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La metamorfosis o la transformación kafkiana del coronavirus


«Empieza a ser ya quien eres en vez de calcular quién serás»

La metamorfosis, 1915, Franz Kafka

Siento cierta cercanía con el pobre y asombrado Gregorio Samsa, el anodino protagonista de este relato genial que con su sueldo de comerciante mantiene a su familia, hasta que un buen día se despierta convertido en un gran insecto y as es como, al igual que él, de pronto, sin más, nos transformamos nosotros un siglo después, viéndonos invadidos por la incomprensión ante la transformación que todos hemos sufrido y muchos no han asimilado, por el egoísmo, la indiferencia, el rechazo, la soledad e incluso la desunión y el odio que hemos visto reflejados en los demás, una gran familia Samsa a escala mundial.

Un buen día, la realidad cambió, amanecimos metamorfoseados después de un mal sueño en el que todo se gestó y, como Gregorio, nos despertamos siendo otros. Pronto nos rodeó el aislamiento y la incomunicación, se modificaron nuestras costumbres, esas que aun cuando no nos gustaran y reflejaran la misma vida anodina del protagonista eran las nuestras, las que conformaban nuestro día a día. Pronto nuestros pensamientos se volvieron circulares y con el paso del tiempo más básicos y primarios, a la vez que nuestro cerebro reptiliano se hacía cada vez más protuberante. Y así, nuestras preocupaciones cambiaron y se centraron en seguir procurándonos la subsistencia, buscando una rutina lo más normal posible. Y pasaron los días, las semanas y los meses y la metamorfosis siguió en nosotros. Algunos se convertirían en mariposas, otros, la mayoría, en polillas.

La mutación se completa, pues ya no solo se da en cada uno de nosotros, sino también en nuestro entorno. Nos vemos y sabemos rechazados, posibles focos de infecciones, pobres y feos insectos covidianos, monstruos que no entienden nada. La incomprensión nos rodea, la información nos apabulla y despista.

Mientras, nuestras costumbres se van embruteciendo cada vez más y todo se reduce al modo sobrevivir… y así es como empezó nuestra metamorfosis real: la mental. No solo nos comportábamos como bichos, sino que comenzamos a pensar como ellos. Y como pequeños monstruos se nos trata y como tales debemos mantenernos en nuestra guarida, pues cualquier intento de escape será atajado sin contemplaciones; si no lo hace el Estado que tanto vela por ti serán tus vecinos los que alcen el dedo acusador. No es extraño que estemos pasando por un proceso que se conoce como kafkiano.

La relación entre La metamorfosis, la vida de su autor y la nuestra propia es palpablemente parecida. Para Kafka «La metamorfosis no es una confesión, aunque sea, en cierto sentido, una indiscreción», para nosotros, en nuestro mundo de escaparate virtual, de igual lo que confieses: es esta indiscreción la que será nuestra perdición.

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