País de los viceversas
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Opinión
“País de los viceversas”: así bautizó Galdós la inversión moral de su tiempo. Al meritorio, desengaños; al que no, confites. La frase —tan breve, tan afilada— sirve hoy como llave para entender una sensación persistente: la de vivir en un tablero donde la fama pesa más que el oficio, el relato más que el resultado, la inercia más que la enmienda.
No faltan ejemplos. En la Administración se abre camino quien domina la coreografía de los pasillos antes que el lenguaje de los expedientes. En la empresa prospera el power-point que promete, no el prototipo que falla y aprende. En la cultura, el aplauso muta en argumento, y el algoritmo —impasible y pragmático— recompensa la magnitud del ruido, no la calidad del contenido. La política se acostumbra a legislar para el titular; el periodismo, a titular para el clip. La educación discute si exigir es elitista y si rebajar es inclusivo, hasta olvidar que sin expectativas claras no hay justicia que valga. Todo suena extraño y, sin embargo, familiar: los viceversas de Galdós con interfaz táctil.
No se trata de inventariar calamidades. Ni de repartir culpas en un concurso de moralinas. El viceversa no es una conspiración: es la suma de incentivos torcidos, de métricas cómodas y de hábitos que aplauden la apariencia. Por eso resiste. Porque funciona para demasiada gente… en el corto plazo.
Imaginemos, entonces, lo contrario. No un sermón, sino un día cualquiera en un país que decide enderezar su tablero.
Es lunes por la mañana en una oficina de contratación pública. Sobre la mesa, los expedientes llegan sin nombres ni sellos de prestigio: solo problemas y propuestas para resolverlos. Quien lee no sabe de qué consultora viene cada idea; sabe qué mide, qué cuesta, cuánto tarda, qué riesgo asume. La criba ya no premia el diseñador de dosieres sino al que se moja: prueba, métrica, calendario, plan de contingencia. Se publica el criterio y, más tarde, el resultado: por qué se eligió a X y no a Y, con qué indicadores y cuándo se revisará. La transparencia deja de ser exhibición para convertirse en trazabilidad. Nadie puede invocar “combinaciones” porque el procedimiento se defiende solo.
Al otro lado de la ciudad, una empresa repiensa sus objetivos. Descubre que pagaba la venta de hoy, aunque disparara la devolución de mañana. Decide retrasar el bonus: no se cobra hasta que el producto demuestre valor neto con el paso del tiempo. Los KPI aprenden modestia; miden lo que importa, no lo que luce. Se acaba el viceversa que premiaba el atajo. A los equipos les cuesta al principio; después respiran: hay menos teatro, más criterio.
En una universidad, los comités de evaluación se sientan con una consigna sencilla: contar menos, mirar más. Los artículos siguen pesando, pero no bastan. Se revisan redes de colaboración, réplicas, datos abiertos, transferencias que cambian prácticas fuera del campus. La docencia deja de ser el último apartado del informe y entra en la ecuación con evidencias de aprendizaje: rúbricas, progreso, mejoras. Se reconocen itinerarios distintos para perfiles distintos, sin abdicar de la exigencia. Lo que no pueda justificarse con pruebas, queda para la retórica.
Un instituto público de investigación firma un convenio de financiación estable a cinco años. No es un cheque en blanco: cada primavera un panel independiente examina objetivos, cambios, fracasos y giros. El fracaso, cuando se cuenta con honestidad y aprendizaje, deja de ser anatema. Se desactiva así el viceversa que castigaba al que se atrevía a explorar y premiaba al que repetía fórmula.
En un colegio de barrio, la conversación también cambia. A los estudiantes que van por delante se les ofrece profundidad; a los que van por detrás, tiempo y estructura. Subir el listón no significa dejar a nadie fuera: significa mover recursos al lugar exacto donde hacen falta. La exigencia se vuelve una forma de cuidado. Cuando llegan las evaluaciones, no se castiga la dificultad sino la improvisación. Se felicita menos el talento natural y más la perseverancia bien guiada. La palabra “mérito” recupera su significado: no un privilegio heredado, sino una obra que se construye.
Abrimos el móvil. Antes de compartir un titular furioso, la aplicación nos pide dos segundos: “Este enlace no lo has abierto. ¿Seguro que quieres difundirlo?” Si insistimos, aparece un segundo mensaje: “Otros artículos sobre lo mismo discrepan. ¿Quieres leer un resumen de los argumentos?” No hay censura, hay fricción: la mínima para que pensemos. Si el contenido es dudoso, se visualiza la incertidumbre; si es complejo, se alienta la réplica documentada. De pronto, el ingenio no basta: gana tracción el que llega con pruebas. La plaza pública, sin dejar de ser ruidosa, se vuelve un poco más habitable.
En un ministerio, un secretario general inaugura una pequeña revolución silenciosa: cada norma relevante llevará su evaluación ex ante —costo, beneficio, alternativas— y su evaluación ex post al cabo de dos años. No como trámite, sino como compromiso: si no cumple lo prometido, se enmienda o se deroga. El glamur del anuncio se retrasa; la foto se toma cuando hay dato. El equipo político sufre, pero entiende que gobernar no es escribir el primer capítulo, sino verificar cómo acaba el libro.
Domingo por la tarde. Un periodista revisa su pieza: elimina una frase brillante que no resiste la comprobación y añade un párrafo menos efectista, más cierto. La redacción entera liberó un día al mes para aprender a manejar datos y fuentes con rigor. El medio pierde algunos clics; gana credibilidad. En una legislatura, esa decisión vale más que cien portadas.
Quizá todo esto parezca menor. No lo es. Son los gestos que corrigen el viceversa —y casi ninguno necesita épica—. No hacen falta diez leyes nuevas ni esa pasión nacional por la reforma que cambia las palabras y preserva las cosas. Basta con alinear aplausos y consecuencias. Aplaudir tarde y con fundamento; sancionar con rapidez y sin espectáculo.
Que nadie se equivoque: el país no está hecho de villanos y genios; está hecho de zonas grises. Hay servidores públicos excelentes que sacan adelante expedientes imposibles; profesores que enseñan a pensar contra corriente; sanitarios que sostienen un sistema tensionado; periodistas que se resisten a la tentación del atajo. También hay inercias que los empujan en sentido contrario. El reto consiste en que las primeras dejen de ser heroicas y las segundas, cómodas.
¿Podemos abandonar el país de los viceversas? La respuesta depende menos de discursos y más de hábitos. Elegir, cuando se pueda, el procedimiento que iguala oportunidades; retrasar el premio hasta que exista el resultado; desconfiar de la brillantez sin contraste y de la estadística sin contexto; pedir cuentas a quien decide y, cuando decide bien, defenderlo. La ciudadanía también tiene una llave: valorar el trabajo que no se ve —mantenimiento, prevención, cuidado— y bajar el volumen del espectáculo que solo parcha.
Galdós lo entendió con lucidez: el daño del viceversa no es la frustración de un funcionario, sino la educación del niño que mira y aprende. Si el sistema enseña que da lo mismo hacerlo bien, el país se empequeñece un poco cada día. Si enseña lo contrario —que el mérito no es una pose, que la excelencia es porosa y rotatoria, que la equidad exige reglas claras—, el país se ensancha.
Nada de esto es romántico. Es, quizá, la prosa menos vistosa de la modernidad: medir, publicar, revisar; reconocer al que mejora; apartar, sin traumas, al que no. Y una conclusión sobria: no hay innovación que compense el deterioro de las reglas, ni relato que sustituya a un resultado. Cuando aceptemos eso —en la oficina, el plató, el aula, la ventanilla— habremos girado el tablero un par de grados. Con muchos grados, cambia el mapa.
Ese día, “País de los viceversas” volverá a ser una frase en una novela, no el título de nuestro presente. Y acaso sonría Galdós: no por nostalgia, sino por justicia.
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.
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