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Ensayo sobre la ceguera y el coronavirus


«Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven»

Ensayo sobre la ceguera, 1995, José Saramago

La novela trata acerca de una inexplicable pandemia que se inicia a partir de un hombre que se queda ciego en un semáforo de la calle de buenas a primeras, y esta contagiosa ceguera blanca se extiende de manera fulminante a todos, amenazando la supervivencia de la humanidad. El relato se centra en unos pocos personajes anónimos (pero arquetípicos) a los que guía una mujer (la del médico) que milagrosamente parece inmune a la pandemia.

Es un ensayo sobre la caída en picado y las locuras de las que somos capaces por sobrevivir, contado a través de un necesario narrador omnisciente con voz y ojos para describir el caos y el orden del que carecen las medidas con las que el Gobierno pretende mantener el control y atajar el caos. La autoridad, armada, abusa y castiga. El control por el miedo. Es un ensayo porque analiza con voluntad estética un tema, porque incluye reflexiones y argumentos sobre la responsabilidad de vivir la vida en un presente en el que nada está garantizado, de despertar de nuestra ceguera, de lo que cuesta ser los ojos de los que los perdieron, de ponernos en su lugar y enfrentarnos a las cosas como si fuéramos el único ser que puede guiar al resto. «Si puedes mirar, ve. Si puedes ver, repara». Sobre todo esto último.

En el libro, el mundo entero ha perdido la vista. Y el civismo. Demasiado parecido a nuestro mundo actual, en el que vivimos entre nieblas de una toxicidad compleja porque son invisibles a la vista pero que, paradigmáticamente, crean las cataratas que nos ciegan.

Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia. Y mucho menos con lo que respecta a la primera y segunda parte del libro y nuestro encierro y el coronavirus. El mundo está dirigido por ciegos que chocan sus palos.

En esta histeria colectiva de la era COVID-19, incluso yo ya he empezado a ver masas de moscas volantes preludio de lo que pasará: que ahora «Iré viendo menos cada vez, y aunque no pierda la vista me volveré más ciega cada día, porque no tendré quien me vea».

Y no puedo dejar de pensar en la protagonista a la que le ha caído una responsabilidad enorme e impuesta, solo porque no está ciega, y que sigue hacia delante para intentar averiguar qué es lo que está pasando, deseando poder quitarse ese miedo y esa enorme y pesada mochila de su espalda.

Quizá sea el propio miedo a la ceguera su causa, y el ser humano su propio enemigo, y todo se disolverá como si nada y olvidaremos como siempre hacemos. Pero cuando todos se hayan recuperado de la ceguera yo seguiré pensando que, como a la mujer del médico, ahora me toca a mí verlo todo blanco.

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