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La versión rosa de CarlosII


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¿Un monarca hechizado? En los últimos años, el reinado de Carlos II ha sido objeto de una fértil revisión. La historiografía ya no acepta sin más que el monarca fuera un deficiente mental ni que su reinado fuera el punto más bajo de la decadencia española. Su etapa, por el contrario, asistió a una recuperación a partir de 1680. Lo primero que llama la atención, en efecto, es como una potencia en declive consigue resistir las acometidas de Luis XIV y llegar a 1700 razonablemente intacta. De hecho, como señaló Cristopher Storss, pese a pérdidas territoriales tan graves como la de Portugal, la monarquía hispana llega al siglo XVIII razonablemente intacta. No obstante, Storrs también advertía que no debemos exagerar en la revalorización del periodo: “El afán revisionista exige mesura, de modo que es preciso tener cuidado para no pintar la realidad de España y de la monarquía en tiempos de Carlos II con colores excesivamente brillantes”.

El libro de Alberto Bravo, Yo, el Rey, no ha tenido en cuenta este buen consejo. El autor afirma que no desea caer en la leyenda negra pero tampoco en la rosa. En la práctica, lo que propone es un contramito blanqueador. Lleva así demasiado lejos la idea, en principio positiva, de rescatar su reinado de los viejos tópicos caricaturescos y tremendistas.

Bravo cuestiona, por ejemplo, algo tan evidente como la escasa fortaleza del monarca. Sin embargo, él mismo admite que Carlos “tuvo una difícil primera infancia a causa de diversos problemas de salud y un lento desarrollo”. En otra ocasión, afirma que los “años previos a su mayoría de edad estuvieron plagados de enfermedades”. En cuanto a sus últimos años de vida, indica, correctamente, que resultaron muy problemáticos desde un punto de vista médico. Las evidencias son, por tanto, claras.

Bravo tampoco está de acuerdo en que la educación del último Austria fuera descuidada. Sabemos, por la documentación de la época, que estaba previsto que estudiara historia, geografía, lenguas y otras materias. Ahora bien: ¿se deduce de eso que el joven rey fue un buen alumno? Respecto a los elogios que le pródigo su preceptor, Ramos del Manzano, en una obra que publicó, solo cabe interpretarlos como alabanzas cortesanas. ¿Qué otra cosa podía decir el maestro en público?

Carlos II habría sabido ser un buen rey. Lo curioso es que su biógrafo también reconoce que no le tenía demasiado amor al trabajo. ¿Cómo podía ser un buen monarca si no cumplía con la principal de sus obligaciones, la ocuparse de los asuntos de Estado? Bravo reconoce que trataba de evitarlos siempre que tenía ocasión.

Todo, al parecer, iba tan bien, que Carlos II habría conseguido “mantener unos ejércitos de un tamaño similar al de sus antecesores”. Esto no es lo que dice Storrs, que señala, de modo mucho más razonable, que los ejércitos del monarca hispano “eran, desde luego, menos dignos de admiración en muchos aspectos que los de algunos de sus predecesores”. Uno de esos aspectos era, precisamente, el numérico: “Los ejércitos de Carlos II eran más pequeños que los de algunos monarcas españoles anteriores y que algunos de los de sus contemporáneos”. Reparemos, pues, en la diferencia entre ambos historiadores. Storrs cuestiona el mito de la España desarmada sin perder el sentido de la proporción. Bravo, por el contrario, vuelve la espalda a la realidad.

Por otra parte, nuestro autor niega la pertinencia de la expresión “imperio español” porque “imperio”, en propiedad, solo había uno, el Sacro Imperio. Eso es olvidar que el término también puede utilizarse para cualquier potencia que ejerza un dominio sobre otros territorios, aunque sea una república. Por otra parte, se nos dice que no existía una relación jerárquica de dependencia entre España y los otros dominios del soberano. Eso implica pasar por alto que los territorios italianos o americanos tenían virreyes españoles, nombrados en Madrid y al servicio de los intereses hispanos.

No habría “imperio español” porque el imperio, a quien de verdad pertenecía, era al rey, no a España. El problema de esta tesis es que no tiene en cuenta la evidencia documental, en la que el país aparece como sujeto. Quevedo, sin ir más lejos, escribió un célebre poema en el que, dirigiéndose a España, temía que lo que éste le quitó a todos sola, a ella sola se lo pudieran quitar todos. No hablaba del Rey, como hubiera sido lógico si determinada historiografía estuviera en lo cierto.

No deja de ser curioso que, después de insistir una y otra vez en que el mundo de los Austrias era dinástico, no nacional, Bravo alabe a Carlos II por anteponer, en su testamento, “el bien de la patria” a los intereses de su dinastía. Eso convertiría su testamento, a su parecer, en un documento “adelantado a su tiempo”. Pero no. Carlos II no se anticipó a su época en ningún sentido. Vivió en un periodo en el que la palabra “patria”, de claro carácter polisémico, lo mismo se utilizaba para la ciudad de nacimiento que para el conjunto de España. Cosa, en realidad, abrumadoramente lógica. Si los reinos fueran solo las fincas privadas del monarca, la noción de “cosa pública” nunca hubiera existido. Lo que sucedía, como era común antes de 1789, era que lo público y lo privado no se diferenciaban de una forma tan tajante como en la actualidad.

Respecto a la cuestión sucesoria, el autor llega al extremo de sostener que Carlos II sí tuvo un heredero antes de 1700. Veamos: en caso de necesidad, cualquier monarquía puede nombrar rey a un pariente más o menos remoto del soberano difunto. Pero no se trataba de eso. En la España de la época se deseaba que el monarca engendrara un hijo y se vivía por angustia la falta de ese príncipe.

Yo, el Rey, concluye con otra tesis discutible: Felipe V sería, en realidad, un Austria. Si Bravo hubiera dicho que era un Borbón con sangre austríaca, su formulación habría sido impecable. Pero insiste en tomar al pie de la letra lo que no era sino propaganda, la de alguien interesado en presentarse como un Habsburgo para hacer frente a su rival por la corona de España, el archiduque Carlos.

Yo, el Rey, pese a su utilización de archivos, no aporta, en la práctica, nada nuevo. Lo válido que pueda decir lo han dicho ya otros antes. Lo que tenemos es idealización sin medida de Carlos II. Ese no es el camino. Las leyendas negras no deben combatirse oponiéndoles una leyenda rosa.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.


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