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Fedra: la actualización Unamuniana de una tragedia griega clásica


(Tiempo de lectura: 6 - 11 minutos)

La contradicción es la raíz de todo movimiento y vitalidad.

Hegel

Quisiera comenzar por comentar que sobre la tragedia clásica y el mito se ha escrito mucho, mas es mucho más, lo que queda por decir. Si se quiere profundizar e interpretar su influencia es una fuente inagotable.

Miguel de Unamuno era un hondo conocedor del mundo clásico greco-latino. No olvidemos que fue Catedrático de Griego y que su aproximación a la tragedia griega –sobre todo a Eurípides- y a la importancia del mito en nuestra cultura, lejos de ser superficial, es meditada y especializada.

Sentía una irresistible atracción por el conocimiento de la filosofía, la cultura y la historia de la antigüedad.

Don Miguel era mucho más que un divulgador. Interpreta, proyecta, analiza y actualiza. Desde su pensamiento paradójico, acepta los desafíos intelectuales que se le plantean, es más, le gusta moverse al filo de la navaja.

Llega a la conclusión de que el mito continua vivo a pesar de que todo a su alrededor ha cambiado. Para él ‘el pasado no ha muerto’, sino que transformándose, metamorfoseándose y adaptándose la fuerza y el vigor del mito sigue operativa y actuante.

Piensa –y no le falta razón- que para entender la influencia de la antigüedad clásica hay que interpretarla en sus justos términos haciendo un esfuerzo hermenéutico, eso sí. La reflexión sobre el mundo mítico es mucho más que un ejercicio teórico. No ha perdido ni fuerza, ni vigor y forma parte intrínsecamente de el ‘fatum’.

En la visión existencial, metafísica y trágica de Unamuno, a nuestro mundo se viene a sufrir. Por eso, sigue una trayectoria, que no es una línea recta sino curva. Lo que realiza no está lejos de perseguir la persistencia de lo mítico en una sociedad que se resquebraja y en la que se presentan con fuerza visiones del mundo pagano.

Unamuno leyó a Sigmund Freud y como solía hacer, devoró su pensamiento y sus descubrimientos, los hizo suyos y los interpretó a su manera. Sintió una gran atracción hacia Eurípides y en 1918 se atrevió a trasladar su tragedia Fedra al presente, conservando toda la fuerza destructora de la obra. Es también interesante mencionar, que tradujo Medea de Séneca; otra prueba más de su evidente interés por el mundo clásico.

Para él traducir es algo distinto de actualizar. Actualizar es dar nueva vida. En cierto modo ‘revivir’. No sé si será un juicio excesivo o inapropiado, pero siento palpitar en las tragedias unamunianas –una interpretación personalísima del mundo clásico-. Tanto es así, que son o me lo parecen, un antecedente de los textos lorquianos, de modo especial Yerma.

Viene siendo una constante que entre el momento de escribir sus piezas dramáticas y verlas representadas, suelen pasar varios años, por unos u otros motivos. Escribió Fedra en 1910, mas no fue estrenada hasta 1918, en el emblemático espacio del Ateneo de Madrid. Fue dirigida por Cipriano Rivas Cherif, cuñado de Azaña, hombre de vasta cultura cuyo proyecto más ambicioso, quizás fue poner en marcha el Festival de Teatro Clásico de Mérida.

La figura de Fedra ha tentado e inspirado a no pocos dramaturgos, que han visto en ella su fuerza dramática y autodestructiva que la lleva hasta el suicidio, como es el caso, sin ir más lejos de Jean Racine.

Está presente ‘la hibris’, la desmesura que arrastra más allá de los límites que los propios dioses han establecido. Sintetizando los ‘aspectos clave’ de la obra, puede sostenerse que Fedra se apasiona visceralmente por Hipólito, hijo de su marido Teseo… y cuando éste la rechaza, en su desesperación opta por el suicidio.

En esta ocasión la obra cosechó un éxito notable en sus diversas representaciones. Esta historia mítica ha merecido, en diversos momentos, la atención de varios pintores y escultores. Esto indica que ha quedado grabada en lo que podríamos denominar ‘el inconsciente colectivo’.

Hoy no estamos sometidos a ‘la venganza o el castigo de los dioses’ mas estos ocultan su sed destructiva, tras las normas y costumbres sociales y morales y se las arreglan para seguir sometiendo a los mortales a los viejos castigos y torturas.

El teatro de Unamuno es, aunque siempre experimental, muy versátil. Varían mucho las tramas y la naturaleza de los conflictos de unas tragedias a otras e incluso siguen itinerarios dialécticos diferentes.

A Unamuno le apasionaba Eurípides. Es el más moderno de los trágicos griegos y en sus obras, al limitar la importancia del coro, los conflictos y las pasiones de los personajes ganan en intensidad. Tiene, además, un ‘halo de misterio’ que está más allá de la apariencia, en una dimensión más honda. Pensemos, por ejemplo, en estas palabras: “incierto es por dónde avanzará lo que nos reserva el destino, y no es algo que se pueda enseñar, ni es comprendido por ciencia alguna”.

Por otra parte, las dudas existenciales del trágico griego, son complejas y ponen de manifiesto que el pensamiento mítico se está resquebrajando en nuestro presente incierto. Fijemos nuestra atención, un momento, en estas palabras pertenecientes a Electra: “Habrá que pensar que ya no hay dioses si la injusticia va a superar a la justicia”.

Me parece asombrosa la reflexión que sigue, que sin la menor duda, tuvo que conectar profundamente con el angustiado mundo interior unamuniano. “¿Y quién sabe si el vivir es estar muerto y el estar muerto se considera después vivir?”

Miguel de Unamuno es las más de las veces agónico. Lo que no resta a sus textos valentía ni coraje. En diversas páginas y, desde luego en su teatro, la presencia del subconsciente es palpable. Hace crecer la tensión hasta que estalla y se estrella contra el espejo…

Si meditamos sobre su dramaturgia no es difícil advertir que seguimos haciendo sacrificios a los dioses paganos, aunque las más de las veces esto pase inadvertido.

Hay en nosotros algo que nos incita a quemar la vida, ‘a devorar y hasta devorarnos’. La conciencia dolorida es un ‘látigo’ que nos hace perseguir espejismos inalcanzables.

Podría decirse que en las tragedias de Unamuno, en puridad, no hay elecciones libres. Es igualmente inexcusable que advirtamos cómo y de qué forma operan los añejos mecanismos de dominación.

El destino acaba imponiendo sus designios. Aparece, se oculta y reaparece… hasta que da el golpe definitivo. En tanto que la resistencia humana como una llama que se extingue se ve arrastrada ‘hacia la nada’ por mucho empeño que opongamos a los fatales designios. Los antiguos dioses defienden con uñas y dientes ‘su territorio’. No son nada condescendientes, anuncian por el contrario ‘dolor, desgracias y mortaja’.

El ‘fatum’ afila incesantemente sus cuchillos. En nuestras vidas el mito es hermoso más letal. Ejerce una fuerte atracción hipnótica. Le gusta desvelar secretos… aunque el resultado sea más implacable de lo que los seres humanos podemos soportar. Nos manipula, nos asfixia. No somos otra cosa que un juguete en sus manos o una hoja que el viento arrastra.

Tras estas digresiones que me parecen pertinentes, retornemos a las representaciones de Fedra. Del conjunto del teatro unamuniano, probablemente sea la obra más representada y de mayor éxito, si bien no se ha hecho nunca especial hincapié en varios aspectos de los que hemos comentado con anterioridad.

En 1957 con dirección de Miguel Narros fue puesta en escena en el Teatro Bellas Artes, en 1968 en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, con dirección de Jaime Pellicer.

Me parece muy ilustrativo y, es de justicia destacarlo, que ha sido repuesta varias veces en una ciudad tan vinculada a Unamuno como Salamanca. En 1998 en el Teatro Caja Duero, con dirección de Ángel González Quesada y con el mismo director en el Teatro Liceo y en la Biblioteca Pública ‘Casa de las Conchas’. Finalmente, en el 2016 en Argentina en el Teatro Portón de Sánchez de Buenos Aires. Finalizaré esta apresurada relación señalando que a principios de 1981 hubo un Estudio1, más que interesante y con un contenido y eficaz dramatismo, con Mónica Randall en el papel de Fedra.

Son legión las actrices y actores que han interpretado a los tres protagonistas. Mencionaré solo a algunos, que para mí tienen una especial significación: Marisa de Leza, Paloma Paso Jardiel, Victoria Cipriota, Margarita Lozano, Jesús Puente, Manuel Dicenta, Luis Prendes, Manuel de Blas, Luis Hostalot entre otros.

Unamuno no da puntada sin hilo. Elabora y reelabora hasta lograr un resultado que le satisfaga y donde encajen, perfectamente, todas las piezas.

Por cierto, Fedra no apareció en papel impreso hasta 1921, en la Revista “La Pluma” tan vinculada a Manuel Azaña y en la que colaboraron destacadas figuras como Valle Inclán y García Lorca. Manuel Martínez Azaña, nieto del presidente de la II República, nos recuerda la importante labor cultural que realizó esta revista.

Miguel de Unamuno funde conscientemente dos planos, dos mundos, el de la tragedia clásica de Eurípides y el de la España de su tiempo. En realidad, son los personajes de Eurípides actualizados y trasladados a un escenario ‘casi desnudo’ tan al gusto del autor. Tan solo una mesa y unas sillas.

Pone el foco en el conflicto y en los caracteres. Crea un personaje, el médico, que pronto se difuminará, cargando las tintas en la pasión incestuosa de Fedra y en el carácter fatídico del destino que, tras ser rechazada por Hipólito la conduce al suicidio.

Diversos son los aspectos de interés de Fedra, sobre los que es conveniente reflexionar. Nos habla sí, del amor imposible, sin violar normas sagradas de Fedra hacia su hijastro mas, si queremos profundizar un poco, es patente asimismo, aunque frecuentemente inadvertida, la desconfianza hacia los dioses.

Si escudriñamos atreviéndonos a ir hasta el fondo, encontramos evidentes paralelismos entre los mitos con su fuerza y capacidad de destrucción y nuestra desnortada y errática forma de vida.

Nunca faltan en las tragedias unamunianas reflexiones filosóficas y morales que actúan como ‘invitaciones’ a que desentrañemos elementos que por su complejidad no son apreciados por espectadores o lectores poco exigentes. Pensemos, por ejemplo, en por qué Hipólito va ataviado como cazador. Los personajes trágicos de Eurípides no dejan de ser ellos mismos aunque vayan ataviados y se desenvuelvan como hacendados o ricos labradores del medio rural.

En el teatro unamuniano hay algunas constantes que aparecen en diversas obras: la doble personalidad, la escisión, el destino trágico que acecha en espera de su oportunidad y algo que me parece de singular relieve como es la drástica ausencia de segundas oportunidades. Desde que se alza el telón ‘la trampa aguarda’

Para finalizar este artículo unas rápidas reflexiones sobre Sombras de sueño. Una vez más se escribió bajo la dicta-blanda de Primo de Rivera en 1926, mas no se estrenó hasta 1930, tras su caída.

Unamuno sitúa la acción en una isla donde viven retirados Elvira y su padre. Elvira, joven, imaginativa y soñadora, se enamora de Tulio Montalbán, sin conocerlo y tras leer una biografía hagiográfica del héroe, que le impresiona. Aparece, en la isla, Julio Macedo que conversa con Elvira, en varias ocasiones, confesándole que conoció a Tulio pero que se vió obligado a matarlo para que no se convirtiera en un tirano.

A Elvira se le vienen abajo los esquemas de su mundo interior. Tiene mitificado a Tulio y rechaza, con firmeza, a Julio Macedo.

Unamuno en una de sus ‘cabriolas’ hace que Julio confiese a Elvira que en realidad es Tulio y tras este momento culminante hace su aparición ‘la hibris’ griega y Tulio se suicida.

Esta obra se estrenó en la querida Salamanca de don Miguel, en el Teatro de El Liceo. Fue interpretada por Isabel Barrón, Juan Espantaleón y Fernando Fernández de Córdoba.

Doy por concluida aquí estas anotaciones críticas sobre las tragedias y dramas de Miguel de Unamuno. Tan solo me resta añadir que si hubiera habido espacio, hubiese merecido la pena señalar tanto afinidades y contrastes con otros dramas como El pasado que vuelve y, sobre todo, Raquel encadenada.

Comentaba al finalizar mi colaboración anterior que sería deseable reponer próximamente alguna de estas obras. Reitero aquí esta petición.

Leer y analizar una obra dramática puede constituir un ejercicio interesante, creativo y crítico. No obstante, por sus peculiares características el teatro unamuniano debe enfrentar directamente, al espectador con los caracteres y la complejidad de los personajes e incluso, si fuera posible al espectador que vaya preparado con su yo profundo.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.

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