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El turismo marítimo en la España de Alfonso XIII

En el siglo XIX, cuando se produjo la sustitución de la vela por el motor en los barcos, las compañías navieras pudieron fijar horarios regulares para sus líneas marítimas. La segunda revolución industrial fue acompañada de una revolución de los transportes que potenció, aún más, el traslado de población a grandes distancias, pero también un tráfico regular más seguro, favoreciendo, a la larga, el turismo marítimo.

Se construyeron grandes barcos con cascos de hierro, mayor tonelaje y capacidad, aunque las condiciones de los viajes mejoraron a un ritmo más lento. Se intentó crear un mayor número de camarotes, individuales y también compartidos, facilitando las medidas higiénicas mediante un mejor sistema de cañerías para el lavado y aseo de tanta tripulación, la marinera y la turista. Las horas de comida se anunciaban a toque de campana y entonces los pasajeros de primera clase, sentados en el comedor principal, podían tener el honor de compartir la mesa con la oficialidad y el capitán. La cubierta era el único lugar de expansión, siempre que no hiciera mal tiempo, aunque había que tener el cuidado suficiente para no estorbar a los marineros que hacían sus faenas de limpieza y maniobra del barco. Los pasajeros de segunda tenían sus camarotes más estrechos en un segundo piso mientras los de tercera se agolpaban aún más abajo.

España, con sus costas llenas de plazas de gran belleza y sus archipiélagos, contó con numerosas iniciativas de turismo marítimo. En sus puertos también podían hacer escala barcos que realizaban un viaje por el mar Mediterráneo con turistas deseosos de conocer zonas calificadas de exóticas en el siglo XIX y principios del siglo XX.

El primer cruising liner que llegó al puerto de Santa Cruz de Tenerife, el 23 de enero de 1895, fue el buque “Lusitania”, al mando del capitán Livet. Para los ricos viajeros británicos que dejaban la brumosa Inglaterra, el clima y el cielo de las islas les produjo una grata impresión. Desde allí, el barco continuó hacia el mar Caribe, destino de ese crucero. ¿Por qué habían recalado allí? Para abastecerse de carbón, como hacían las líneas hacia África, Australia y América del Sur. Pero la circulación, entre los círculos de la clase alta británica, del clima y aspecto de las islas Canarias favoreció el deseo de muchos turistas ricos de visitarlas. Poco a poco, también llegaron turistas franceses al recalar en Tenerife los barcos de la compañía Paquet y de la Sociedad General de Transportes Marítimos de Marsella.

La empresa marítima A. López y compañía, fundada en Alicante en 1856, se trasladó a Barcelona bajo el nombre de Compañía Transatlántica. En 1886 estableció líneas regulares a Estados Unidos, Buenos Aires, Venezuela, Colombia, las costas de Marruecos y la isla de Fernando Poo, con servicios combinados a los principales puertos de los cinco continentes. No sólo para el transporte de mercancías sino de pasajeros, fueran emigrantes o turistas. En 1912 la Compañía Transatlántica poseía una flota formada por 23 vapores, de los cuales el mayor tenía 12.000 toneladas de desplazamiento, bautizado con el nombre de “Alfonso XII”. Se construyó uno mayor, el “Victoria Eugenia” -nombre de la esposa de Alfonso XIII- con 15.400 toneladas, en un astillero inglés, realizando su primer viaje el 12 de marzo de 1913.

Desde 1911, los viajeros españoles que decidían realizar un viaje en un barco de esta compañía debían identificarse, presentando la llamada cédula personal -una especie de documento nacional de identidad actual- pero si eran una pareja casada, el matrimonio debía aportar también la partida de expedida por el registro civil. Si el marido no tenía licencia absoluta de quintas -el servicio militar de entonces- el permiso lo debía firmar el coronel del distrito militar correspondiente. Si una mujer decidía viajar para reunirse con su esposo debía presentar un documento expedido por el juez municipal justificando el hecho, mientras que las viudas debían tener en sus bolsos un certificado de defunción del esposo. La preocupación de la empresa por la moral y la decencia le llegó a exigir una partida de nacimiento y el consentimiento paternal -ante juez municipal- si alguna mujer joven soltera se atrevía a realizar el viaje en barco, aunque fuera por placer y turismo.

A los pasajeros de primera clase se les recomendó que, si viajaban con sus criados personales, éstos no entraran en sus camarotes o salones sino para servirles exclusivamente, no permaneciendo en ellos más que el tiempo necesario y prudencial. Las maletas y bultos debían llevar etiquetas adheridas, facilitadas por la compañía, a las que fue costumbre unir, con el paso del tiempo, las que proporcionaban hoteles donde los viajeros pasaban estancias, una vez desembarcados en su destino.

En 1912 la Compañía Transatlántica organizó viajes de recreo, sobre todo a las islas Canarias, uno de los destinos más solicitados. Además de Las Palmas y Santa Cruz, los turistas podían visitar Tánger, Barcelona, Valencia, Alicante y Cádiz durante 11 días. Las visitas más populares en las islas eran las de valle de la Orotava, el pico del Teide, La Laguna, etc. La fundación del periódico “Canarias Turista”, dos años antes, facilitó información a los visitantes de todos los lugares a visitar, líneas marítimas, precios, etc.

La empresa comenzó también a recibir demanda de turistas españoles deseosos de visitar otros lugares más alejados, por lo que organizaron cruceros mensuales a Italia, ida y vuelta, que podían durar hasta 18 días, con escalas en Génova y Nápoles. A Egipto hubo un viaje cada cuatro semanas, fondeando en Port Said, aprovechando la línea hacia las islas Filipinas. También se organizaron viajes de recreo por Andalucía y el Levante español, así como itinerarios para aprovechar las fiestas del Carnaval de Niza y de la Semana Santa sevillana.

Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) los viajes turísticos tuvieron una seria crisis, ante el desarrollo, sobre todo a partir de 1917 de la guerra de submarinos alemanes. No obstante, la Transatlántica se recuperó en la posguerra, gracias al prestigio de la velocidad y el lujo de sus barcos. Junto al “Juan Sebastián Elcano”, el buque “Marqués de Comillas” (cerca de 10.000 toneladas) y el “Magallanes” (con casi igual tonelaje) botados en 1927 fueron, hasta 1936, las señas de identidad de la empresa y sus mejores barcos.

No todos los cruceros y viajes de placer fueron para la clase alta, puesto que los grupos medios de la sociedad, incluso trabajadores bien pagados de regiones industriales pudieron realizar excursiones en barco. En el verano de 1928 se organizaron itinerarios baratos en la Costa Brava o hacia las islas Baleares y diversas empresas establecieron viajes con motivo de las Exposiciones Internacionales de Sevilla y Barcelona de 1929. Precisamente, el éxito de ese acontecimiento fue mundial, ya que llegaron a España, por primera vez, grupos numerosos de turistas norteamericanos y argentinos. En Nueva York la agencia que tuvo a su cargo esos viajes fue la Spanish Royal Mail Lines Agency. Hasta el estallido de la guerra civil, la demanda social de viajes turísticos fue en aumento, favoreciendo las bases de un sector que sería clave para el desarrollo económico español hasta nuestros días.

El lector interesado puede acudir a:

Juan Carlos Díaz Lorenzo, El turismo marítimo en La Palma, Cabildo Insular, 1995.

Enrique de Obregón, “El turismo marítimo”, Historia y vida, agosto 1993, pp.6-26.

Varios Autores, Historia del turismo en España, varios volúmenes, Síntesis, 2007. 

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.