La mujer visigoda. Primera Parte
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
Los arqueólogos han encontrado para la época visigoda muchos nombres de mujeres que fundaron monasterios y conventos por todo el reino. Dotar o ayudar económicamente estos monasterios o ingresar en los mismos fue muy frecuente, especialmente entre las viudas. De ese modo, las mujeres podían expresar su devoción y practicar la caridad que pregonaba la Iglesia. Pero también fue una forma de poder desarrollar sus intereses por la educación propia y la cultura, además de disfrutar de mayor libertad dentro de un monasterio que fuera por mucho que nos parezca paradójico. Esta opción de vida se desarrollaría mucho durante la Edad Media y en la época moderna. Las mujeres en un monasterio o en un convento, hasta cuando se impuso la clausura, se liberaban de las tutelas masculinas, de padres, esposos e hijos mayores en el caso de ser viudas. Por lo demás, estas donaciones e ingresos demostraban el interés de muchas mujeres de condición social elevada de poder influir en la sociedad de su tiempo.
Una de las grandes protagonistas del mundo visigodo fue Santa Florentina, que llegó a ser abadesa. Nació en Cartagena en el siglo VI y fue una incansable fundadora de conventos. Se da la circunstancia de que con otros cuatro de sus hermanos conforman lo que se ha denominado los Cuatro Santos de Cartagena, es decir, San Isidoro, San Leandro y San Fulgencio. Florentina se recluyó en un monasterio de San Benito, aunque no se sabe muy bien donde estaba. Unos indican que pudo estar en Écija y otros en Talavera de la Reina. Fue una mujer con una extraordinaria cultura y, como hemos expresado, fundó hasta cuarenta monasterios con una regla que había escrito su hermano San Leandro.
El ingreso en conventos de mujeres viudas de condición social elevada también tuvo una dimensión política. A finales del siglo VII, el rey Egica se separó de su esposa Cixilo como una medida que tenía que ver con la ruptura de sus relaciones con los seguidores de su antecesor Ervigio, es decir, en el contexto constante de enfrentamientos entre bandos nobiliarios por la sucesión de los reyes. Pero Egica fue más allá y consiguió en el III Concilio de Toledo se decretase que las reinas viudas debían ingresar en un convento, “por su bien”, en una expresión común en todas épocas que denota el paternalismo masculino. Pero lo hacía no tanto por ese supuesto bien para las mujeres, sino para evitar que se convirtieran en instrumentos en las luchas políticas, porque podían ser supuestamente manipuladas buscando legitimaciones en las sucesiones.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.