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Un liberal en tiempos convulsos


Alfons XIII, rey de España, con el primer ministro Alvaro Figuera Torres, Conde de Romanones, 1913 / Archivo. Alfons XIII, rey de España, con el primer ministro Alvaro Figuera Torres, Conde de Romanones, 1913 / Archivo.

Hace pocos días que ha aparecido en las estanterías de las librerías un nuevo volumen de Guillermo Gortázar titulado Romanones. La transición fallida a la democracia (Espasa, 2021). A través de la biografía de uno de los líderes más famosos del Partido Liberal en el reinado de Alfonso XIII, el lector se adentra en las diversas etapas que jalonaron la Historia española desde la Restauración canovista hasta el primer franquismo.

Inicia el libro con una narración sobre la familia del conde de Romanones, a través de la cual se comprende la riqueza que heredó y el mundo social del que se rodeó, ya que sus antepasados hidalgos lograron, mediante exitosos negocios relacionados con el comercio y el transporte, formar una fortuna y una red de contactos que facilitaría el salto a la política de Álvaro Figueroa (1863-1950).

Esta es la historia de un triunfador, en el sentido de que logró destacar, llegar a lo más alto de la carrera política, al ejercer la presidencia del Consejo de Ministros en varias ocasiones. Pero también, como muchas vidas humanas, el lado perdedor no es olvidado: asistió a la disolución del régimen constitucional de 1876 con el pronunciamiento de Primo de Rivera, fue testigo de la caída de la Monarquía y a punto estuvo de ser fusilado en Fuenterrabía, al comenzar la guerra civil.

Romanones fue un alcalde de Madrid notorio, preocupado por la salud y la mejora de la administración local, circunstancia que el autor analiza detenidamente, certificando su éxito frente a la labor de otros alcaldes con el detalle de su duración como tal, mucho mayor que la de sus antecesores en el cargo. Desde ahí, Gortázar analiza su camino hacia la presidencia del gobierno, mientras describe la vida política a comienzos del siglo XX, la práctica del poder, su etapa como ministro de Instrucción Pública -en la cual destacó su mejora del sueldo de los maestros- y su participación en las redes internas que definieron el liberalismo español durante la Belle Époque. Partidario de la entrada de España en la Gran Guerra, al lado de los Aliados en 1914, participó en la crisis de 1917 en unas circunstancias que estuvieron a punto de hacer estallar el régimen constitucional.

Gortázar señala una idea interesante: tanto el rey como otros políticos -Romanones entre ellos- apostaron por la regeneración de la nación, en vez de por el discurso de la reforma. El regeneracionismo resultaba adaptable tanto al liberalismo como a la democracia y a la dictadura. En cambio, el reformismo hubiera sido una mejor herramienta para modernizar el sistema político y democratizarlo más. Cuando se intentó a partir de 1930, siguiendo las indicaciones del liberal Santiago Alba, resultó tarde para la Monarquía. Le tocaba a la República intentarlo, pero fracasó, por lo que, para el autor, la guerra civil fue la secuela directa de la transición fallida a la democracia. Para Gortázar, así, el conflicto cainita no tiene un solo culpable: fue la consecuencia de un lento proceso fracasado de las élites políticas. Desde esta perspectiva -en opinión del autor- el hecho más luctuoso del siglo XX deja de ser el centro de una división y permite hallar nuevos caminos de conciliación y encuentro entre los españoles, mucho más que una recíproca y permanente recriminación de unos contra otros.

La cultura liberal del siglo XIX confió en que el progreso, la educación y el desarrollo económico y social serían suficientes para que, por sí solos, los regímenes parlamentarios se transformaran en democracias. La Primera Guerra Mundial asesinó al liberalismo, en palabras de Romanones, ya que las condiciones anteriores necesitaban de la más fundamental: una paz duradera. Los liberales se detuvieron a las puertas de la reforma constitucional, por comodidad, por rivalidades internas, por ciertos miedos, por creer que los cambios vendrían paulatinamente, por pensar que los seres humanos son juguetes del destino, en vez de sus hacedores.

Utilizando diversos archivos y, sobre todo, las memorias de Romanones, además de su archivo particular, Gortázar tras el periodo de formación y la conquista de una posición política protagonista, no olvida analizar la fase de retirada de Figueroa por la edad y por los acontecimientos políticos. En esta última destacan hechos que cabe recordar como la defensa que realizó de Alfonso XIII en las Cortes republicanas y su impacto político; la victoria electoral que tuvo en Guadalajara sin atisbos caciquiles en el nuevo régimen; los peligros que tuvo que sortear, junto a otros miembros de su familia, en los comienzos del conflicto cainita; su correspondencia con don Juan, conde de Barcelona, recordándole que la única Monarquía posible de restaurar era la constitucional, con una nueva carta magna adaptada a los tiempos.

Su figura ha estado fundida con numerosos cuentos, chascarrillos, frases atribuidas, leyendas, mitos… durante mucho tiempo. Por ello, el autor ha pretendido aclararlos y, tras depurar la figura de Romanones, acercarnos a un tiempo convulso, para reflexionar y aprender de ese pasado.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.