Razones para rendir un tributo de admiración a José María Jover (1920-2006)
- Escrito por Antonio Chazarra Montiel
- Publicado en Historalia
La historia es cuestión de supervivencia. Si
no tuviéramos pasado, estaríamos
desprovistos de la impresión que define a
nuestro ser.
Robert Burns
Por unas razones o por otras, los españoles vivimos de espaldas a la Historia. Naturalmente, esto nos ha traído múltiples desgracias. En no pocas ocasiones se ha sustituido el conocimiento de la historia por la propaganda, una visión teológica o los prejuicios de las distintas corrientes ideológicas imperantes.
Una generalizada –y a menudo incentivada- desmemoria, ha provocado que los ciudadanos –antes súbditos- no sientan la menor preocupación por la historia de nuestro país y, por tanto, ese vacío, aún hoy, explica no pocas conductas irracionales que soportamos a diario. José María Jover, por el contrario, estuvo en todo momento muy atento a las pistas indiciarias, para interpretar correctamente los hechos. La historiografía para él era un laboratorio donde se analizaban con detenimiento los hechos. Sus textos son vivos y frescos y contienen no pocos elementos de Filosofía de la Historia. Cuando los sistemas democráticos están amenazados sus procedimientos intelectuales cobran un nuevo valor.
La obra de José María Jover es deslumbrante. Quizás, porque fue uno de los grandes renovadores de la historiografía de la España contemporánea. Su pensamiento crítico es propio de los espíritus libres. Estuvo dotado de una fina ironía y comprometido con los valores republicanos.
Hombres así, dejan huella. Uno de los aspectos de mayor dimensión es que contribuyó a formar varias generaciones de historiadores. De esta forma sus planteamientos tuvieron continuidad. Nunca fue servil con el poder, ni adulador.
Hay historiadores que han buscado afanosamente el “reconocimiento de la tribu”. José María Jover, por el contrario, nunca buscó el aplauso tribal y supo mantenerse al margen de la solemnidad de los santurrones. Puede decirse que “fue un trabajador del pensamiento”.
Vivimos una etapa en que las emociones están sobrevaloradas. Naturalmente, esto repercute en la escasa racionalidad de muchas teorías y opiniones. Lejos de este clima de confusión, él siempre consideró apropiado someter a revisión y crítica el funcionamiento de la represión en cada momento histórico.
Incluir en los estudios historiográficos la densidad de la democracia en un determinado momento histórico, es siempre una prueba de valentía. Las fracturas de todo tipo que se producen en las sociedades son elementos analíticos imprescindibles para comprender con rigor el discurrir de los hechos.
Desearía que el lector por estas y otras razones, llegara a compartir conmigo los motivos de mi admiración. Creo son de mucho valor los textos historiográficos que por su sentido crítico, invitan a que se extraigan conclusiones propias.
Mi interés hacia José María Jover, comenzó en mi adolescencia. En casa hubo siempre algunos libros de este historiador murciano, nacido en Cartagena, del que mi padre era un lector entusiasta.
Más tarde, cuando me adentré en algunas de sus páginas de mayor “calado”, me sentí “atrapado” y ese interés no me abandono nunca. Decía Plutarco que es propio de un alma noble amar la sabiduría y admirar a los hombres sabios.
Del conjunto de aspectos sobre los que invito a meditar, comenzaré por señalar su dirección de “La historia de España” que fundara Menéndez Pidal, recibió el encargo de coordinar esta magna obra en 1975, fecha que no debe pasar desapercibida al lector avisado. Fue, desde luego, un innovador que lejos de atenerse a los cánones establecidos, reivindicó aspectos como el valor histórico de las fuentes literarias.
Hizo hincapié en la profunda relación existente de una obra con el contexto histórico en que aparece y, con el que sí se sabe apreciar, entabla un diálogo fecundo. Creía, asimismo, en la función ética del historiador.
La realidad parece anclada en el río de Heráclito, mas está en continuo movimiento; de ahí, que una visión dinámica y dialéctica era para él preferible a otra estática e intemporal, que siempre o casi siempre, va acompañada de una vaciedad henchida de soberbia.
En cuanto a sus finalidades y pretensiones, aspiraba a enriquecer la conciencia histórica y a promover la paz y la esperanza hacia el futuro. Por supuesto, sentía malestar y desconfianza hacia quienes, a lo largo de la historia, han aspirado a ser propietarios e intérpretes exclusivos de la verdad. Pocas cosas envejecen con tanta rapidez como estos planteamientos inmovilistas.
En más de un aspecto fue considerado por los “biempensantes y oficialistas” como heterodoxo, disidente y hasta provocador. Desde sus primeros trabajos de investigación consideró siempre que antes de juzgar era preciso atestiguar.
Su vida intelectual, estuvo vinculada a la defensa de la libertad, unida a una visión tolerante de la realidad. Desconfiaba del dogmatismo, al tiempo que consideraba, que el hombre se proyecta en el tiempo. Es significativo que en no pocas ocasiones echara mano de Benito Pérez Galdós o de los escritores del 98, en una línea de abrir la utilización de la literatura como fuente histórica.
Conectó con el inconformismo social que empezaba a manifestarse y extenderse en las universidades. Estuvo siempre preocupado -como comenta él mismo- por construir una imagen de la Historia de España que enriqueciese su conciencia histórica y que promoviera la esperanza en el futuro.
Tuvo la valentía de considerar a España como una nación que contenía un conjunto de naciones, lo que como es fácil imaginar, le acarreó no pocas dificultades.
Dando un paso más, consideraba que el estudio de la Historia debía ser un factor de reconciliación y de convergencia en un futuro compartido. Su compromiso intelectual y político le llevó a realizar análisis objetivos de las causas y decisiones que generaron la Guerra Civil. No es fácil, tampoco, permanecer atento al multiculturalismo e incorporarlo a sus estudios, así como los cambios sociales y el efecto de las migraciones, una visión sumamente innovadora en los departamentos de Historia de aquellas lánguidas y anestesiadas universidades.
Creía y afirmaba que la legitimación del Poder, para ser fecundo ha de realizarse a través del servicio a la civilización. Si queremos conocer la importancia de un historiador, es conveniente señalar quienes fueron sus discípulos. En su caso, ahí están para atestiguarlo, Javier Tusell, Elena Hernández o Ángel Bahamonde, entre otros.
Otra obra que me parece especialmente interesante y cuya lectura y consulta me atrevo a sugerir, es “Realidad y mito de la primera república”, Espasa Calpe, 1991
Me parece de justicia hacer hincapié, en que se sentía a un tiempo, deudor y heredero, de la tradición historiográfica anterior a la Guerra Civil. Comprendió, de forma cabal, el legado de Rafael de Altamira, especialmente, de su concepto de civilización. Estos planteamientos lo condujeron a leer y a asimilar a los “historiadores del exilio” tan denostados y despreciados por la historiografía de la dictadura.
Sólo he pretendido mostrar algunos de los vericuetos y aspectos de mayor interés de su obra. Vivimos tiempos confusos y tormentosos donde se confunden los hechos y las interpretaciones y donde la denominada “cultura woke” y el revisionismo histórico, están a la orden del día.
Me produce un cierto cansancio la poca profundidad y rigor de tantos análisis. Cuando se habla de Memoria, muchos de los enfoques y los temas que constituyen la espina dorsal de la obra de José María Jover, merecería que se tuvieran en cuenta, en lugar de repetir tanta vaciedad y tanto análisis manido.
Otra obra suya que considero esencial es “La civilización española a mediados del siglo XIX” Espasa Calpe, 1992. Haríamos bien en no echar este lúcido texto en saco roto. La visión de España como ente civilizatorio es a un tiempo un concepto dinámico y un hilo para penetrar, con solvencia, en la historia de nuestro país.
José María Jover supo ganarse a pulso un prestigio como historiador y un respeto intelectual por su rigor, su humanismo y su capacidad de “agitar el avispero”, dando cauce a sus convicciones democráticas en unos momentos en que pocos, muy pocos lo hacían.
Antonio Chazarra Montiel
Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.
Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid.
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