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Camino de perfección para afrontar el virus


«Nunca penséis ha de estar secreto el mal o el bien que hiciereis, por encerradas que estéis. ¿Y pensáis que, aunque vos, hija, no os disculpéis, ha de faltar quien torne de vos?» Camino de perfección, Santa Teresa de Jesús

Mujer entre mujeres en una época en la que solo la singularidad hacía visible su género y la sororidad de la comunidad ofrecía abrigo. A esta santa le pasó de todo. Desde estar catatónica tres días y volver a respirar, pasar toda su vida presa de enfermedades, hasta ser una trotamundos incansable, ávida lectora y ser mujer tan, tan sensata, que cuando sus monjas creían levitar les mandaba comer carne y no ayunar, y funcionaba… hasta que ella misma, en 1560, transverberó. Entró en éxtasis y su iluminismo traspasó siglos y fronteras, aunque más viajera resultó su mano incorrupta ̶ que como todo su cuerpo olía a flores después de muerta ̶ la cual, tras numerosos periplos, acabaría siendo regalada a Francisco Franco, aunque a él no le temblara tanto la suya a la hora de firmar sentencias, y a pesar de no ser la única parte del cuerpo incorrupto que terminó adornando conventos e iglesias católicas. Pero también se conservan la pandereta y el tambor con el que esta doctora de la Iglesia daba vida a las tardes del convento, sabedora que en los largos encierros sin alegría el alma se marchita. Tantas como pasamos nosotros.

Camino de perfección se escribe entre 1564 y 1567, como «Avisos de la Madre Teresa de Jesús para sus monjas, con todos los enunciados en femenino», (ya apuntaba maneras) fruto de la determinación inquebrantable de esta monja castellana dura como su tierra y la mía. Santa Teresa escribe desde su encierro carmelito buscado, yo desde el mío impuesto, y aprovecha los resquicios del escaso tiempo libre que tiene como priora y andarina fundadora para cumplir con los mandatos de superiores y confesores y así, gracias a ello, nos han llegado sus palabras. También es una ferviente animadora del género femenino, sabedora de que «no tenemos letras las mujeres», al que no solo representa sino que anima en la vía mística e intelectual reservada por aquél entonces al género masculino. Franqueza y valentía de ánimo, esas son las dos columnas que sostienen la defensa de las suyas. El camino de perfección no es otro que cumplir con lo dispuesto cada cual según su nivel y acometerlo con entrega total. Tiene, como decía M. Pidal, un estilo literario de ermitaño, compartido por otro santo amigo suyo, afincado en tierras abulenses, San Pedro de Alcántara. Y ahí es donde radica su hermosura y su atemporalidad, pues las verdades pueden darse en un estilo fluido y espontáneo, no exento de técnica, cercano al pueblo, pero no vulgar. De lo cual podríamos aprender mucho a día de hoy, pues escribir como se habla no implica caer el vulgarismos, ni en retoricas del lenguaje, dado que ser espontáneo no está reñido con decir la verdad de manera estética, también a nivel formal, pero sí se aleja del discurso mañoso y engañoso de los poderosos, hoy más que nunca en esta era de pruebas para el alma.

Toda una delicia de lectura, alimento y bálsamo para el espíritu, que nos anima en estos raros tiempos covidianos en los que todo te turba y nada te calma.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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