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EL PERIÓDICO
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Utopía, Masonería y la Royal Society


Ciencia e iniciación son términos que, intuitivamente, evocan una contradicción, a dos métodos contrapuestos e, incluso, enfrentados. Sin embargo, en este artículo explicaremos que en determinados casos ciencia, iniciación e Ilustración fueron de la mano durante los siglos XVII y XVIII y que la francmasonería tuvo, en aquel entonces, una presencia relevante en este ámbito. Es más, veremos también como la Royal Society, una institución capital en la historia de la ciencia, se construyó queriendo acercar al mundo la fantástica utopía de uno de los filósofos más importantes del siglo XVII: Francis Bacon. Nos centraremos, no tanto en la descripción de las teorías científicas del periodo, a las que haremos una breve mención, sino a la importancia que tuvo la utopía para estimular el desarrollo de las ciencias y también a la pertenencia de reputados científicos a la francmasonería.

La Ilustración, que en Inglaterra y en Francia nació tras numerosos conflictos monárquicos y religiosos, pese a no ser una ideología ni una línea sistemática de pensamiento, se caracterizó por la ruptura con la escolástica, es decir, con la separación de la pareja medieval de fe y razón. Así, la razón debía asumir ella sola la misión del alumbramiento de la humanidad, prescindiendo no siempre de Dios, sino de la tutela de cualquier institución religiosa y desarrollar por sí sola las artes, la política, la filosofía y las ciencias. No obstante, esta Ilustración empezó a gestarse en una Europa donde, quizás por el influjo que tuvo el hermetismo durante el Renacimiento y también por la voluntad de evadirse de las doctrinas eclesiales imperantes, abundaban las sociedades secretas, como la Orden de los Rosacruces y donde había, entre cierto público intelectual, un destacado gusto por el esoterismo.

A pesar de que muchos historiadores sitúan el nacimiento de la francmasonería especulativa en el año 1717 con la creación de la Gran Logia de Londres, se tiene constancia documental de la presencia de numerosos masones no vinculados con el mundo de la construcción desde el año 1600 en varias logias de Gran Bretaña. Por lo que afirmamos que la Hermandad fue durante el siglo XVII algo más que el mero gremio de constructores. Es más, la Orden era conocida por personas del gobierno, como Jacobo I de Inglaterra y IV de Escocia, quien se convirtió en su protector y por otras personas vinculadas a las esferas intelectuales y, más específicamente, al ámbito de la ciencia, como es el caso de Francis Bacon.

Francis Bacon (1561-1626) fue abogado, diplomático y es conocido en la historia de la ciencia por ser el precursor del empirismo inglés. En su libro Novus Organum, propuso un método alternativo a la ciencia aristotélica: la inducción, esto es, la construcción de los axiomas de la ciencia mediante un previo análisis de los fenómenos, la formulación de hipótesis y la experimentación. Para Bacon el objeto de las ciencias no podía consistir en hallar verdades metafísicas sobre la naturaleza de las cosas, sino en mejorar las condiciones de vida humana por medio del dominio de la naturaleza. En 1626 se publicó un libro póstumo e inacabado de Bacon en el que el en el que se dibuja a una sociedad utópica donde se impulsaban las ciencias y las demás áreas del conocimiento según el método que trazó en el Novus Organum. Se trata de La Nueva Atlántida.

En La Nueva Atlántida se relata el funcionamiento feliz de una isla ficticia llamada Bensalém gobernada por un consejo de sabios que se hacen llamar «Casa de Salomón». Los sabios de esta hermandad son admitidos, según el relato, tras un proceso de iniciación. Las reuniones de estos intelectuales se desarrollan en un espacio que recuerda a una logia masónica, tanto por su disposición como por su estructura y procedimientos. Son constantes los elementos semejantes a la masonería. Empezando por el nombre «Casa de Salomón» y siguiendo con otros detalles como: la constante aparición del número tres; el funcionamiento de la «Casa de Salomón»; los viajes de conocimiento de los miembros de la hermandad; el hecho que al miembro del consejo de sabios que es padre de familia se lo denomine «Hijo de la Vid.», así como la importancia que se le atribuye a símbolos como la columna, la luz y la cruz. Todos estos elementos indican que Bacon era conocedor y simpatizante de la Hermandad francmasónica, cuyos miembros aún se hacen llamar «los Hijos de la Viuda» y que reúne estos elementos dentro de su imaginario, sus talleres y su simbolismo.

La Nueva Atlántida dibujó un horizonte que sirvió de estímulo para la creación de una institución inglesa surgida en el año 1597 con el fin de promover el conocimiento: El Gresham College. Esta institución se fundó en 1597 por el mandato testamentario del financiero Thomas Gresham (1519-1579), quien, además, dispuso su mansión para este cometido. Según apuntan diferentes masonólogos, como Nicola Lococo, Gresham ostentó el cargo de Vigilante General de los Masones. En el Gresham College se promovieron estudios y conferencias gratuitas con ponentes expertos en diferentes ámbitos del conocimiento y destacó, sobre todo, por su divulgación en el ámbito de los estudios científicos. La mención al Gresham College como intento de hacer real el ideal baconiano en la Inglaterra del siglo XVII sería sólo una anécdota en este artículo si no fuera por su relación con la fundación de la Royal Society y por la destacable presencia de francmasones entre los profesores de la institución.

La Royal Society se creó en el año 1660 tras una conferencia que tuvo lugar en el Gresham College y que impartió Christopher Wren (1632-1723). Wren, que fue arquitecto, francmasón y que además impartía clases de astronomía en el Gresham College acordó junto a otros once filósofos y científicos crear esta sociedad con el fin de reunir a diferentes intelectuales para promover el saber experimental físico-matemático. La nueva institución sería oficialmente reconocida por el reino en el año 1663.

Se tiene constancia de que al menos cuatro de los doce fundadores de la institución eran miembros de logias masónicas, empezando por Wren, conocido porque fue el arquitecto encargado de reconstruir Londres tras el incendio que en 1666 asoló gran parte de la ciudad. También el vizconde William Brouncker (1620-1684), que fue el primer presidente de la institución y un destacado matemático; El conde Alexander Bruce (1629-1681), inventor y político y Robert Moray (1608-1673), filósofo, estadista y diplomático. Hubo, además, otros personajes insignes que pertenecieron a la Orden y a la Royal Society dignos de mención, como Ellias Ashmole (1617-1692) que fue un conocido político, abogado, militar y poeta que legó un sinfín de antigüedades y artilugios a la Universidad de Oxford, institución que fundaría el Ashmolean Museum. Se sabe que Ashmole fue un gran aficionado a la alquimia y a los libros de magia. También formó parte de la Royal Society y la Hermandad masónica Benjamin Franklin (1706-1790), uno de los padres fundadores de los EE.UU e inventor del pararrayos. Una de las facetas pocas conocidas de Franklin es su afición a los cuadrados mágicos. Por último, no podemos dejar de mencionar a Isaac Newton (1643-1727), descubridor del principio de la gravedad y que, si bien se desconoce si fue o no fue masón, sabemos que perteneció a la Orden de los Rosacruces y que fue, además de un gran matemático y científico, un gran alquimista.

Un elemento no menos importante en relación a la Royal Society y la francmasonería se halla en la evocación a la utopía de Francis Bacon en el primer libro que trataba sobre la historia de la institución científica. El científico y clérigo Thomas Sprat (1615-1713) publicó en 1667 A History of the Royal Society. En el libro se aprecia un grabado donde aparece una sala que recuerda al emplazamiento de las reuniones de los sabios de Bensalém y, por consiguiente, un lugar parecido a una logia masónica por su disposición, su suelo de ajedrez, el dosel, las compases y las escuadras y una tela anudada que parece rodear la estancia. También en la misma ilustración aparecen dos personajes sentados: en la izquierda se encuentra William Brouncker y a la derecha está el mismísimo Francis Bacon. Según narraba el historiador, en la sociedad «se admitía libremente a hombres de diferentes religiones, países y profesiones; que profesaban no apoyar los fundamentos de una filosofía inglesa, escocesa, irlandesa, papista o protestante, sino una filosofía de la humanidad». Diez años más tarde, se dejaría escrito en las Constituciones de Anderson (1723), que marcan el carácter de la Hermandad de los francmasones, que no se tenían que «promover disputas ni discusiones en el recinto de la Logia y mucho menos contiendas sobre religión, nacionalidades y formas de Gobierno, pues como masones sólo pertenecemos a la religión universal antes citada y también somos de todas las naciones, razas y lenguas, y nos declaramos contra toda política, que nunca condujo ni conducirá al bien de la Logia».

Con lo que hemos explicado no tenemos que concluir que la francmasonería fue una institución causante ni del desarrollo de las ciencias ni de la creación de la Royal Society, sino sólo hacer patentes este cúmulo de anécdotas que han sido contemporáneas y que nos muestran que la Ilustración se ha desarrollado, a menudo, de la mano de prácticas e ideas poco ortodoxas, en cuanto a la estricta racionalidad respecta. Ambas instituciones, cada una con su particular proceder, persiguen una utopía semejante en la que el mundo se guía por las luces del conocimiento. Un conocimiento que no es infalible pero que debe desarrollarse en libertad y poniéndose al servicio de toda la humanidad, trascendiendo a credos, inclinaciones políticas, dogmas y otras diferencias que pueda haber entre los individuos.

Para realizar este artículo he consultado las webs de la Royal Society y el Gresham college en sus secciones de historia, el libro La ilustración iniciada, de Nicola Lococo editado por masonica.es y el libro Masonería e Ilustración, de José Ignacio Cruz (ed).