Talleyrand. Ensayo general. II
Ya un siglo antes de la Revolución la Iglesia francesa, a pesar de su inmensa riqueza (o, quizá, a causa de esta) estaba a la defensiva. La opinión pública se hallaba, cada día más en contra de su poder y de sus privilegios. Los Philosophes, empezando por el deísta Voltaire, la habían ridiculizado sin piedad y, el pilar central que sostenía el orden antiguo, la vieja iglesia del gran Bossuet, que seguía proclamando el derecho divino de los reyes, a dirigir a su gusto la vida de sus súbditos, empezaba a agrietarse. Bossuet, que distaba mucho de ser un necio, ya vislumbraba un final, quizá inevitable, que daría al traste con todo lo que él y los suyos habían venido defendiendo, desde los tiempos de Teodosio hasta Trento. Como el mismo escribió:
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