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La casa de Bernarda Alba, donde agoniza hasta el coronavirus


«¡Qué les importa a ellos la fealdad! A ellos les importa la tierra, las yuntas y una perra sumisa que les dé de comer». La casa de Bernarda Alba, Federico García Lorca

La casa de Bernarda Alba es el lugar donde solo se dice lo que también se calla, donde viven las cinco hijas de esta viuda que decide encerrarlas en su luto de ocho años, en un pueblo andaluz bien conocido por Lorca, en una tierra presa de oscuros secretos y grandes tragedias femeninas. La blanca casa de Bernarda Alba se va tornando oscura y aciaga a medida que la luz y la libertad se quedan fuera de las celosías y la alegría de la juventud se cuelga en feos armarios.

Estamos en la España de principios de siglo XX, cuando las mujeres no teníamos permiso ni para casarnos con quien quisiéramos, ni libertad para disponer de nuestros bienes y dinero, donde no se podía reír, cantar, salir sola, ser madre alegre y soltera …ni siquiera abandonar un luto impuesto por la gazmoñería de la época. Uno, que con mala suerte podría encadenarte de por años, si la muerte y la familia así lo decidía.

Bernarda Alba es el prototipo de matriarca machista y cruel con su propio género, una figura que ha perdurado agazapada a lo largo de muchos años, debajo de los refajos de abuelas, madres y tías solteronas, a su vez castradas, solo felices atrapando como arpías negras a las pobres niñas entre sus garras, en su religión de dolor y sacrifico, sádicas hasta la inmolación. Bernarda Alba, la osa blanca, «Tirana de todos los que la rodean. Es capaz de sentarse encima de tu corazón y ver cómo te mueres durante un año sin que se le cierre esa sonrisa fría que lleva en su maldita cara»… ¿No te suena?

Pues estate atenta, mujer, porque siento que han vuelto con fuerza esas Bernardas que chillan y blanden el bastón de la perdición en televisiones y redes sociales, en la política, en las esquinas, enarbolando el coronavirus como arma letal para devolver al redil a las mujeres emancipadas, libres, sin reducto ni dueño, al grito de ¡Santiago y cierra España! en lucha contra las Adelas de hoy, que no quieren responder con la soga sobre su cuello. Sí, la enfermedad vuelve a pedir víctimas y mártires y algunos siguen creyendo en el derecho de pernada, todo mucho más fácil en el encierro y el miedo impuesto por el virus, la llave con cerrojo echada, más negro y tan aisladas que hasta las muertas callan.

Espero que abramos los ojos y nos sacudamos el sudario, que nosotras seamos las últimas hijas de Bernarda, y que nuestras hijas, y las de nuestras hijas, abran los ojos de asombro al leer esto como una mala fantasía inexistente, sentadas bajo la luz de su albedrío, al aire libre y a plena luz del día, con voluntad recia, firmemente envueltas en la sábana de la libertad naturalmente llevada por bandera. Que nadie, y menos otra mujer, te encierre en vida, ni te imponga con sus manos dolor por el mero hecho de haber nacido hembra.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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