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La conquista turca de los Balcanes (1354-1541)

Retrato de Solimán hacia 1530, hecho por Tiziano. / Wikipedia Retrato de Solimán hacia 1530, hecho por Tiziano. / Wikipedia

En 1354 el ejército turco ocupó la península europea de Galípoli, en pleno corazón del Imperio bizantino. Desde esa punta de lanza, las tropas de la dinastía otomana comenzaron la conquista de la península de los Balcanes, al remontar el río Maritsa y saquear no sólo ciudades pequeñas y zonas agrícolas, sino la mismísima ciudad de Adrianópolis y otros importantes centros bizantinos.

Constantinopla estaba en plena decadencia, por lo que el estado más importante de esa zona europea, en aquellos momentos, era el reino de la Gran Serbia, edificado por la voluntad de Esteban Dusa (1331-1355) al unificar Macedonia, Albania, Tesalia y el Epiro. Sus victorias militares le hicieron ambicionar la posibilidad de reemplazar a imperio bizantino en el gobierno de los territorios balcánicos. Pero, tras su muerte y ante el peligro turco, sus sucesores decidieron aliarse con el rey Luis el Grande de Hungría, el zar Sisman de Bulgaria y con la nobleza bosnia en la primera cruzada que las potencias europeas organizaron contra los turcos. Pero las fuerzas cristianas fueron derrotadas en la batalla de Cirmen (1371), reconociendo la soberanía otomana sobre la mayor parte de los estados supervivientes de la Europa sudoriental, comenzando por el mismo imperio bizantino, que al año siguiente aceptó su condición de vasallo.

Durante el resto del siglo XIV y gran parte del XV la política turca de conquista se concentró en el sostenimiento de los gobiernos locales, de acuerdo con sus leyes y tradiciones, a cambio del pago de grandes impuestos anuales y del suministro de contingentes militares al ejército otomano. De esta manera, se venció la resistencia local con la garantía de que gobernantes y pueblos, lo mismo que sus poderes, vidas y costumbres serían respetadas si aceptaban el dominio turco sin resistencia. La mayor parte de la nobleza balcánica aceptó estas condiciones como ventajas positivas. A los otomanos, el sistema de vasallaje les permitió alcanzar sus objetivos militares sin más resistencia local de la necesaria, gobernando sus nuevos territorios sin necesidad de construir un amplio sistema administrativo o mantener grandes destacamentos militares de ocupación. La lealtad continuada de sus vasallos balcánicos fue asegurada, al menos durante la Baja Edad Media, por la amenaza de su superioridad militar y de la posible venganza del sultán. No por ello algunos príncipes serbios y búlgaros intentaron derrotar a los invasores musulmanes, pero cada vez que forzaron una guerra provocaron una mayor expansión de la amenaza que intentaron frenar. De esta manera, los turcos llegaron al corazón de Bulgaria, tomando Monastir (1382), Sofía (1385) y Nis (1387) ante las nuevas coaliciones de príncipes balcánicos. Las nuevas conquistas colocaron a los vencedores entre los serbios y los búlgaros, acabando con sus esfuerzos en su contra. Igualmente, también situaron a los turcos otomanos en posición de invadir Serbia desde el Este del mismo modo que desde el Sur.

Ante el peligro inminente, serbios y bosnios dejaron a un lado sus conflictos para unirse contra el peligro musulmán bajo la dirección del príncipe serbio Lazar que llegó a obtener el apoyo del monarca de Bulgaria y de los soberanos de Hungría y Polonia, que comenzaron a adivinar el peligro potencial de los turcos. Pero en la decisiva batalla de Kosovo (1389), los turcos derrotaron a los aliados europeos, destrozando su unidad y ocupando todo el sur del Danubio. Sin embargo, el Sultán Bayezid I (1389-1402) renunció a cualquier esfuerzo militar extraordinario, por lo que repuso en sus tronos a los príncipes balcánicos, en calidad de vasallos. Sus sucesores tuvieron que ocuparse de los territorios turcos en Asia Menor, permitiendo la supervivencia de los estados cristianos durante un tiempo.

La subida al trono turco de Mehmet II (1451-1481) supuso el comienzo de una política de expansión imperial de la dinastía. El nuevo sultán decidió reemplazar a todos los príncipes vasallos de los Balcanes, incluido el emperador de Bizancio. Los príncipes serbios autónomos que habían sido repuestos en sus tronos en 1444, constituían un paso a través del cual penetraba la influencia húngara hasta el corazón de los Balcanes otomanos, de modo que -en dos grandes expediciones en 1454 y 1455- Mehmet los anexionó al imperio directamente. En 1463 ocupó Bosnia, en gran parte gracias a la ayuda proporcionada por los bogomilos, herederos de los albigenses y cátaros, que habían sido encarnizadamente perseguidos por los católicos húngaros y que prefirieron el dominio musulmán. Según avanzó la conquista, la mayor parte de bogomilos se convirtieron al Islam, transformándose en la clase terrateniente de la zona, con la ayuda de los turcos. La política belicista del soberano otomano supuso un duro golpe para Venecia, la principal potencia comercial de la zona, así como para Génova a la que arrebataron sus bases territoriales. Por ello, los venecianos prestaron ayuda a la nobleza albanesa para que iniciara una dura resistencia bajo la dirección de Iskenderberg. Sin embargo, Mehmet reaccionó con sorprendente agilidad y logró ocupar toda Albania, estableciendo a parte de su ejército de forma permanente en este territorio, formando la base de la comunidad musulmana actual. La conquista de Constantinopla, capital del imperio bizantino, en 1453, tuvo una resonancia más bien sentimental que efectiva, pues ya hacía tiempo que la histórica ciudad, muy decaída, formaba un enclave dentro del territorio dominado por los turcos. El último emperador murió defendiendo la ciudad, que pasó a ser el centro efectivo de poder del sultán.

¿Pero qué factores habían favorecido el avance turco? En primer lugar, y pese a las alianzas militares, las discordias entre los reinos balcánicos habían impedido la formación de un estado fuerte y organizado, capaz de enfrentarse a los invasores. La estructura social tampoco favoreció la resistencia a ultranza frente al invasor. Existía en todas partes un régimen feudal muy duro, y no pocos campesinos mostraron indiferencia ante el cambio de elites. En Albania, tras la derrota, la nobleza se refugió en Durazzo y otras posesiones venecianas del Adriático, y cuando éstas cayeron, se exiliaron en la propia Italia, mientras la mayoría de sus campesinos se sometieron a la fe de Mahoma. En otros territorios el comportamiento de los vencidos fue inverso: se islamizaron los señores para conservar su privilegiada posición mientras las masas se mantuvieron fieles al cristianismo, lo que constituyó una fuente de debilidad y conflictos internos. Los sultanes otomanos (califas a partir de 1517) no advirtieron los peligros de esta acumulación de pueblos diversos y, con una mentalidad en la que se mezclaron el expansionismo imperialista y el mito de la guerra santa o yihad, continuaron su avance en todas direcciones: al este chocaron con los persas y el oeste con las potencias centroeuropeas. En 1480, Mehmet organizó la posible conquista de Italia pero su muerte al año siguiente, frenó este ambicioso plan.

Solimán II el Magnífico (1520-1566) resucitó la política imperial de sus antecesores, elevando al Imperio a su máximo poderío. En 1521 ocupó Belgrado, en el corazón de la misma Serbia; al año siguiente, los caballeros de San Juan de Jerusalén rindieron la isla de Rodas, en el mar Egeo; y en 1526 desapareció el reino de Hungría, tras la victoria otomana en Mohacs, en la que pereció el propio rey Luis II. En 1541, los territorios húngaros quedaron divididos en tres partes: la occidental, una estrecha faja, débil antemural de Austria, en poder de los emperadores Habsburgo; la central, con Buda y Pest, bajo la inmediata soberanía turca; la oriental, o sea Transilvania, como protectorado otomano, aunque sus príncipes gozaron, de hecho, de bastante autonomía, incluso en materia de política internacional. No fue raro ver a los príncipes de Transilvania practicar un juego de báscula entre otomanos, polacos y los Habsburgo; el carácter montañoso del territorio, en contraste con la indefensión de la llanura húngara, favoreció esta libertad de movimientos de los príncipes transilvanos, no menos suspicaces frente a los soberanos austríacos que ante los sultanes turcos. El siguiente objetivo del avance otomano fue Viena, cuya posesión permitiría el acceso a la Europa central. La ciudad resistió tres asedios: en 1529, en 1532 y en 1683, lo cual ayudó frenar por tierra a los musulmanes, así como la victoria española de Lepanto (1571), por mar.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.