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Vuelva usted mañana… o no, pobrecito hablador


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma o al informe, o a la aprobación, o al despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decía: “A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado”»

Vuelva usted mañana, 1833, Mariano José de Larra

Larra es un escritor culto y viajado, un político liberal que ahonda con intenciones didácticas en los males endémicos de su época, y sobre, todo, en la gestión pública (algo que debe ser muy universal, si recordamos a Dickens o Kafka, por poner dos ejemplos), pero también es un romántico en la correcta acepción del término: un pensador pasional, sensible, angustiado, lúcido, con deseos reformistas y modernizadores para un mundo monótono y gris que le arrastrará como rueda de molino hacia la derrota moral y la muerte.

Es lo que debió ver y pensar un Larra hundido, solo, censurado por su propio periódico y con la apabullante sensación de que no cambiará la política ni la sociedad de un país que le dolía y cuya desidia detestaba. «Mi vida está condenada a querer decir lo que otros no quieren oír», comentaba. No se dio tiempo, decidió acabar con su vida a los 28 años. En el Romanticismo, los suicidios están a la orden del día: un tiro en la sien poniendo punto y final a la desesperación pasional e íntima, pero también generacional, de tantos intelectuales y jóvenes que podrían haber cambiado nuestro país.

El Larra periodista tiene una misión de compromiso con su generación, por eso no es el mismo que el poeta ni el escritor, por eso en sus artículos se sigue viendo la huella de su educación ilustrada y enciclopedista a la hora de reflejar lo que observa a su alrededor, con una intención más didáctica, combativa y reformista que sentimental, consciente de la necesidad de avance de una España envuelta en un profundo anacronismo histórico en el que majos y chulas son los héroes del momento ̶ antecesores directos de los de nuestra televisión, por cierto.

Por eso, este breve artículo es muy crítico: expone la desesperación del ciudadano ante un aparato burocrático llevado al extremo, obligado a recorrer vericuetos insondables de departamentos demasiado apegados a seguir haciendo, y no resolviendo, lo que por costumbre se vuelve ley; y todo por una perenne pereza, que es la causa de que nada cambie y uno de nuestros pecados capitales. El otro es la envidia.

Han pasado muchos años, pero parece que lo escribió ayer. Y estos tópicos de un país costumbrista y alérgico al progreso nos han perjudicado seriamente, sobre todo porque siguen estando plenamente de actualidad, y porque no nos quitamos de encima la sensación de ser el país de los toros, la fiesta y la siesta, por más que trabajemos, y lo hacemos, por sueldos de miseria y con escasas perspectivas de futuro.

Quizá sea esta una constante y por eso a nuestros intelectuales de ayer, hoy y siempre, les siga doliendo España.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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