El griterío, el insulto, las lamentaciones patrióticas, el anatema constante no sólo contra los nacionalistas catalanes sino también contra la izquierda “vende-patrias” buscaba, realmente, en estos últimos tiempos la confrontación, porque todos los nacionalismos, los que no tienen Estado, pero también los que lo tienen y se sienten heridos cuando se cuestiona su sacra forma de entender la convivencia de una comunidad, necesitan el conflicto permanente. Los primeros basan su lucha en el agravio que no cesa (¡”España nos roba!”), y los otros aducen la, insistimos, “sagrada” unidad de la patria que, además, como bien saben ustedes, se remonta a una época muy larga en el tiempo entre Viriato, Numancia y Covadonga, aproximadamente, según el uso interesado y tergiversado de la Historia que tanto les gusta.