El anticlericalismo medieval y moderno fue un movimiento creyente, es decir, sin salirse de los principios cristianos y católicos, una de las características que le diferenciarán del posterior. Este primer anticlericalismo se reflejó en la literatura y, también se manifestó en la cultura popular. Se criticaban los vicios, excesos y pecados de los eclesiásticos, pero no se cuestionaron los dogmas ni la existencia misma de la Iglesia. Se trataría de una censura moral, pero no de un movimiento verdaderamente antirreligioso. Tenemos que tener en cuenta que la religión impregnaba de tal manera la sociedad que determinaba los modos de vida y la concepción del mundo, algo que cambiará, sustancialmente, en la Edad Contemporánea, donde la defensa de la autonomía del individuo, de la sociedad y del Estado frente a la Iglesia llevarían a una fuerte crítica hacia su poder económico, la preeminencia social de los eclesiásticos, su influencia en la educación y la cultura, y su injerencia en la vida pública y política, llegando, incluso a rechazar toda manifestación externa de religiosidad.