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Sapere aude


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«Podemos perdonar fácilmente a un niño que tiene miedo de la oscuridad; la verdadera tragedia de la vida es cuando los hombres tienen miedo de la luz»

La caverna, libro VII de La República, Platón, s. IV a.C.

En la alegoría de la caverna, Platón expone la diferencia entre la idea de lo sensorial y la idea de lo racional. Todo aquello que los prisioneros perciben como realidades dentro de la caverna a través de sus sentidos no es más que una distorsión de la realidad causada por la falta de conocimiento. Una vez fuera de ella, la persona libre descubre los objetos en su justa forma y dimensión; sin embargo solo puede apreciar la diferencia cuando regresa a la caverna y comprende el fenómeno que ha vivido desde su nacimiento, es decir cuando utiliza la razón y el conocimiento adquirido para analizar comparativamente la situación. La experiencia vivida tiene su precio: le ha causado dolor físico, puesto que nunca antes giró su cabeza, y dolor en los ojos, dado que nunca antes vio la luz del sol; por lo tanto, la adquisición de conocimientos va unida al sufrimiento y al esfuerzo. Sin embargo, la voluntad se ve recompensada con el goce de la belleza contemplada y la verdadera luz, que antes solo conocía reflejada en la pared de la caverna, nunca de frente. La alegoría del bien está presente en la idea de la luz real solar, como contrapartida a la luz engañosa y deformante de la hoguera. La caverna es así un lugar para ver y vivir la vida de forma atenuada, como las sombras reflejadas en la pared de la realidad que se desarrolla fuera. Así que si queremos para vivir en plenitud y conocer la realidad con todos sus colores, brillos y volúmenes, necesitamos atrevernos a salir de la caverna.

Claro que cuesta. Platón sospecha, y demuestra que muy pocos son los atrevidos y elegidos para alcanzar el grado de conocimiento que les permita dar el paso de salir de su propia caverna interior para poder impartir, compartir y aplicar esos conocimientos, pues sabe que el ser humano está cómodo en su cueva, que a su vez cumple la función de laboratorio de su propia construcción, pues también le sirve para luchar contra sus debilidades, sus vulnerabilidades y sus miedos, además de crear las cualidades capaces de dotarle de una vida mejor y conectarle con el exterior de sí mismo, afuera, donde le espera el sol, fuente alegórica de conocimiento, discernimiento y clarividencia.

Se cuenta que en los comienzos de la humanidad la Verdad era accesible para todos y habitaba en la montaña. Dicen que esa época se llamaba el «Periodo de la verdad» (Satia-Yuga), y la cúspide de la montaña era conocida como o «Lugar de la verdad» (Satya-Loka). Pero pronto la Verdad comenzó a pertenecer a una minoría y dejó de ser un bien para todos, tomó el camino descendente y encontró en la caverna su refugio, pues ahí estaba su eje. La montaña nunca abandonó este centro espiritual, simplemente se retiró del mundo exterior al interior esperando que los seres humanos recuperaran su capacidad innata para discernir. Ahora nos toca volver a escalar, en medio de esta densa oscuridad, con las manos y la mente, no importa las toneladas de piedras que actualmente han echado para cubrirnos la salida. Si conoces, nadie podrá tapar tu luz.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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