara, de la insolidaridad con los saharauis, como aviso sobre los peligros de la iniquidad y de la inequidad?

Ya no vale lo que diga Europa. No todo lo que Europa dice vale. Está en un caos interno que no sirve de orientación (si no, la reacción sobre Ceuta). No hace mucho, Jens Stoltenberg, en una entrevista importante, venía a decir que, después de todo, los enemigos se podían convertir en amigos. Sonaba a Talleyrand: tratar a los enemigos como a futuros amigos. Entre los amigos europeos los hay quienes realizan acciones ciudadanas en pro de la independencia de Cataluña. Para callar, España ha tenido que desplazar tropas para “protegerlos”. En fin, ya no cabe la UE como sea. No ha de haber otra forma que aquella que nos convenga también a nosotros.

Esto lleva a no aceptar amigos impuestos, sino amigos buscados por nosotros según nuestros intereses. La felicidad, la cañita, el "somos maravillosos", no mueven a nada. Necesitamos un camino propio. En concordancia con el entorno, sí, pero una concordancia que nos respete. No me ames y respétame, decía Roma. No nos involucremos en los problemas de naciones que no se involucran recíprocamente en los nuestros; es más, que en algunos casos los agudizan. Nuestra historia ha estado plagada de traiciones, desde el obispo don Oppas hasta el gobierno que sacrificó el submarino de Peral. Despertemos, lo que viene en nada se parece a lo vivido. Es bastante peor.


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