Mao y la imposible dictadura democrática
- Escrito por Francisco Martínez Hoyos
- Publicado en Tribuna Libre
Mao fue un mito para la izquierda en los sesenta, una década en la que proliferaron los partidos políticos que seguían su doctrina. Ahora, en cambio, su figura aparece borrosa más allá de algunas fotografías célebres. ¿Cómo podemos descubrir quién fue realmente? Una estrategia posible es leer directamente sus textos. Akal ha publicado una valiosa antología bajo el título Sobre la práctica y la contradicción. En el apartado introductorio, el filósofo Slavoj Zizek ya nos avisa de lo que va a venir cuando le llama “el señor marxista del desgobierno”.
Nos encontramos ante un líder que pretendía alcanzar sus objetivos a cualquier precio. Zizek nos dice que no le importaban los costes humanos de sus aventuras políticas. Así, para hacer progresar económicamente al país, no dudó en provocar la muerte de casi cuarenta millones de personas. El hambre y los trabajos forzados provocaron esta hecatombe. Para él, todo está justificado si se alcanzaban los objetivos que se perseguían: “Bien pudiera ser que se tuviera que morir la mitad de la China” Resulta imposible no sentir un escalofrío ante ese desprecio por la vida humana.
El cálculo de costes y beneficios le es completamente ajeno. Por eso puede permitirse el lujo de despreciar el peligro nuclear y decir que la bomba atómica no intimida al pueblo chino. En el colmo del delirio, el dirigente chino llega a decir que no tendría ninguna importancia que Estados Unidos destruyera la tierra con sus misiles: “aunque podría ser un acontecimiento de gran magnitud para el sistema solar, no significaría mucho para el universo en su conjunto”. Para el universo desde luego que no, obviamente. Pero la medida de los asuntos humanos no es precisamente esa.
Esta peligrosa tendencia a minusvalorar los peligros también se refleja en su idea de que el imperialismo norteamericano carecía de la fuerza que aparentaba tener. Su poder, en realidad, era una pura ilusión. Estados Unidos, a su juicio, no era más “que un tigre de papel”. Como podemos comprobar, el discurso se fundamenta en un voluntarismo tan extremo que raya en el delirio. Es cierto que también dice que debemos tomar muy en serio cada una de las partes del imperialismo, que es donde radica la verdadera fuerza. Lo que no acertamos a imaginar es que cómo esas partes pueden ser fuertes y el todo resultar tan débil como para no merecer atención.
Mao tampoco sentía gran consideración por la democracia, un sistema que para él es siempre un medio, nunca un fin. En uno de sus escritos niega que sus camaradas tengan derecho a hablar sobre un tema si no lo han investigado. Eso, a primera vista, parece de sentido común. Pero… ¿quién decide cuando alguien está preparado y cuando no? En realidad, no estamos hablando de conocimiento, sino de poder. Unos pueden atribuirse el saber y otros no.
El valor de la tolerancia, base del sistema democrático, tampoco le merece mayor respeto. Si escuchas una opinión errónea, tu deber es refutarla, no callar para mantener la paz. Esta norma debe aplicarse férreamente sin admitir excepciones. Da igual que estés hablando con un amigo íntimo, condiscípulo o un simple conocido. No decir nada equivale a dañar a la sociedad en su conjunto. En el caso de que las opiniones que lleguen a sus oídos sean contrarrevolucionarias, el ciudadano ha de tener bien clara su obligación: informar a las autoridades. Los intereses de la revolución deben estar siempre por encima de los intereses del individuo.
Mao tampoco duda en hacer el elogio de la dictadura, una herramienta dirigida a reprimir a las fuerzas contrarrevolucionarias de la sociedad, no al pueblo. De ahí que pueda hablar, con evidente oxímoron, de “dictadura democrática popular”. Eso sería supuestamente, en la práctica, una democracia más avanzada que la de cualquiera de los países burgueses.
En este artículo, la crítica al gobernante chino no se basa en ninguna fuente anticomunista sino en sus propios textos. Como señala Philip Short, su biógrafo, el mandatario chino no veía en los excesos sino belleza. La revolución, tal como la imaginaba, debía transgredir límites. No imaginaba que tanto radicalismo, en el largo plazo, no iba a servir de nada. Su legado se desvaneció cuando, tras su muerte, líderes pragmáticos alcanzaron la prosperidad económica por un camino que no se diferenciaba tanto del capitalismo. Queda, de todas formas, un enigma: ¿Por qué un líder tan delirante pudo seducir a tanta gente en todo el mundo? El peligro es siempre el mismo: ser hipercrítico con lo ajeno pero ver lo propio con manga ancha. Eso, y que determinada izquierda anteponía la revolución a la democracia. Tal vez la clave de la fascinación por Mao sea precisamente su exceso, la promesa de que la utopía estaba a la vuelta de la esquina si poníamos esfuerzo y voluntad.
Francisco Martínez Hoyos
Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.