El Bierzo de la calle Barbieri, un local muy familiar
- Escrito por Roberto R. Aramayo
- Publicado en Opinión
Reconozco que tengo debilidad por los negocios familiares en general y los restaurantes hogareños en particular. Quizá por que mi abuelo y mi tío paternos regentaron dos pequeños bistrós en París, después de tener que abandonar Orán por una guerra, circunstancia bien conocida para ellos por el hecho de que mi abuelo fuera un exilado republicano. Pero estas línea están inspiradas por una sencilla casa de comidas que frecuenté durante muchos años con asiduidad. Era un lugar con sabor de todo tipo y solía cenar allí con amigos tras la jornada laboral. El País le ha dedicado a Miguel González un entrañable reportaje por ser el decano de los cocineros madrileños.
En realidad su prodigiosa memoria le convierte al mismo tiempo en una cronista de la villa, como testimonia su abigarrado libro de firmas. Dejar allí tu testimonio es un privilegio para quienes acceden a estampar allí su firma. Miguel, a punto de cumplir 82 años, inauguró El Bierzo en 1971 y su cocina tiene platos tan sencillos como sabrosos. Esas cuatro paredes han acogido durante medio siglo a los personajes más variopintos y albergado interminables tertulias vespertinas que se continuaban luego en Libertad 8, muy cercano por tanto a la calle Barbieri de Chueca.
No necesitó hacerse propaganda. Sus guisos y su trato corrían de viva voz. Unas gentes llevaban a otras y en ocasiones era muy complicado encontrar libre tu mesa favorita. La clientela pasa el testigo a otra generación pero no por ello deja de seguir yendo. Es muy grato que te reconozcan aunque haya pasado bastante tiempo desde tu última visita y lo es aún más que recuerden tus gustos o te reserven tu postre favorito por si se acaba. Las horas pasadas en este tipo de locales lo suelen convertir en un segundo hogar.
Miguel demuestra con su tesón varias cosas. Que se pueden cumplir años rezumando buena salud y que la jubilación es algo versátil. No admite severas uniformidades. Hay oficios o situaciones personales que reclaman una despedida muy temprana, pero al mismo tiempo hay quehaceres que admite verse cultivados de modo vitalicio, siendo lamentable marchitar por decreto esas vocaciones profesionales. Al igual que no tiene sentido prolongar artificialmente una vida laboral insatisfactoria por unos u otros motivos, porque no hay nada como disfrutar del tiempo libre cumplida cierta edad.
Nos muestra también que los barrios deben su vitalidad y su identidad a este tipo de locales. En Chamberí, muy cerca de la plaza Olavide, hay otro restaurante homologable, el Anaur, con una clientela igualmente a prueba de bomba y que forma parte del paisaje, como lo hacían muchos otros establecimientos que por desgracia fueron cerrando. Los que resistían, como Calzados Cantero, no han sabido sobrevivir a las restricciones de la pandemia. Ese vacío no lo llenan tiendas que se cierran al poco porque, lejos de ser negocios familiares, contratan de modo eventual y con salarios muy bajos a su personal.
Estos restaurantes y los comercios de proximidad tendrían que ser preservados por las autoridades locales como parte del patrimonio cultural. No parece ser esa la tendencia política dominante, pero no hay que perder la esperanza. El trabajo bien hecho merece verse recompensado desde todos los ángulos. Promover grandes centros comerciales únicamente nos hace más gregarios y nos privan de ciertos deleites muy cercanos.
Roberto R. Aramayo
Profesor de Investigación en el IFS- CSIC (GI TcP) e Historiador de las ideas Morales y Políticas. INconRES (PID2020-117219GB-I00) / RESPONTRUST (SGL2104001) / ON-TRUST CM (2019HUM5699) y PRECARITYLAB (PID2019-105803GB-I0)
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