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El mundo laboral desde la perspectiva del diario de Avisos en el siglo XIX


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Es conocida esta publicación madrileña que nació en el año 1758 por mano de Francisco Mariano Nipho y se mantuvo hasta 1918. Su primer nombre fue Diario Noticioso, después Diario Noticioso Universal (de 1759 a 1778), Diario Curioso, Erudito, Económico y Comercial hasta 1787, para quedar reducido solo a Diario de Madrid hasta 1825.

No era fácil entonces disponer de medios para la publicación. En este caso, un discípulo de Nipho se hizo responsable desde 1786. Se trataba de Santiago Thewin. Después dicho privilegio sería traspasado por diez años a Pedro Jiménez de Haro.

El nombre, aun así, no sería el definitivo puesto que lo volvemos a encontrar como sencillo Diario de Madrid y Diario de Avisos de Madrid hasta 1836. Volvió a recuperar su anterior titulación entre 1837 y 1847, quedando como Diario Oficial de Avisos de Madrid hasta 1918. Tal como recoge la Hemeroteca fue el único diario, junto a la Gaceta Oficial, que soportó la censura. (https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/)

Los diferentes nombres que tuvo pueden estar relacionados con los cambios que vivió la prensa durante épocas de importantes hechos políticos y sociales. Pero siempre conservó el valor de ser una publicación única y secuenciada, que nutrió al pueblo de la información deseada sobre la vida cotidiana, costumbres y otros rasgos de la historia de España. Fue un elemento de prensa bastante sistematizado y regulado, que salía a luz todos los días de la semana y que fue creciendo en contenido y extensión. Comenzando por el santoral diario y el avance meteorológico, se abría un hermoso abanico de anuncios de todo tipo y condición que lo hicieron útil y generoso en noticias para enriquecer la vida social, aunque algunos hombres ilustrados de ese tiempo, como Ramón Mesonero Romanos lo tachasen de “simplón”.

El diario tuvo su propia imprenta y en 1935 fue editor e impresor Tomás Jordán. Después el negoció pasaría a manos de su viuda e hijos, y, más adelante, a la Sociedad literaria-tipográfica del campo de la ilustración. En la parte del diseño tipográfico, el Diario ofrecía letras menudas, casi sin espacios ni títulos que resaltaran demasiado, para aprovechar bien el papel. Esto lo hacía algo monótono, pero el contenido era bastante variado.

La tipología del anuncio destacaba por ser reflejo de la diversidad social del momento. Mientras que para ciertas profesiones liberales se priorizaba el lenguaje del nivel de instrucción, en los sectores humildes sin embargo se ahondaba en la demanda de más relevancia, sobre todo de mujeres dedicadas al servicio doméstico y otras ocupaciones propias del ámbito femenino de entonces, que, por demás, debían de obedecer a patrones universales, como la decencia, la honradez, o la justificación de su demanda en virtud de circunstancias personales de supervivencia.

En otro aspecto, estos anuncios ofrecían detalles llamativos en su contenido al ser verdaderas descripciones de lugares específicos de la ciudad, de sus calles y plazas, vías principales y edificios del entorno como puntos de referencia para la localización. En una lectura detallada de muchos de estos anuncios podría verse dibujado un mapa de la ciudad, de la situación real hecha a pie, del estado en que se encontrarían algunas zonas que no hubieran mejorado con proyectos urbanos y reformas. Así lo citaría el mimo Mesonero Romanos en sus Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid, del año 1880, en las que se recogen algunos detalles llamativos como el que las numeraciones de las casas seguía teniendo un sistema confuso, con los rótulos y lapidas a veces ridículos, así como los mismos nombres de las calles, anclados en el recuerdo de las antiguas actividades gremiales y artesanales.

Frente al tipo de anuncio donde se describía detalladamente el lugar se dieron otros más imprecisos, con datos más propios de novelas que de realidad, como podía ser el punto de referencia con personas invidentes que fijaban un punto de estancia en la puerta de una iglesia o en una plaza, y cosas de esa naturaleza.

Al margen de este anecdotario, bastante extenso en detalles, los datos publicados en relación a la oferta y demanda laboral servían, al menos para reconstruir el modo de estratificación social así como del espacio urbano de la propia ciudad, en relación a la misma evolución y desarrollo, siendo que en el caso de algunas ciudades como Madrid, se había dado cierta lentitud en su avance. Hasta los años sesenta del siglo no empezará un plan de ensanche y crecimiento que contribuirá a marcar más las diferencias sociales, naciendo así un contraste entre barrios ricos y pobres. El ensanche contribuye a un despoblamiento del centro y la nueva burguesía se dirige hacia zonas más nuevas mientras que las clases humildes en los barrios al sur de la puerta del Sol.

Con este sistema de publicidad aparece además una figura social conocida como el memorialista, aquel que por oficio se dedicaba a escribir memoriales y cualquier otro tipo de documentos, que tuvo muy buena acogida entre el pueblo.

Resulta interesante también conocer la diversidad laboral que podía existir, gracias a los diferentes grupos que podían aspirar a un puesto, siendo este también un recurso valioso a la hora de establecer las categorías entre hombres y mujeres. Para el sector masculino se ofrecían varias posibilidades, entre vacantes de puestos oficiales o institucionales, profesiones liberales, sacerdotes, administradores, contables y escribientes, oficios diversos, servicio doméstico, sustitutos militares, varios y curiosos.

Un dato a tener en cuenta es la conformación de lo que podríamos denominar “mercado libre” en lo que se refiere a diversos oficios. A finales del siglo XVIII fueron desapareciendo las estructuras gremiales y las Cortes de Cádiz abrieron paso a una progresiva publicación de decretos antigremiales, lo que favoreció la proletarización de algunas profesiones, como maestros y oficiales, por ejemplo. Caso extensible a oficios de sastre, zapateros, albañiles, trabajos en manufacturas y demás.

El trabajo femenino reuniría otras características debido a circunstancias diferentes. La educación de las mujeres en los primeros años del siglo era menos frecuente, por lo que sus posibilidades de acceso al mundo laboral estaban muy limitadas a tareas domésticas, a ejercer de nodrizas, maestras sustitutas, algunas profesiones liberales en el campo de la música y los idiomas, junto al repertorio tan conocido para el siglo XIX, modistas, costureras, planchadoras y un sinfín de tareas.

 

Licenciada en Geografía e Historia por la Universidad Autónoma de Madrid (1979). Escribió su Memoria de Licenciatura sobre EL Real Sitio de Aranjuez en el siglo XVIII.

Doctorada en Historia del Arte por Universidad Autónoma de Madrid (1991), Tesis titulada: El urbanismo de los Reales Sitios en el siglo XVIII.

Profesora de Educación Secundaria, en varios centros de la Comunidad de Madrid, ahora ya no en activo.


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