Juan Bautista Maíno, siempre
- Escrito por Adoración González Pérez
- Publicado en Cultura
Estos días, el Museo Nacional del Prado, en Madrid, acoge la exposición dedicada a la Virgen de Guadalupe, protagonista principal de cultos y devociones plasmados en una rica variedad de lenguajes y formatos —pintura, grabado, escultura, entre otros. En este contexto, destaca especialmente un lienzo de este pintor, cuya interpretación artística conecta con una iconografía que ha sido recreada en múltiples contextos y con diversas sensibilidades estéticas, trazando así un profundo itinerario visual e histórico.
No entramos en la crónica de la exposición ni en su estilismo, dado que ha sido ampliamente difundido y valorado por todos los expertos. El relato tradicional recoge que esta Virgen se apareció en el año 1531 a un indígena, llamado Juan Diego, mientras estaba trabajando en el cerro de Tepeyac, con el objeto de que se levantara un templo, en cuya empresa tuvo que convencer al incrédulo obispo Zumárraga sobre dicha “aparición”, testimonio que quedaría certificado con la impresa imagen del Virgen en el ayate del indio. Ratificado el suceso, así quedaría consolidado el emblema religioso de México con la veneración a la Virgen de Guadalupe. Veremos enseguida la importancia que estas apariciones, o milagros, habrían de alcanzar en el pensamiento de las gentes y de qué manera la religión y la Iglesia sacarían partido de ellas.
Más allá del ideario contrarreformístico y su conexión con el tema de la Inmaculada, tantas veces vinculado con el contexto ideológico y artístico del arte Barroco, dirigimos nuestra atención a una de las tres obras a él atribuidas que reproduce el tema de, Santo Domingo en Soriano, y que se ha fechado hacia el año 1629, donde narra, tal como corresponde al espíritu de la época, un milagro. Igual que el de esta virgen, que no dejaba de aparecerse y mostrarse para consuelo y delicia del espíritu católico. La producción de obras relacionadas con espacios conventuales y órdenes religiosas fue un campo abonado en la pintura de Maíno. Entre otras, podemos citar las pinturas de 1611 para el convento de franciscanas concepcionistas de Pastrana; pinturas hoy desaparecidas que en su momento fueron destinadas a la catedral de Toledo; los lienzos del retablo mayor del convento dominico de San Pedro Mártir; también las de la sala capitular del convento de Atocha, entre otras.
En relación a Santo Domingo, señalar que una nueva devoción a este santo parece haber sido promovida por los religiosos dominicos, como recogen las fuentes, y que suele asociarse a la existencia de un convento en la región de Calabria, advocado a este santo, célebre convento de Soriano Calabro. Recordemos como si estuviéramos visitando el lugar, que se trata de un modesto convento fundado allá por el año de 1510, por un dominico, Fray Vicente de Catanzaro, que llegó a Soriano con esta labor fundadora, si bien con escasos recursos. Pero, como de milagros tratamos, se le presentó la Virgen al sacristán y le entregó una tela con la reproducción plasmada del dicho Santo Domingo. Todo el relato se orientó a transformar la presunción del hecho en su verdad, para lo cual no hay mejor forma de corroborarlo que mediante la presencia del testigo. Y así fue, pues dicha Virgen se hizo acompañar de dos mujeres más, de cuya santidad no se dudó, pues fueron las mártir Santa Catalina y la misma Santa María Magdalena, por demás protectoras de la Orden dominica.
El devocionario popular, en este caso como en otros muchos que circularon por la geografía artística e ideológica de los siglos XVI en adelante, se nutrió de diferentes temas relacionados con las apariciones, así como del revestimiento que las acompañaba para contribuir a reforzar la propaganda y las creencias. Desde tiempos medievales y en adelante se intensificaron las leyendas sobre las apariciones marianas supeditadas a la construcción de pequeñas ermitas y monasterios. Fueron base de las creencias en el ámbito rural pero consiguieron calar en las sociedades urbanas, especialmente con la introducción de la imagen de la Virgen en el mundo occidental desde el siglo XIII. Como recoge Salvador Rodríguez Becerra (Las leyendas de apariciones marianas y el imaginario colectivo” (2014), Etnicex. Revista de estudios etnográficos. No 6) “los textos de las leyendas destacan que las imágenes fueron escondidas en lugares apartados para huir de la iconoclasia musulmana” como ocurrió con la emigración mozárabe, por ejemplo, y que lo grupos cristianos aprovecharon para “construir” el relato de la aparición y levantar modestas iglesias, lo que no dejaba de ser un modo de apropiación del lugar para fijar la posterior implantación de una comunidad local.
Las representaciones de figuras sagradas acompañadas de estos recursos - como el de ofrecer la imagen a través de telas divinas o santificadas por quien las mostraba- junto con el valor concedido a la verdadera fe en el milagro, lograron atraer a nobles, reyes y Papas. Este fenómeno contribuyó a la conservación y mantenimiento de iglesias, monasterios, conventos - modestos unos más que otros – a lo largo del tiempo y en diversos países, desde el mundo occidental hasta las tierras del continente americano. El tema de visiones y apariciones, enriqueció el repertorio iconográfico estableciendo una relación significativa entre el pintor y el espectador, por medio de muchos símbolos.
La orden dominica y la figura de su fundador se usó también en la pintura del siglo XVII para este fin, así que el Santo sería representado como monje de la orden, vestido con su hábito, a veces acompañando a San Francisco cuando se le aparece la Virgen. El milagro de la aparición a este Domingo de Soriano, fue un tema frecuente y reproducido en varios espacios religiosos. En este cuadro, Santa Catalina de Siena exhibe el retrato del santo, que ha quedado impreso en el paño, mientras que la Virgen, figura principal por excelencia, pintada como una gran dama, señala con su dedo la imagen para que el dominico se fije en ella. La Magdalena, dispuesta en el ángulo izquierdo, cierra esta composición. Tal como recoge el Museo, la leyenda del dominico de Soriano adquirió dotes milagrosas hasta el punto de expandirse por varios lugares, lo que posiblemente dio motivo a diferentes copias. Y dicha fama pudo haber sido atribuida a Maíno por medio de una obra ya desaparecida del convento de Santo Tomás de Madrid, en 1629. (Según el texto citado en el análisis de Carlos Varona, M. C. de, en: @museonacionaldelprado). Juan Bautista Maíno: 1581-1649, Museo Nacional del Prado, 2009, pp. 172-176)
Adoración González Pérez
Licenciada en Geografía e Historia por la Universidad Autónoma de Madrid (1979). Escribió su Memoria de Licenciatura sobre EL Real Sitio de Aranjuez en el siglo XVIII.
Doctorada en Historia del Arte por Universidad Autónoma de Madrid (1991), Tesis titulada: El urbanismo de los Reales Sitios en el siglo XVIII.
Profesora de Educación Secundaria, en varios centros de la Comunidad de Madrid, ahora ya no en activo.
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