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EL PERIÓDICO
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El catalanismo político como impulsor del imperialismo español. A propósito de la reedición de “Catalanisme i revolució burgesa”


La reedición de Catalanisme i revolució burgesa (1), uno de los textos básicos de la historiografía española contemporánea y acaso la aportación intelectual más importante de Jordi Solé Tura (2), llega en un momento crucial para el futuro de las relaciones entre Catalunya y España, justo cuando parece que la burguesía catalana ha decidido finalmente romper amarras y lanzarse a la aventura de construir un Estado propio.

En realidad, el sueño de una independencia que consagre la hegemonía ideológica, económica, social y cultural de las élites burguesas catalanas ha sido desde finales del siglo XIX, un objetivo tan largamente pospuesto por esas élites que cabe preguntarse si alguna vez les ha interesado de verdad. Como el socialismo en las formulaciones socialdemócratas, la independencia para los nacionalistas catalanes ha sido siempre una Ítaca a la cual había que tender a aproximarse lo más posible pero sin prisa alguna y dando cuantos rodeos fueren necesarios para garantizarse que jamás se llegará a alcanzarla. Porque para el nacionalismo catalán, la independencia ha sido siempre y ante todo un fantasma con el cual asustar y obligar a negociar a un Estado español a menudo más desdeñoso que contrario a sus reivindicaciones.

La Historia avala esta explicación. El debut de la burguesía catalana en la gran política española se produce justo cuando acaba el siglo XIX, con el apoyo entusiasta prestado al proyecto político del general Polavieja, el carnicero de las guerras de independencia de Cuba y Filipinas. El Manifiesto de Camilo Polavieja, aparecido el 1 de septiembre de 1898, resume las aspiraciones de los sectores burgueses conservadores y de la vieja oligarquía española, a quienes se sumarán los fabricantes catalanes, y los sintetiza en un programa de reconstrucción del país sumido en una profunda crisis, proponiendo la implementación de valores eminentemente reaccionarios: proteccionismo, corporativismo e imperialismo (entendiendo por este último la conquista y colonización de mercados exteriores), son las banderas de esa tropa que forma alegre tras el viejo general. El proyecto de Polavieja se disolverá en el aire por falta de apoyos en el capital financiero mesetario y en los industriales del norte, pero sobre todo porque los vientos económicos hacía décadas que soplaban a favor del librecambismo, impuesto por las grandes potencias como Francia o Gran Bretaña. No obstante, la semilla sembrada llegará lejos en su desarrollo, y cabe identificar algunos de sus frutos en el remedo de Estado corporativo que intentó crear el general Miguel Primo de Rivera (cuyo pronunciamiento en 1923, hecho en Barcelona, contó asimismo con el apoyo sin fisuras de la gran burguesía catalana), y desde luego en el Estado Nuevo fascista que levantará el general Franco tras la Guerra de España, no en vano algunos de sus más directos colaboradores económicos serán catalanes y antiguos miembros de la Lliga Regionalista de Cambó.

¿Qué pide la burguesía catalana al Estado español en esos años? Que España cumpla con su papel como potencia imperial, y por tanto abra mercados que faciliten materias primas imprescindibles y a la vez sean destino de los productos manufacturados en la metrópoli. Recordemos que la Conferencia de Berlín de 1884 había repartido el mundo colonial entre las grandes potencias, dejando a España apenas algunas migajas (Guinea Ecuatorial, el Sáhara Occidental, el territorio de Ifni y el norte de Marruecos). En coherencia con su lucha por el desarrollo industrial protegido en el interior y el comercio agresivo hacia el exterior que viene predicando desde mediados del siglo XIX, el catalanismo político de la época exige al Estado español que asuma sus responsabilidades como potencia imperialista y pelee por hacerse un sitio en el reparto de la explotación del mundo. El gurú de esta posición será nada menos que Enric Prat de la Riba, el hombre que tras explicitar por escrito las bases del catalanismo político en el siglo XX guiará la primera experiencia de autogobierno político-administrativo catalán, nacida de la apuesta por lograr la autonomía nacional en el seno del Estado español: la Mancomunitat de Catalunya.

En Catalanisme i revolució burgesa Jordi Solé Tura explica la formulación política que condujo en definitiva, a que el catalanismo prestara sostén político y económico a ese intento de reverdecer la vieja (y entonces ya imposible) España imperial. El prócer Prat de la Riba saludará entusiásticamente la guerra de Marruecos, en la cual perderán la salud o la vida decenas de miles de jóvenes de las clases trabajadoras españolas y catalanas en beneficio de la defensa armada de negocios como la explotación de recursos llevada a cabo por la empresa Minas del Rif (en la que participan Alfonso XIII, los jefes militares españoles y una legión de burgueses catalanes, entre otros socios), o la construcción de la red de ferrocarriles en el llamado Protectorado español de Marruecos.

El mismo Prat de la Riba reprochará con irritación a las élites estatales su presunta falta de compromiso con la aventura imperial marroquí. Es el fracaso de España como potencia imperial, y por tanto su incapacidad para conquistar y someter nuevos mercados donde obtener materias primas y colocar las manufacturas catalanas, lo que a la postre precipitará la ruptura entre los catalanistas y España. Dado que el Estado español no es capaz de garantizar la defensa de nuestros intereses, lo mejor que podemos hacer los catalanes es tomar en nuestras manos esa defensa y construir nuestro propio Estado, será la conclusión inevitable de estos burgueses, sentimentales sí, pero también enormemente prácticos. La idea imperial con todo, jamás será abandonada: si España no puede, no sabe no o no quiere facilitar esa vía de expansión a Catalunya, será Catalunya quien deberá conseguirla por su cuenta. Así, escribe Prat de la Riba en el capítulo IX de su obra capital, La nacionalitat catalana:

“El imperialismo es el período triunfal de un nacionalismo: del nacionalismo de un gran pueblo. Esta es la verdadera substancia del imperialismo. Por eso los maestros del imperialismo son nacionalistas fervorosos” (3).

De ahí a la formulación de la idea de los “Països Catalans” como espacio imperial de la futura República catalana solo hay un paso, pero se tardará varias décadas en darlo ya que por en medio se cruzaron acontecimientos tan significados como la Segunda República española, la Guerra de España y la larga dictadura franquista, que obligaron a los ideólogos de la “Catalunya Rica i Plena” a pensar en otras prioridades aunque sin perder nunca de vista sus fines.

NOTAS

(1) Catalanisme i revolució burgesa”, de Jordi Solé Tura. Ediciones El Viejo Topo. Barcelona, 2017 (el texto original es de 1967, y hay diversas ediciones en castellano).

(2) Jordi Solé Tura (1930-2009). Fue obrero panadero en su juventud, catedrático de Derecho Constitucional y uno de los siete ponentes en la redacción de la Constitución española de 1978 en representación del PCE. Dirigente primero del PSUC (el partido comunista en Catalunya) y después del socialista PSC, concejal de Barcelona, diputado, senador y ministro de Cultura. Ha sido el principal pensador del federalismo de izquierdas catalán moderno, además de un referente clave en el análisis marxista del nacionalismo como superestructura ideológica al servicio del proyecto de dominación social y económica de la burguesía catalana.

(3) “Catalanisme…, pág. 211.

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).