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EL PERIÓDICO
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Día del Libro: los robadores de libros


Hoy quisiera evocar un recuerdo que en realidad, no es tan recuerdo porque me ha sucedido como en los sueños, que se repiten convirtiéndose en pesadilla de la que no te puedes libra. A colación del día del libro que celebramos hoy mismo, tuvimos –sigo con mis peripecias madrileñas- una presentación de la retahíla de Isidora Ediciones en el Círculo de Lectores de Madrid.

Yo estaba ahí como suelo estar: un estar pero que me hago la invisible y practico lo del mutismo selectivo de los niños, es decir, que hablo poco y estoy como de soslayo. Estando cual gerundio ahí, y poco antes de empezar el acto vinieron tres hombres muy bien vestidos a pedirme que les regalase libros. Así “by the face” ¡Ostrasss Pedrín! Me dije a mi misma y a continuación hablé:

-Bueno...claro que sí, con mucho gusto, ¡ejem! (tosecilla seca) sí, sí, claro, ya veremos al final, pero al menos se quedarán al acto ¿no?. No se quedaron.

Comenzamos el acto tras un breve preludio violinístico, como suele ser habitual cuando presentamos cual unión amorosa a un libro con su público. Como digo, la mesa con la marabunta allí mismo, varios ponentes con ganas. Tengo que decir que estas aglomeraciones en las mesas de presentación me suelen hacer mucha gracia, porque es como ir de excursión, ¡mazo peña! Siempre hay suspense, nunca sabes cuánto tiempo va a intervenir cada uno y lo mismo te dan las tres de la madrugada, entonando aquello de: ..y estamos tan agustito…

Lo más surrealista fue cuando tuve que contemplar a una señora desde la gloriosa mesa, que sentada justo detrás de mi difunta y queridísima colega francesa Claire Nicolle Robin, sacó de su bolso un bote de crema y se puso a untarse tranquilamente el susodicho ungüento por toda su faz. Le faltó –en mi opinión-ponerse una mascarilla o depilarse a la cera el bigote con tirón y grito incluido. Claro al estar en la mesa lo ves todo, pero todo.

La susodicha al final del acto, robó libros, algunos de ellos la verdad me salieron muy caros. Quiero decir que los editores a veces tenemos libros de ediciones que han sido muy numerosas (tiradas de 5.000) y nos sobran o que tienen algún invisible -para la mayoría pequeñísimo defecto- que podemos regalar. Es cierto que hay otros libros que si se regalan –en este caso mucho peor al ser robados- son pérdidas de veinte euros por libro, en mi caso. Digo peor, porque encima ni te das el gusto de quedar bien con alguien, o de recompensarle por algo, o simplemente porque yo soy imbécil y me gusta regalar, punto. ¿Cómo se los llevaría la tía que nadie se dio cuenta? Llevaría corifeos, ¡qué se yo! Ya hablé otro día de que paso de regalar ná más, que luego ni te hacen una triste reseña. Las presentaciones de libros son graciosas, todo hay que decirlo. Cada vez son menos, porque se ha impuesto el tema comercial y ya me van decepcionando, como todo en la vida.

Si alguien tiene interés, puedo explicar estas diferencias en las ediciones, impresiones (tradicional, impresión digital, tiradas minor, tiradas múltiple etc) para otro artículo y cómo uno se complica la vida en estas cosas que creo son genéticas o por vicio –se diría- pues el hacer y escribir libros es como una enfermedad, uno acaba más pallá que pacá. Sigo.

No me apercibí del tema, -digo la del robo de la “mamerta”- a pesar de que esto me ha sucedido en muchas ocasiones, de hecho, durante el último Congreso de Galdós en Las Palmas, también fueron robados de la mesa de Isidora Ediciones una docena de libros, de los caros. ¡Jopetas! Por qué no van a Planeta a robar, ¡rediós!

De seguir así, cierro el chiringuito que camino va, y tendremos que contratar en lugar de músicos, y ponentes y escritores, una legión de policías secretas. Es triste y muy poco solidario, aunque entre nos, tengo que decir que si alguno de esos ladrones de verdad no tiene dinero, en realidad, lo comprendo y doy por bien servida la cosa del robo, porque son caros, todos los libros en general son muy caros y lo dice una editora.

Eso sí, estos “mangantes”, al menos, se podían pagar unas cañas o algún abrazo extra cuando manguen algo. Yo, cuando tengo que poner el precio para el ISBN de un nuevo libro me lo pienso mucho, tanto, que siempre me pillo los dedos, luego entre las comisiones de unos y de otros no me queda ni para pipas. Yo lo haría a la cubana pero superándoles, claro: ediciones y libros buenos –de buena presencia- para los locos del tocho y que cuesten relativamente poco al personal. Si te lees cuatro libros al mes, te regalamos otros dos. Un lector que lea un texto por semana a veintidós euros cada libro, pues es un presupuesto. Un lector medio, puede leer seis libros o siete al mes. ¡Una pasta! Las novedades recientes no están asequibles en las Bibliotecas. De modo que a pesar de ser una servidora enormemente perjudicada cada vez que pongo una mesa con los libros de mi editorial, casi que lo comprendo perfectamente porque me pongo muy contenta cuando me regalan uno –aunque lo haya escrito yo misma para otra editorial- y no lo tengo que comprar, -ratilla la chica-.

Me he hecho ver este tema, por si quedan dudas. Cuando entro a visitar a algún librero y me obsequia con algún tochillo, ¡me ha arreglado el día!. De la misma manera, compro muchos libros, algunos luego no me sirven, pero por pura honestidad y orgullo torero, no lo devuelvo, por eso también conservo esos amigos libreros, porque no tengo el morrazo de irme a sus librerías –lo podría hacer perfectamente- a leerme los índices y demás y trillar y trillando, para al final no comprarles na. Ahora he visto que Amazon es más bien un portal de bibliografía más que de otra cosa, he encontrado muchos libros míos que ni yo he autorizado. Me pregunto ¿venderán algo? Porque a mi, no me los piden. El remate es cuando haces un pedido y te pilla distraída y le das tres veces al pedido, como despistada porque en realidad te repatea comprar en esa plataforma. Ya me ha pasado por cuarta vez, por lo que tengo varios ejemplares del mismo libro. No es cosa de leerme varios ejemplares de lo mismo, mismo título…todo uno igual.

A ellos, a los libreros, también les roban y lo pasamos bomba hablando de lo que se vende y no se vende, de los buenos textos y de los malos...del perfil de robador, en fin, de los ladrones de libros poco se dice, algunos pasan los 70 años, que ¡manda huevos!, pero claro, uno no sabe las vueltas que da la vida y lo mismo me veo yo de anciana choriceando por ahí en presentaciones y congresos, libros por doquier y acabar presa en cualquier comisaría por choriza, ¡pues bueno!.

En una presentación de una colección de poesía en la que yo era una de las poetas (ya he dicho que me niego a decir poetisa porque me suena a pitonisa y no me da la gana) pues no sé qué pasaría pero cuando contaron las ventas y se vendieron bastantes, habían birlado como dieciséis ejemplares. Y los editores eran tres pollos, osea, que ni se dieron cuenta porque yo me hago la invisible, pero ellos estaban como muy ahí.

Ahora presentar libros, está reservado a los grandes de la cultura entre los que me incluyo naturalmente, junto a mis troncos ateneístas que son la bomba y no los para nadie. Ahí en el Ateneo, felizmente se siguen presentando libros, claro que sí, siempre, único lugar en el que sabes que no ganas un duro, pero la devoción y la honestidad te compensan grandemente. Esos sí que están zumbaos pero para bien. Esos, los ateneístas son lo que yo entiendo por la fuerza de la juventud.

Con el tiempo, espero que los que roban, se profesionalicen, y que no les vea yo, que es un palo identificar al robador porque casi siempre les pillo, y les dejo hacer, incapaz yo de decirle a nadie que no me robe libros. De momento he visto que los libreros son ya una generación a extinguir, pero mañana hablaré de esto. Saludos.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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