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De pecado a estrategia: la mentira y su absolución en la vida pública española


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

La mentira ha sido objeto de reflexión moral, filosófica y teológica desde la Antigüedad. Decir la verdad o falsearla con intención de engañar no es un acto neutro: tiene implicaciones éticas profundas, ha sido condenada o matizada por filósofos y teólogos, y en las sociedades democráticas modernas constituye el eje invisible de la confianza pública.

En la España contemporánea, el debate sobre la mentira ha cobrado una inquietante relevancia: políticos y comunicadores han llegado a afirmar públicamente que “mentir no es delito”, como si la ausencia de castigo penal implicara inocencia moral. Esta columna repasa cómo los grandes pensadores —de Platón a Nietzsche, de San Agustín a Santo Tomás— han concebido la mentira, y contrasta esas visiones con la cultura política actual, en la que la falsedad se banaliza como herramienta de poder. El propósito es reflexionar sobre las consecuencias éticas y democráticas de esa trivialización.

En La República, Platón introdujo la idea de la “mentira noble”, una falsedad utilitaria que los gobernantes filósofos podrían emplear para mantener la cohesión social. Bajo su visión paternalista, engañar en ciertos asuntos podía ser un mal menor al servicio del orden y del bien común. Aunque su intención era preservar la armonía, Platón dejó abierta una peligrosa conexión entre poder y engaño que recorrería toda la historia política occidental. Para Immanuel Kant, la veracidad es un deber absoluto, sin excepciones. Mentir —incluso para salvar una vida— destruye el fundamento moral de la comunicación y convierte al otro en un medio, no en un fin. El filósofo prusiano sostenía que una sociedad donde todos mintieran sería imposible, porque el lenguaje perdería su sentido. La verdad, para Kant, no es una opción ética entre otras: es la condición de posibilidad de toda moralidad.

Friedrich Nietzsche rompió con esa tradición. En su ensayo Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, afirmó que lo que llamamos “verdad” son en realidad ficciones útiles, metáforas que la sociedad acepta y olvida que son invenciones. “Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son”, escribió. No defendía la mentira deliberada, pero sí desvelaba que el pensamiento humano vive rodeado de convenciones. Desde su perspectiva, la frontera entre verdad y falsedad es más frágil de lo que creemos: toda cultura se sostiene sobre relatos compartidos, no sobre certezas absolutas.

La visión teológica: San Agustín y Santo Tomás contra la mentira

En la tradición cristiana, la mentira es un pecado porque quiebra la confianza entre las almas y contradice la verdad de Dios.

San Agustín de Hipona condenó cualquier forma de falsedad, definiéndola como “decir intencionalmente algo contrario a lo que se piensa”. Ni siquiera una buena causa —decía— puede justificar el engaño, pues mentir corrompe el alma y ofende a la Verdad divina. La mentira no solo daña al prójimo: rompe la relación entre el ser humano y Dios, que es verdad suprema. De otro lado, Santo Tomás de Aquino, más matizado, distinguió tres tipos de mentiras: las jocosas (por juego), las oficiosas (piadosas o por conveniencia) y las maliciosas (dañosas). Todas son moralmente incorrectas, aunque no con igual gravedad. Incluso la mentira “blanca”, advertía, altera el orden natural de la veracidad. Para Tomás, decir la verdad no era una mera formalidad moral, sino una virtud estructural de la justicia y la caridad.

Así, tanto Agustín como Tomás sostienen que el hombre veraz se ordena hacia Dios, y el mentiroso se separa de Él. En la teología cristiana, la mentira no es un desliz verbal: es una herida espiritual.

La mentira en la cultura política y mediática de la España actual

El contraste entre esos fundamentos éticos y la realidad política española no puede ser mayor. Vivimos en la era de la posverdad, donde la mentira ya no se oculta: se utiliza abiertamente para moldear percepciones. Hannah Arendt lo advirtió hace décadas: cuando los hechos son sustituidos por relatos, la mentira se convierte en herramienta de poder.

España ofrece ejemplos de manual. La manipulación informativa tras el 11-M, la minimización del desastre del Prestige o las falsedades del caso Yak-42 marcaron un precedente: la mentira institucional se volvió práctica corriente. Pero el fenómeno ha alcanzado un nuevo nivel con la afirmación, repetida sin rubor desde cargos públicos, de que mentir no es delito.

El caso más reciente lo ha protagonizado Miguel Ángel Rodríguez, jefe de gabinete de la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso, quien ha admitido haber difundido un bulo sobre la Fiscalía. En lugar de condenar la falsedad, varios portavoces políticos minimizaron el hecho repitiendo que “mentir no es ilegal”. Desde un punto de vista penal puede ser cierto, pero éticamente es devastador: convierte la mentira en recurso legítimo de la estrategia política.

Esa lógica —“si no es delito, no importa”— erosiona la frontera entre lo moral y lo legal. La política, reducida a espectáculo, deja de buscar la verdad para limitarse a imponer narrativas. Peor aún, ciertos medios amplifican esas falsedades sin contrastarlas, contribuyendo a la confusión general. La prensa, que debería fiscalizar el poder, a menudo se convierte en su altavoz. La mentira circula como moneda corriente, premiada por la inmediatez y la polarización.

El resultado es un deterioro cultural que desactiva la responsabilidad ética: la veracidad deja de ser virtud pública y se convierte en obstáculo comunicativo. La mentira, antaño pecado o vicio, se normaliza como técnica de marketing político.

Ética, verdad y democracia

La trivialización de la mentira en España es el síntoma visible de una crisis moral más profunda. Cuando los líderes admiten que pueden mentir mientras no infrinjan la ley, se diluye la diferencia entre la legalidad y la decencia. Lo que no es delito puede seguir siendo intolerable, y la mentira —aunque no castigada— socava el contrato moral que sostiene la democracia.

La confianza ciudadana depende de la palabra dada. Si el discurso público se basa en ficciones interesadas, la ciudadanía acaba desorientada y descreída. El espacio común se fractura: los hechos se disuelven en opiniones y la política se convierte en una guerra de relatos. En ese clima, la verdad deja de importar y el poder se mide por la eficacia del engaño.

Frente a esa deriva, la filosofía y la teología nos recuerdan una lección elemental: sin verdad no hay comunidad posible. La mentira destruye el lenguaje común, envenena la confianza y, al final, anula la libertad.

Recuperar la cultura de la veracidad no es cuestión de moralismo antiguo, sino de supervivencia democrática. Los filósofos y santos que condenaban la mentira no hablaban solo de salvación individual, sino de preservar el tejido de la convivencia. En una sociedad saturada de bulos y eufemismos, decir la verdad vuelve a ser un acto de valentía.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.


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