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El cuervo y el coronavirus


«Y el cuervo nunca emprendió el vuelo.


Aún sigue posado, aún sigue posado


en el pálido busto de Palas.


en el dintel de la puerta de mi cuarto»

El cuervo, Edgar Allan Poe

Este poema narrativo de 1845 se centra en una noche oscura del alma, en un momento de profunda desolación del protagonista y en la figura de un cuervo que entra por la puerta abierta y se queda apoyado en el busto de Palas Atenea, la diosa de la civilización y la sabiduría, pero también de la guerra. O dicho de otro modo, el cuervo, símbolo de mal agüero, se instala en la vida del joven para siempre y persigue al narrador sin nombre, a no ser que su nombre sea legión y en él estemos contenidos todos, porque el cuervo ha venido para quedarse y ya no se irá, ha venido para afianzar los sentimientos de tristeza, soledad y pérdida de su anfitrión, y conducirle a la locura… ha venido a encarnar la finitud y a ser el eslabón visible de la cadena sobre la que cuelga el reloj marcando el paso inexorable del tiempo. ¡Y cuántos cuervos no se han posado en nuestras vidas desde marzo de 2020!

Cuando todo esto acabe ¿cuántos nunca más seremos? ¿Cuántas cosas se habrán ido para siempre de nuestras vidas?. A todas mis preguntas, el cuervo siempre responderá: «nunca más», una reiteración que se ha convertido en el mantra de nuestros días. Quizá nos cueste salir de casa, traspasar el dintel de la puerta sobre la que acecha el cuervo que se nos ha encaramado. Pero da igual, porque a todas las preguntas el cuervo siempre responderá: «nunca más». Cuántas perdidas, cuántas costumbres que formaban parte de nuestro día a día habrán perdido entidad y ya no habrá pluma ni papel donde escribirlas, pues se habrán reducido a esas dos únicas palabras, nunca más, dos adverbios expresando el tiempo en su plena intensidad.

Y cuanto más tiempo pasemos juntos entre cuatro paredes más nos va a costar abandonar la habitación y salir a la luz; incluso puede que quizá prefiramos quedarnos bajo el péndulo de un pozo en un decorado preparado por Roger Corman redivivo, esperando que otro decida el final, y que ya no queramos saber si habrá un nunca más que sea para bien o para mal.

Ha habido un antes y después desde que se colara el cuervo en nuestras vidas. Todo nuestro siempre sigue siendo un nunca más, una puerta en la que quedaron fuera los tiempos antes de 2020, lejano recuerdo para los que ahora habitamos en el encierro de un nuevo paradigma que ha venido para quedarse.

Mejor no le preguntemos a nuestro cuervo endémico que hasta cuándo, pues su respuesta será «nunca más». Él es así, y esto no es más que una constatación real, y está bien saberlo, es su mensaje-eco y, aun así, yo invito a no mirar a otro lado y maquillar la realidad, por más que ahora sea más nunca más que nunca. 

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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