Quantcast
HEMEROTECA
             SUSCRÍBETE
ÚNETE A EL OBRERO

La fundación de la Real Academia de Bellas Artes en 1752

Los orígenes de una Real Academia de Bellas Artes en España no se comprenden si el patronazgo artístico de la Corona desde el siglo XVI, cuando, gracias al aumento de rentas provenientes de América, los monarcas emprendieron un intenso programa de construcción de obras artísticas, así como de su adorno interior y exterior. Las figuras de Felipe II o de Felipe IV no pueden entenderse en su totalidad sin la faceta de mecenas de las artes, como Fernando Checa y Alfredo Alvar han demostrado en sus estudios. Los Borbones, en el siglo XVIII, continuaron, en la medida de sus posibilidades, siendo patronos de arquitectos, escultores, pintores, bordadores, relojeros, miniaturistas, cristaleros, etc. De esa manera entroncamos la pintura de Ranc o Van Loo con el reinado de Felipe V o al mismo Goya con el de Carlos IV.

Teniendo en cuenta estas circunstancias, fue al monarca a quien se dirigieron los artistas interesado en fundar una Real Academia, como Antonio Meléndez, a quien se atribuye la primera iniciativa en 1726. Su idea era imitar, en cierto modo, aquellas que ya se habían establecido en otras ciudades europeas, como Florencia o Roma, pero también París o Amberes. Precisamente, en esta ciudad flamenca fue fundada en 1663 la Academia en la cofradía de pintores de San Lucas por David Teniers el Joven, artista al servicio del archiduque Leopoldo y de Juan José de Austria, que llegaría a ser ministro de Carlos II. Su creación fomentaría el servicio aúlico y proporcionaría fama a España y a su capital.

Debe también tenerse en cuenta, a la hora de explicar el nacimiento de estas instituciones, el sentimiento de las elites sociales sobre el sistema universitario, al que calificaron como decadente, ajeno a las innovaciones externas y anclado en una forma de vida casi medieval. Resultaba necesario, a ojos de monarcas y de políticos ilustrados, una serie de instituciones centralizadas que modernizaran las Artes, las Letras, las Ciencias y las Técnicas.

La propuesta de Meléndez no prosperó, pero lo que un segundo intento lo protagonizó el escultor italiano Domenico Olivieri quien, estando al frente del taller de escultura del nuevo Palacio Real -ya que el viejo alcázar los Austrias había sufrido un incendio-, obtuvo un real permiso de Felipe V para abrir una academia privada, la cual funcionó desde 1741 hasta 1744. Allí se enseñaron las innovaciones europeas y se formó discípulos, pero también se fomentó el intercambio de libros, experiencias e ideas. Su éxito favoreció la idea de fundar posteriormente una Real Academia, a iniciativa del propio Olivieri en 1742, que logró, dos años más tarde, hacerla realidad en Madrid bajo el provisional nombre de Junta Preparatoria, cuya actividad transcurrió entre 1744 y 1752.

Lógicamente, hubo algún político por medio, ya que el apoyo a las Bellas Artes también formaba parte de la buena imagen de un servidor de Estado, desde los tiempos del renacimiento europeo. Por ello, fue categórica la intervención de Sebastián de la Quadra, marqués de Villarias, primer secretario de Estado y del despacho (lo que hoy sería un presidente del gobierno), principal mecenas y protector de Olivieri. El escultor italiano redactó para la Junta Preparatoria unas reglas para que, después de un par de años, pudieran contribuir a la formación de los estatutos de la Academia de escultura, pintura y arquitectura bajo la protección de la Corona.

Felipe V aprobó la institución oficialmente el 13 de julio de 1744, siendo su primer protector el marqués de Villarias y Fernando Triviño el primer viceprotector, recayendo sobre Olivieri la dirección general de la Junta. En la misma se integraron seis maestros directores y otros tantos honorarios, todos ellos artistas de profesión con méritos reconocidos. Los años pasaron y se discutió con vehemencia entre los miembros de la Junta Preparatoria, cuyos trabajos y discusiones se alargaron excesivamente, la formación de unos estatutos hasta llegar a una redacción definitiva aprobada por Real Decreto de 5 de abril de 1751.

Tanto Fernando VI como su esposa, Bárbara de Braganza, apoyaron las grandes obras que sus ministros intentaron levantar durante su reinado. De esta manera, el monarca presenció en persona las obras del puerto de Guadarrama y se mostró complacido al saber que algunas de las Reales Fábricas dirigidas por José de Carvajal y Lancaster llevaban su nombre y el de la reina, como la de Guadalajara (de San Fernando) o la de Ezcaray (de Santa Bárbara). También la creación final de la Academia de Bellas Artes en 1752 por Carvajal fue celebrada, igual que algunas de las obras literarias emblemáticas del reinado, como las “Cartas eruditas” del padre Feijoo, protegido directamente por Fernando VI, o la “España Sagrada” del padre Flórez, cuyos primeros volúmenes aparecieron en 1747. Flórez no podía ser más elocuente en su apoyo al rey en la dedicatoria de su obra: “Las Artes y Letras pueden conquistar dentro de un reino tanto como fuera las armas, y acaso con más utilidad, más seguridad y menores dispendios”.

A partir de entonces, la Real Academia de Bellas Artes comenzó a promocionar las novedades que provenían de Europa, a contratar maestros extranjeros, a impartir clases para lograr un cuerpo de artistas suficientemente formados, a fomentar el patronazgo artístico de la nobleza, a adquirir un conjunto de esculturas para los profesores de modelado y dibujo y, con el paso del tiempo, a aceptar mujeres como académicas, sobre todo en el reinado de Carlos III y Carlos IV.

La personalidad de Fernando VI fue realmente difícil pero se rodeó de buenos ministros, mantuvo siempre su idea de paz con Portugal y Gran Bretaña, lo que trajo enormes beneficios a España, tanto en el terreno económico como en el diplomático, al intentar una mayor independencia de la política francesa; y, en fin, fue capaz de mantener una fórmula de gobierno cargada de futuro, el “rey con los ministros”, que definitivamente asentó la que inició su padre al primar a los secretarios de despacho.

Sobre esta base se fundó la Real Academia de Bellas Artes, según Real Decreto de 12 de abril de 1752. Dos años más tarde el rey nombraba Protector de la Academia a Ricardo Wall y Devreux, Primer Secretario de Estado, siendo Tiburcio Aguirre el Vice-Protector.

En este tiempo se fue larvando un cambio sustancial en la composición y gobierno de la Academia que fraguó en los nuevos Estatutos de 1757, los primeros que llegaron a imprimirse. En el preámbulo de Fernando VI se lee lo siguiente: "Por cuanto el Rey mi Señor y Padre... determinó fundar y dotar para las Tres Nobles Artes una nueva Real Academia. Y para que en su formación se procediese con acierto aprobó en trece de julio de mil setecientos cuarenta y cuatro un proyecto de Estudio público de ellas, bajo la dirección de una Junta que formó con el título de Preparatoria..., con el fin de que se reconociese en la práctica y experiencia de algunos años las reglas que convendría observar, sirviese la citada Junta como de ensayo, o modelo para el establecimiento de la futura Academia..., tuve a bien en doce de abril de mil setecientos cincuenta y dos elevarlos [los estudios] al grado de Academia Real..., dando para su gobierno las Leyes que por entonces parecieron oportunas, hasta tanto que yo tuviese a bien dar y mandar publicar los formales Estatutos con que ha de gobernarse perpetuamente la Academia. Y habiéndome representado esta su estado, las experiencias adquiridas desde su erección... me pidió le concediese los expresados formales Estatutos, y las Leyes para su gobierno y subsistencia... he resuelto renovar la citada creación de la Academia de doce de abril de mil setecientos cincuenta y dos..., anulando... los Estatutos firmados de mi Real mano... y en cualesquiera otras Órdenes y Decretos todo aquello que directa, o indirectamente, se oponga a lo contenido en los presentes, por haber manifestado la experiencia no ser conveniente ni conforme a mis intenciones: siendo mi expresa voluntad que en todo y por todo se cumplan, guarden y ejecuten las Leyes y Estatutos siguientes...".

En realidad se trata de una suerte de refundación de la Academia que, con unos Estatutos diferentes y una mayor cuantía en su dotación, inició una etapa nueva. Lo más sustancioso de los nuevos Estatutos radicaba en el traspaso de la responsabilidad última de la Academia desde las manos de los artistas a la de los consiliarios, es decir, a la nobleza. Baste recordar, entre otros muchos aspectos, que los consiliarios pasaron de meros espectadores, más o menos preclaros y brillantes, en los Estatutos de 1751, que no estaban obligados a asistir a todas las Juntas, a ser las piezas claves en el gobierno de la Academia. Así, en el nuevo apartado dedicado a los consiliarios en los Estatutos de 1757, se dice que asistirán con voz y voto a todas las Juntas, hasta el punto de que faltando el Protector o Vice-Protector las convocaría y presidiría el consiliario más antiguo, absteniéndose en aquellas votaciones de carácter facultativo pero autorizando su resultado. Para que no quedara lugar a duda sobre el papel de los consiliarios en la Academia, los nuevos Estatutos recalcan que su principal cometido "ha de ser tratar, y resolver con el Protector y Vice-Protector en las Juntas Particulares todos los negocios de gravedad, como son los gastos extraordinarios considerables, y además de las materias que se expresan en estos Estatutos todas aquellas que interesen el cuerpo de la Academia... Por lo mucho que importa para excitar la aplicación la presencia de personas autorizadas, encargo a los Consiliarios la asistencia, no sólo a las Juntas, sino es también a los Estudios de la Academia. En poder de uno de los Consiliarios estará siempre una de las tres llaves de la Arca, y las dos en el Vice-Protector, y Secretario, sin que con motivo alguno puedan cederlas a otro sin noticia del Vice-Protector: y sea siempre Consiliario el que la tenga". Añádase a ello el refuerzo de los Académicos de Honor quienes, en las Juntas Particulares y Ordinarias a las que asistieren, tendrían voz y voto, hasta el punto de presidir las propias Juntas en defecto del Protector, Vice-Protector y consiliarios.

A la iniciativa de Felipe V y al esfuerzo de Fernando VI hay que sumar el empuje dado a la Academia por Carlos III, cuya inercia acompaña todo el reinado de Carlos IV. Carlos III vino a confirmar el carácter instrumental de la Academia como órgano de alcance dentro del reformismo ilustrado, para lo cual la Corporación no sólo contaba con el apoyo del monarca sino que estaba garantizado por los hombres cercanos a su real persona bien fuera en calidad de Protectores, como Grimaldi o Floridablanca, bien asumiendo el decisivo papel de consiliarios, entre los que se encontraban los nombres más destacados de la nobleza como los Alba, Osuna, Berwick y Liria, Medinaceli, Aranda, Santa Cruz, Abrantes, Fernán Núñez, Altamira, Granada de Ega, y un largo etcétera que fue creciendo, asegurando así el carácter político-estamental de la institución.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.