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Orlando frente a coronavirus

Hay tres Orlandos literarios: Orlando enamorado, de Matteo Boiardo, Orlando el furioso, de Ludovico Ariosto y continuación del primero, y Orlando, de Virginia Wolf. Me gustan los tres, pero hoy me quedo con el último, que ha visto más siglos y ha atravesado más océanos. También hay una película estupenda con el mismo nombre y Tilda Swinton basada en la novela de Virginia Wolf.

Orlando reflexiona sobre el arte de vivir diferentes vidas y emociones fluctuando entre sociedades y experiencias pero acaba a principios de siglo XX, que no podía imaginar muchas de las cosas que estaban por venir. Hay que ir mucho más allá de su traje biográfico para descubrir su modernidad, para ver una actualidad que, sin embargo, sí sabía del oficio de vivir y de la complejidad de la vida y del arte literario, más aún: de la ficción y de la enfermedad por su estrecho vínculo con la misma existencia. En estos tiempos de coronavirus en los que hemos descubierto que ninguna estructura es sólida, que la inmunidad no la da la cuna, ni el estatus, el género o la identidad, en la que todo es incierto y esquivo, más cercano al símil que a la certidumbre, esa que perdimos durante esta crisis mundial del coronavirus, lo que hemos aprendido definitivamente es que ni los meses pasados ni las directrices sistemáticas recibidas han logrado apagar las ganas de bebernos la vida. Y aunque solo podamos ser testigos de nuestra época, Orlando nos enseña que si bien los males endémicos traspasan siglos y vicisitudes solo pueden mudan la actitud, nunca la vida. Al releer Orlando a la luz de estos tiempos se revelan impresiones acordes a estos momentos, y la parábola de esta figura muestra cómo el vínculo natural con la vida está por encima de las convenciones y los paramentos sociales y que al final todo vuelve a resumirse en un acto de rebeldía por vivir una existencia lo más libre posible. Orlando es un ejemplo para todos, es viento de fantasía y libertad, denuncia social y alegría de vivir, lo que le convierte en una lectura recomendable para volver a recuperar estas cualidades que se nos están arrebatando y evitar desvanecernos, marchitarnos y dejar de vivir, ahogados por una enfermedad que atraviesa tabúes y tabiques y se cuela en la vida de cualquiera sin pedir permiso, entrando en la mente antes que en el cuerpo, abonando así la propagación del virus en todas sus formas manifiestas y no manifiestas. Es como si perdiéramos todos nuestros derechos ante el coronavirus, igual que Orlando al despertar convertido en mujer. Maravilloso y tremendo símil para reflexionar en la forma de intentar debilitar poniendo y quitando atributos, porque nuestro corsé se ha apretado con el coronavirus y aunque hemos logrado abrir las fronteras que separaban hombres y mujeres resulta que irónicamente nos hemos vuelto a aprisionar en la extrañeza de una pandemia que no conoce fronteras ni reglas.

El Orlando de Wolf nos enseña que los esquemas se rompen y que al sexo le sucede, por fin, el género, en un intento de borrar o difuminar diferencias ávidas por encasillarnos. Quizá por eso el encargado de traducirlo por primera vez al castellano fuera nada más ni nada menos que Borges…

Filóloga y traductora