El Comité Central de Milicias Antifascistas
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
La derrota de los sublevados supuso el estallido de una verdadera euforia revolucionaria. El día 20 de julio de 1936 Escofet envió a la Guardia Civil al cuartel de San Andrés con la intención de proteger su potente armería que contenía treinta mil fusiles, pero las armas ya no estaban porque había sido repartidas por la CNT-FAI, además de otras que terminaron en manos de la delincuencia habitual de Barcelona.
Los días 19 y 20 de julio de 1936 fueron fechas clave en la historia contemporánea de Barcelona porque la derrota de los sublevados hizo que el poder se trasladara a la calle, con un evidente protagonismo anarquista no sólo por su esfuerzo en evitar el éxito de los sublevados, aunque compartido con otras fuerzas políticas y sindicales y con las fuerzas de orden público, sino sobre todo porque se habían hecho con las armas. El mismo día 20 por la tarde, Joan García Oliver y Buenaventura Durruti, junto con otros dirigentes, y todos armados, se presentaron ante Companys, evidenciando donde estaba el poder. En todo caso, en el seno del anarquismo siempre hubo un sector que buscó la necesidad de mantener el orden y colaborar con la legalidad institucional que suponía la Generalitat. Así pensaban Joan Peiró, Diego Abad de Santillán y hasta el propio García Oliver, aunque sus posteriores actuaciones fueran intensamente polémicas. Pero muchos miembros de la FAI eran claramente favorables a emprender la revolución y promovieron la intensa represión que se desató en aquel verano.
De la reunión de Companys con los anarcosindicalistas salió la creación de un organismo nuevo, el Comité Central de Milicias Antifascistas, donde estuvieran representadas todas las fuerzas políticas de la compleja izquierda catalana y los sindicatos. El presidente buscaba una reorganización de las fuerzas para el combate con el interés de que se desentendieran de las cuestiones políticas. Pero su creación supuso que en Cataluña, y especialmente en Barcelona, se produjera una dualidad de poderes, entre la Generalitat y el Comité, con plena autonomía cada uno de ellos hasta la disolución del segundo en septiembre de 1936.
En el Comité predominaban los anarquistas, pero también estaban representantes de las demás fuerzas: Esquerra, POUM, PSUC, Unión Republicana, Unió de Rabassaires y la UGT. Tenía un comisario delegado de la Generalitat, Lluís Prunés y un jefe militar también nombrado por la Generalitat, Pérez Farràs, pero era el anarquista Joan García Oliver quien dominó el Comité.
Las primeras medidas del Comité fueron ordenar las expediciones al frente de Aragón, donde tuvo tanto protagonismo tuvo Durruti. El Comité adquirió muchas funciones relacionadas con los asuntos militares en todos los campos, incluidos los de la logística, el transporte, la industria de guerra, la enseñanza militar, la organización y, por supuesto, la dirección de las operaciones.
Muy pronto también se crearon las Patrullas de Control, una organización para-policial, porque, a pesar del esfuerzo de la Guardia de Asalto y de la Guardia Civil, se consideró por parte de los sectores más revolucionarios que eran fuerzas reaccionarias. Así pues, la Guardia Civil vivió las primeras semanas acuartelada y la Guardia de Asalto, a pesar de estar en la calle, no funcionó eficazmente como fuerza de orden público. Era la “policía revolucionaria”, dependiente del Comité de Milicias Antifascistas a través de un Comité de Investigación, dirigido por Aurelio Fernández de la FAI y Salvador González Albadalejo, del PSUC. Fueron aproximadamente setecientos los miembros de estas Patrullas, y la mitad eran de la CNT o de la FAI, mientras que el resto pertenecían a las otras fuerzas.
El objetivo era acabar con el caos que se había desatado con la derrota de los sublevados y de terminar con los focos de los partidarios de la sublevación militar en cualquier rincón de la ciudad y que seguían actuando de forma incontrolada. También se emplearon para contener la violencia revolucionaria que surgía de los comités de barrio y de algunas organizaciones que contaban al principio con sus propias milicias.
Pero parece evidente que las Patrullas fueron protagonistas de una feroz represión a través del asesinato puro y duro, sin juicios y de forma arbitraria. Las víctimas fueron militares, empresarios, personajes significados de las distintas derechas, periodistas críticos, algunos miembros de las propias fuerzas de izquierda y, sobre todo, eclesiásticos y religiosos. Muy significativos fueron los asesinatos de un total de 172 maristas. Las torturas fueron muy frecuentes, además de la práctica de violaciones y vejaciones que padecieron decenas de religiosas. No es fácil dar una cifra de víctimas mortales pero fueron miles.
Esta represión tan sanguinaria provocó la repulsa de muchos miembros de la Generalitat y del PSUC en conflicto con los anarquistas por el poder que tenían en el Comité y en las Patrullas.
El Comité fue disuelto definitivamente en septiembre de 1936. En contrapartida se planteó ampliar el gobierno de la Generalitat para incluir las fuerzas antifascistas y sindicales. Algunos representantes del Comité se incorporaron a la Generalitat. El 27 de septiembre se formaba el nuevo gobierno de la Generalitat con anarquistas, pasando a ser el Consejo de la Generalitat, con Josep Tarradellas como presidente, además de hacerse cargo de la economía. Para la gestión del orden público se creó la Junta de Seguridad Interior, presidida por Artemi Aiguader i Miró de la Esquerra.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.