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Moby Dick y el capitán Ahab en aguas del coronavirus


Cuadro del siglo XIX que muestra la caza de cachalotes | Museo Peabody Essex Cuadro del siglo XIX que muestra la caza de cachalotes | Museo Peabody Essex

«El viejo está empeñado en perseguir a esa ballena blanca, y este diablo trata de enredarle y hacer que le dé a cambio su reloj de plata, o su alma, o algo parecido, y entonces él le entregará a Moby Dick»

Moby Dick, Herman Melville

Este es el relato de odio-obsesión del capitán Ahab tripulando el barco ballenero más multirracial de la historia en busca y captura del cachalote albino también más famoso allende los mares: Moby Dick. Esta novela publicada en 1851, obra maestra de la literatura universal y fruto de las experiencias marinas y los conocimientos humanos y bíblicos de su autor, dará paso a numerosas adaptaciones cinematográficas y literarias; e incluso inspirará al sobrino bisnieto de Herman Melville, que hará buena música bajo en nombre artístico de Moby.

Moby Dick no es un mero cuento de aventuras de viejos lobos de mar basado en hechos reales, por eso no se entendió ni tuvo gran éxito en su época, es la historia universal de la lucha frente a los elementos, entre el hombre y la mar, entre el bien y el mal con todos sus matices. Es David contra Goliat, y ninguno de los dos es bueno ni sabio, pero sí voluntariosamente rencorosos, y por eso Melville disgrega, elucubra, explica y describe hasta la extenuación, porque tampoco se fía de nuestra capacidad como observadores legos para entender este peliagudo asunto. Es cuestión de dominio y voluntad, de memoria y perseverancia. Se trata de vencer sin importar lo que cueste. Y esto me recuerda, indefectiblemente, a los que salen en la caja tonta dándonos por saco con explicaciones variadas, contradictorias, cambiantes, persecutorias, incitadoras al odio, variopintas y obsesivas sobre el gran Leviatán (uno de sus nombres es coronavirus), todo esto a bordo de un variopinto barco de marinos más o menos experimentados dispuestos a hacerse con una nave que no saben pilotar en apenas unos días. Parece ser que han copiado los capítulos más farragosos del libro para aturdirnos con golpes de ballenato, dejarnos atontados y sin capacidad de habla, y sacarnos de nuestro elemento antes de que podamos poner pies en polvorosa y navegar a tierra firme. Y es que estamos ya un pelín cansados de navegar a la deriva en busca de algo gordo, grande, blanco y lleno de cicatrices que al final nunca se avista de verdad, con la única certeza de que, a la postre, hemos delegado nuestras decisiones y voluntades en locos capitanes de un barco que hace aguas por todas partes, y que nos estamos olvidando de que somos (¡como las ballenas!) criaturas sociales con vínculos, afectos estables y memoria. Por eso es importante recordar lo que se dice en la novela: que no es Moby Dick quien está buscando al capitán, sino que es él quien le persigue.

En verdad, esta es la novela de y para todos los que tienen algo de buscavidas, de aventureros a la caza de lo que no existe pero que habita dentro de sus propios anhelos, de ir hacia lo que «No está en ningún mapa. Los lugares verdaderos nunca lo están» ̶ qué grande es Melville.

Es para todos aquellos que saben que la saña no es buena, y por eso terminarán dibujando la auténtica carta de navegación en sus pieles y arrugas.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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