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José Zahonero (1853-1931): cualificado discípulo de Emilio Zola, republicano, ateneísta y periodista


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

En el fondo nocturno como un astro apagado.

Hacia lo lejos, si, hacia el aire sin nombre.

Luis Cernuda

Desconocemos muchos aspectos de la segunda mitad del siglo XIX y del primer tercio del XX. Es un periodo complejo y de acusados contrastes. Estudiado de forma insuficiente. Pero no carece, en absoluto, de interés sociológico, literario y cultural.

Suele pasarse por alto, que fue uno de los principales cultivadores del naturalismo en nuestro país. Adoptó el ideario de Zola situándolo en las coordenadas españolas. Fue un hombre culto, pasó por las universidades de Valladolid y Granada donde realizó estudios de derecho y medicina.

Es sabido que la segunda mitad del XIX fue un periodo convulso y lleno de altibajos. José Zahonero, aunque al final de su vida modificó algunos de sus planteamientos, fue republicano y anticlerical. Había sobrados motivos para desconfiar de la monarquía de los Borbones y para denunciar los abusos, arbitrariedades y el control de las conciencias que llevaba a cabo la iglesia católica.

La España del caciquismo y de la ignorancia era, también, la del atraso, la que vivía encerrada en sí misma y la que no se incorporaba a las corrientes de pensamiento europeas.

El exilio es una experiencia amarga. Él lo eligió, tras la vergonzosa actuación del General Pavía, que acabaría, tras el breve paréntesis de la Monarquía Saboyana y de la I República, con la Restauración borbónica en la figura de Alfonso XII.

En su exilio francés, tuvo la oportunidad de conocer algunas de las novelas emblemáticas de Émile Zola. Le fascinó su figura y sus planteamientos sociales. Esto le llevó a escribir siguiendo las pautas del naturalismo. En esos años era un autor conocido y celebrado. Su firma era habitual en los periódicos y revistas de la época. A mediados de la década de los ochenta, publicó La Carnaza, su novela más conocida y exitosa, que le permitió inaugurar una sólida carrera como escritor.

No fueron años fáciles. Las ideas liberales y democráticas no lograban arraigar con fuerza. Una vez más, se demostraba que no hay democracia sin demos y de ‘demos’, precisamente, no andábamos sobrados. El país aunque experimentó algunos cambios, más superficiales que de fondo, tenía más de autocracia que de otra cosa. Los males, no solo políticos sino morales que veníamos arrastrando eran difíciles de erradicar, especialmente en las zonas rurales. Una dejadez y falta de pulso ostensibles, postponía las reformas necesarias, una y otra y otra vez.

Culturalmente, los esfuerzos de modernización chocaban contra el muro de la intolerancia, poniendo de manifiesto que las iniciativas más audaces eran literalmente fagocitadas por un tradicionalismo inmovilista.

El Ateneo de Madrid constituía una excepción. Allí se debatía, se contrastaban ideas y proyectos y exponían sus puntos de vista los principales pensadores, políticos y científicos.

Durante años participó activamente en los actos del Ateneo. Dio conferencias y tuvo la oportunidad de relacionarse y de establecer vínculos de amistad con literatos influyentes. Citaré solo dos: Eduardo López Bago y, sobre todo, Benito Pérez Galdós.

Perteneció a un círculo naturalista que gozó de predicamento y tuvo influjo, pese a que era un tanto heterodoxo y ‘sui generis’ al que, también, estaban vinculados Alejandro Sawa (que sirvió de referencia a Valle Inclán para el Max Estrella de Luces de Bohemia). De hecho, suyas son las publicaciones que llevan, por primera vez, el apelativo naturalista en nuestro país, como seña de identidad y como bandera. Rara vez se repara en ello, mas no deja de tener su importancia.

El itinerario vital de Zahonero es un tanto zigzagueante y errático, mas su estilo está dotado de una fuerza notable y sus descripciones tienen no poco de la crudeza y de las características, que según Zola, debía contener el estilo naturalista. Admiraba profundamente a Galdós y la influencia de don Benito, también puede advertirse, en no pocas de sus páginas.

Hoy, prácticamente nadie se acuerda de él. Puede decirse que fue un relámpago pasajero. Para conocer con propiedad un periodo, conviene aproximarse a quienes disfrutaron de éxito y de reconocimiento, aunque después se haya perdido su rastro en los vericuetos del camino.

Quizás sea cierto que los periodos obscuros acaban por convertir a muchos políticos, escritores e intelectuales en personas desprovistas de luz propia. Sus cambios de rumbo ideológicos, es probable que también, tuvieran algo que ver con esto.

Me parece interesante destacar que era un buen polemista y que no tenía ningún miedo a bajar a la arena, abrir polémicas o intervenir en las ya existentes. En fecha tan temprana como 1880, publicó un artículo con el título de Emilio Zola, en el periódico La Unión y al año siguiente otro con el de Nana de inequívocas resonancias zolescas. Defendió, con toda nitidez, la visión social del novelista francés. No me resisto a comentar que el propio Zola lo felicitó en una carta de la que dio cumplida cuenta el periódico El Imparcial. Hay más, entre 1881 y 1882 tuvo una participación destacada en los debates sobre naturalismo que tuvieron lugar en el Ateneo de Madrid, en los que sin ir más lejos, intervino también entre otros, Leopoldo Alas ‘Clarín’.

Debe añadirse que junto a estas características también, son una constante el anticlericalismo y la crítica al fanatismo religioso que impide y yugula los intentos de apertura.

El lector no debe pasar por alto que denuncia abiertamente, la situación de postración de la mujer en la sociedad de su tiempo, señalando además que la falta de preparación y de educación son las que le impiden, junto a los prejuicios del patriarcalismo, liberarse y ser ella misma, pasando a ocupar una función social más activa. Aparecen, asimismo, temas escabrosos, rechazados por el puritanismo reaccionario, como es el caso del aborto.

Su novela más representativa es La Carnaza. Me parecen, asimismo muy interesantes, El polvo del camino y Las estatuas vivas, mi mujer y el cura. Alcanzaron un merecido reconocimiento sus cuentos vivos, audaces, desgarrados y amenos.

La prosa de José Zahonero está repleta de heridas abiertas, mal cicatrizadas. Su brújula no se detiene ante lo escabroso, sus textos, a la vista está, no son amables sino a menudo, asfixiantes y donde el cielo plomizo que presagia negros nubarrones se hace patente y anuncia nuevas tragedias.

El suyo es un mundo de perfiles lúgubres, borrosos, marginales, que muestran una realidad social lacerante. Las flores de la añoranza y cualquier otra ostentación lírica están prácticamente, ausentes. El leitmotiv de sus narraciones, casi siempre, focalizan las injusticias sociales. Encara la realidad, convencido de que el pensamiento y la literatura pueden y deben denunciar, sin concesiones, la parte obscura de la existencia.

En las páginas de José Zahonero puede advertirse que es un observador sagaz de la realidad madrileña de su tiempo. Da la impresión de que los dioses tutelares de la España caduca, han perdido seguridad en sí mismos y corren a refugiarse en los trasnochados dictámenes de una España anclada, que mira al pasado.

Por otra parte, los rígidos controles establecidos comienzan a resquebrajarse y aparecen voces potentes, sedientas de justicia social. El pulso entre las dos Españas cobra de nuevo vigencia, el ambiente sigue siendo ‘tóxico’ y los retrocesos quieren impedir, a toda costa, que puedan manifestarse los aires renovadores. Hay una actitud manifiestamente rencorosa y hostil contra lo que viene de fuera, contra lo europeo.

Lo suelen pagar muy caro, aquellos que se atreven a desafiar lo establecido. La corrupción está presente tanto en cuarteles, instituciones religiosas, vida política como en las incipientes empresas económicas que empiezan a aflorar, si bien tímidamente. Tanto es así, que puede hablarse con propiedad, de cleptocracia. La propia Casa Real no está exenta de estos males.

El camino está repleto de escollos. El peso muerto de los rituales ancestrales, tampoco es fácil de superar. Mientras… el olor a sangre y a arena sigue presidiendo el ruedo ibérico. El país no reacciona y lo anacrónico sigue firmemente anclado. Como tantas otras veces, no faltan quienes preconizan que es necesaria ‘una mano dura’ para meter en cintura a los díscolos y abortar los deseos de cambio.

Zahonero fue, también, un crítico literario valiente. Para él la crítica literaria ha de ser un ejercicio de libertad, sin sujetarse a imposiciones morales, que en nombre de preceptos divinos, impiden que se ensayen las ideas y costumbres liberadoras de la modernidad. Me parece oportuno indicar que considera al naturalismo como un movimiento que revela y pone de manifiesto las contradicciones y desajustes de una sociedad injusta y represiva.

Posteriormente, su visión del mundo sufrió intensas modificaciones, pasando a adoptar una actitud conservadora. Mas hoy, he querido centrarme en sus vivencias y andanzas hasta finales del siglo XIX.

En numerosas ocasiones muestra una inequívoca simpatía por las creaciones literarias, veraces y fustigadoras de la hipocresía e intolerancia de Pérez Galdós. Se define -y tiene su importancia- como ‘compañero de viaje’ de ‘Clarín’ y de Emilia Pardo Bazán. Estas afinidades electivas, como formuló Goethe, constituyen por sí mismas, toda una declaración de principios.

Lo hemos señalado con anterioridad, mas conviene remarcarlo. Adquirió fama de polemista hábil. Sus dardos dialécticos hacían mella en sus adversarios, tanto en los foros y tertulias en los que participaba, como en los periódicos y revistas en los que escribía asiduamente. Gozaron de cierto predicamento, los cruces dialécticos que tuvo con Canalejas con motivo de la celebración del Congreso Literario de Madrid, sin ir más lejos.

En diversos estudios sobre esos años, se recuerdan -si bien episódicamente- sus colaboraciones periodísticas, especialmente en Blanco y Negro, El Heraldo de Madrid y otros medios de comunicación.

Es patente –y, por eso, agradezco a la revista digital El Obrero la publicación de este breve ensayo- que necesitamos dar vida y aliento a situaciones y personajes que gozaron en el pasado de predicamento, con una mirada de nuestro presente. Esto nos permitirá analizar que, dialécticamente hay una flecha de doble dirección que entrelaza el pasado con el presente. No nos entenderemos a nosotros mismos sino analizamos las formas de vida, las costumbres, los hábitos intelectuales y preocupaciones existenciales de quienes nos han precedido.

Quizás, en la conmemoración de los Centenarios de los fallecimientos de Benito Pérez Galdós y de Emilia Pardo Bazán, nos haya faltado profundizar en las relaciones de amistad y camaradería, más también, en los enfrentamientos que mantuvieron con destacadas figuras de su tiempo, que hoy están prácticamente olvidadas.

Tal vez en una futura entrega, me decida a abordar las relaciones de Galdós con sus coetáneos y más específicamente los debates y controversias intelectuales –por ejemplo, la del naturalismo- que tuvieron lugar en el Ateneo de Madrid y que son de un inequívoco interés.

 

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.

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