Los fantasmas de la juventud
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Cultura
Leonard Woolf pensaba encontrar en Cornouailles, el bálsamo que aliviaría los dolores de Virginia, el que el desdichado Jeremías esperaba, equivocadamente, encontrar en el país de Galaad, para “curar a la hija de mi pueblo”. Así que ellos se dirigieron al oste y, visitaron Coverack y Penzance, ante de hacer un alto en casa de Will y Ka Arnold-Foster, su extraña casa, el nido de águila, encaramado sobre un acantilado, a algunos kilómetros de Saint-Ives.
Para terminar con esta especie de curación, pasearon alrededor de Saint-Ives, antes de colarse en el jardín de Talland House (la casa en la que los Stephen, la familia de Virginia, habían pasado muchos veranos) y, entre la bruma, Virginia se acercó a las ventanas de la planta baja, para atisbar los fantasmas de su juventud. Leonard no sabe si ella llegó a ver, el Doppelgänger de Heine y, escuchado el siniestro eco del lied de Schubert: “Corazón mío, ¿recuerdas esta mansión vacía? ¿Recuerdas que vivimos aquí? ¡Ah! ¡Alguien viene! ¡Retorciéndose las manos de desesperación! ¡Terrible! ¡Soy yo! ¡Puedo ver mi rostro! ¡Eh fantasma! ¿Qué significa eso? ¿Qué haces aquí mofándote de mí, que he venido aquí durante tantos años?
Finalmente, los Woolf regresaron por etapas a Rodnell y, enseguida, a Londres. Virginia parecía encontrarse mejor, comenzaba a trabajar sobre las pruebas de su libro el 12 de junio, pero era evidente, que no se había repuesto del todo. Al cabo de unos diez días, Leonard decidió que ella tenía que suspenderlo todo. Y el 9 de julio retornaron a Rodnell, donde pasaron tres meses y medio. Virginia no escribió ni una línea, no revisó sus pruebas y, no se movió para nada. Leonard iba de tiempo en tiempo a la Cámara de los Comunes, o a la sede del Partido Laborista y, en ningún momento ella le acompañó, pasando su tiempo leyendo, caminando, soñando. Hacia finales de octubre, ella parecía estar algo mejor. El matrimonio convino, que Leonard leería las pruebas de “Los Años”, y que ella aceptaría su veredicto, sus observaciones sobre las cualidades y los defectos. Pero Leonard sabía, que debería emitir un juicio absolutamente favorable, pues de lo contrario ella se desesperaría y llegaría la catástrofe. Por otra parte, él había leído siempre los libros de Virginia, desde el momento en que ella escribía la última palabra del mismo y, siempre le había hablado francamente de lo que pensaba. Así que emitió un veredicto sobre “Los Años”, que no correspondía del todo, con lo que él pensaba. Sin embargo, leyéndolo, se sintió aliviado. El libro no era tan malo, de lo que Virginia había predicho. Resultaba una obra remarcable. Numerosos autores y, también muchos editores, se hubieran sentido dichosos, de verlo publicado tal cual. Leonard lo encontraba, sin embargo, excesivamente largo y, no tan bueno como “La Holas”, “Al faro” o “La señora Dalloway”. Pero le habló bien de él a Virginia, cosa que no hubiera hecho, si ella se hubiera encontrado serena, pero, de todas formas, le señaló francamente sobre su excesiva longitud. Virginia se sintió muy aliviada, casi exaltada y, se puso a corregirlo, hasta fin de año. Leonard comparó las primeras pruebas, con la versión final y, las diferencias le parecieron impresionantes. Virginia recortó los largos párrafos y, no dejó ni una sola página, sin alguna corrección o modificación.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.
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