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La cantante calva, sus problemas de comunicación y el coronavirus


«El bombero (se dirige hacia la salida y luego se detiene):

– A propósito, ¿y la cantante calva? Silencio general, incomodidad.

Sra. Smith: – Sigue peinándose de la misma manera»

La cantante calva, 1952, Eugéne Ionescu

Esta obra fue llevada al teatro dos antes de ser publicada. Había prisa por darle voz y poner en escena la falta de lógica y de actos…¿teatro del absurdo o absurdo del teatro? Aviso a navegantes: desde 1957, siete años después de su estreno, la obra sigue ininterrumpidamente en la cartelera del teatro parisino de la Huchette. Tiene pocos personajes y actúan de forma coral de contrapunto: ellos, caídos en la rutina, dejaron de darse cuenta del sinsentido de sus vidas, mientras que nosotros, cuando perdimos nuestra rutina, empezamos a ser consciente del absurdo de nuestra existencia. El que más me gusta es el bombero, triste por no encontrar fuegos que apagar, metáfora sutil de todos los focos inflamables e inflamados que tenemos en 2021.

La cantante calva es el fruto de la paradoja de la lengua rígida del aprendizaje de idiomas, con sus frases reiterativas, formales y didácticas de un mundo y unos personajes planos cargados de obviedades, de extrañas conversaciones que para el autor son «verdades fundamentales y constataciones profundas». Pero cuanto más se avanza en la lógica de la obviedad, más profundos y filosóficos se vuelven los axiomas más convencionales, más incómodos resultan los personajes y sus diálogos, pues más cajas tontas y pantallas de entretenimiento reproducen. La consigna parece ser no pensar o no dar tiempo para hacerlo, así que en un mundo transparente como el nuestro, abierto a la información, parece ser que lo mejor es, simplemente, saturarla. Es bien conocido que una mentira largo tiempo repetida termina convirtiéndose en una verdad, ya lo sabían los nazis, así que venga, vamos a imitar a estos personajes y a bombardear continuas frases, ideas y recelos a favor y en contra de la pandemia, para que en aguas revueltas ganen los pescadores de almas.

La tragedia de toda esta banalidad es que no transmite nada, que son frases lanzadas para rellenar el silencio, día tras día, hasta el agotamiento. Y lo absurdo es que a pesar de no tener nada que decirnos no permanecemos callados. Todo está hecho de palabras huecas, frases de manual que ya forman parte de nuestras ruidosas vidas. Somos como los personajes de Ionescu, expertos en decir mucho sobre nada.

Ahora nos encontramos en un permanente monólogo circular con eco a varias voces. Pero cuidado, el señor Smith, muy sabio, advierte: «Tomen un círculo, acarícienlo, y se hará un círculo vicioso».

Cuando las palabras salgan de ahí, también bajaremos el telón recomenzando la primera escena. La pregunta es ¿diremos exactamente lo mismo?

Solo se sabe que, por ahora, la cantante calva se sigue peinando igual.

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