¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (XXVII)
- Escrito por Francisco Martínez Hoyos
- Publicado en Historalia
Los personajes históricos y la imagen que tenemos de ellos no siempre coinciden. A veces, incluso no tienen nada que ver. Ese es el caso de Isaac Peral (1851-1895), el famoso marino español. Todavía hoy decimos que inventó “el submarino” cuando lo cierto es que diseñó un tipo de sumergible. El aparato como tal, en realidad, es muy anterior. Lo que sucedió es que se crearon diversos modelos de distintas autorías, como el del catalán Narciso Monturiol. Sin embargo, en la España decimonónica, se extendió la leyenda urbana de que todo había sido producto de una única mente privilegiada, la de Peral. El cartagenero se convirtió así en un mito, el del héroe abnegado que fracasa por la villanía y la envidia de los demás. Por eso, José Álvarez Junco, en Mater Dolorosa (Taurus, 2001), dice que pude hablarse de una invención del inventor, puesto que la literatura hagiográfica no nos habla de un ser de carne y hueso sino de un personaje ficticio. Veamos cómo se configuró esta leyenda patriótica.
Peral dispuso, en un principio, de financiación del Ministerio de Marina para sus experimentos. Los fondos tardaron un año y medio en entregarse, nada excesivo para la administración de la época. El submarino que se construyó se mantuvo sumergido a pocos metros bajo el agua. Era un éxito parcial, aunque nada realmente impresionante. La prensa amarilla, necesitada de buenas historias con las que vender periódicos, sacó enseguida las cosas de quicio y creó en torno al inventor un ambiente de exaltación nacionalista. Se suscitaron en aquel momento toda suerte de esperanzas descabelladas. Parecía que el país, con el nuevo aparato, iba a recuperar de inmediato el predominio naval de sus siglos imperiales. “¡Aún puede España conquistar un mundo!”, rezaba un poema de la época que hablaba sobre la recuperación de la gloria nacional. El futuro estaba al alcance de la mano.
Con tantos admiradores entusiastas, Peral se convirtió en una especie de estrella del rock. Sin embargo, según el relato de sus admiradores, su proyecto empezó a encontrar obstáculos de poderosos. Si una iniciativa tan prometedora no triunfaba, solo cabía atribuir la culpa a una mano siniestra que actuaba en las sombras. ¿Quién podía tener tan mala entraña cómo para sabotear un invento del que dependía la regeneración colectiva? Había diversas teorías, no por fuerza incompatibles. Unos culpaban a la burocracia, “que todo lo dificulta y retarda”. Otros sospechaban que alguna potencia extranjera movía en secreto los hilos para impedir el resurgimiento hispano.
Se afirmó incluso que Gran Bretaña había intentado comprar el submarino. El inventor habría dado una lección de patriotismo al negarse a obtener un beneficio económico personal: estaba decido a que solo España fuera la beneficiaria de sus investigaciones. Según Álvarez Junco, esta versión idealizada de Peral constituía una mezcla curiosa de racionalidad científica y de “furia” racial.
En realidad, toda la historia carecía de fundamento desde el principio. La creación del marino cartagenero no era un arma deslumbrante y letal sino un sumergible demasiado lento, inútil para la guerra en alta mar por sus serios problemas técnicos. El mito, en lugar de reconocer las insuficiencias, prefirió atribuirlas a oscuros sabotajes. Como en toda teoría de la conspiración, nunca se daban detalles concretos acerca de los villanos que perpetraban los accidentes, por lo que esos hipotéticos enemigos de España permanecían en el limbo de lo etéreo. Solo importaba estar seguro de que alguien, fuera quien fuera, maniobraba para impedir el triunfo de un hombre genial y benemérito.
Las relaciones de Peral con el Ministerio de Marina, mientras tanto, acabaron envenenándose, parece que por su tendencia a actuar por su cuenta. Tampoco ayudó que intentara obtener un escaño, algo que le prohibieron por su condición de militar en activo y, sobre todo, por el desafío que implicaba al puentear al Ejército para apelar directamente a la voluntad popular.
El marino cartagenero, finalmente, murió prematuramente de enfermedad. Cáncer, lo más seguro. No faltó quien imaginara que el fatal desenlace no se debía a la impotencia de los médicos sino al maléfico plan de vaya usted a saber quien…
Una leyenda consoladora dibujó una gran oportunidad perdida. Si los políticos hubieran apoyado a Peral, España habría tenido capacidad sobrada para imponerse a Estados Unidos en la guerra del 98. Ante la magnitud de la catástrofe, la gente necesitaba suponer que un invento providencial hubiera cambiado el curso de los acontecimientos. No era la nación la responsable de la derrota sino sus incompetentes líderes, tan estúpidos como para dejar pasar una ocasión irrepetible. A Cánovas, por ejemplo, se le atribuyen comentarios despectivos sobre Peral, tachándole de Quijote que habría perdido el seso leyendo la novela de Julio Verne sobre el viaje de 20.000 leguas. El submarino, para político conservador, no habría sido más que un “cacharro”. Pero… ¿Nos encontramos ante una cita literal o un comentario apócrifo de los que tanto abundan en los libros de pseudohistoria? Resulta difícil de creer que el Estado, inclinado por definición a incrementar su poder, rechazara por motivos triviales un torpedero capaz de inclinar a su favor los equilibrios internacionales.
El caso es que, con la construcción de un Isaac Peral sin la menor tacha, se volvía, en cierto modo, al viejo dicho que se aplicaba al Cid: “qué buen vasallo sería si tuviera buen señor”. A fin de cuentas, el héroe incomprendido y el fracaso épico siempre dan mucho juego a la hora de contar una buena historia.
En la actualidad, pese a la falta de pruebas, siguen repitiéndose los mismos tópicos. Un artículo del diario AS insiste en que el frustrado submarino pudo vencer a los norteamericanos y cambiar así la historia del mundo. Una vez más, se demuestra que el dato no mata al relato sino al revés. Creemos lo que queremos creer y descartamos todo lo que no casa con nuestros prejuicios.
Francisco Martínez Hoyos
Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.