Émilie du Châtelet (2)
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Como decíamos en el anterior artículo, la marquesa du Châtelet, defensora elocuente de las novedades newtonianas, polemizó sobre las “fuerzas vivas”, con el secretario de la Academia de Ciencias, un soberbio pelmazo llamado Dortous de Mairan. ¡Ella, una simple mujer que, por tanto, no podía entraren la docta casa! El doctor Dortous trató de apabullarla con mucho desdén y pocos argumentos, desde su elevado cargo, recibiendo el inequívoco revolcón por parte de la adversaria, que le pulverizó, tras advertirle, memorablemente, al comenzar su respuesta: “Yo no soy secretario de la Academia, pero tengo razón, que es algo que vale más que todos los títulos…”
Entonces llegó Voltaire. Ella ya le admiraba desde tiempo atrás y, veía desde lejos, el fulgor de su encanto social, nimbado por el escándalo de los devotos y, el desdén de la nobleza, chapada a la antigua. Después se encontraron en la Ópera, donde una amiga servicial preparó una cena íntima y, a partir de ahí, el uno para el otro… sin dejar de ser cada cual para sí mismo. Émilie tenía 28 años, Voltaire 40. En el catillo familiar de Cirey, se prepararon un refugio de estudios y amores, con la benévola comprensión, del tolerante marqués ¡Compartían tantas cosas! Ambos apenas comían, les bastaba con dormir tres horas, pero no paraban de charlar (a menudo en inglés), leer a los clásicos y, sobre todo, a los modernos, hacer experimentos de física y química, criticar a los pedantes y, coquetear con todo el mundo.
Voltaire la admiraba, de eso no cabe duda. No tuvo nunca un amigo más inteligente, ni mayor complicidad con nadie.
También sentía algo así como una rara ternura (¡él, tan seco, tan cáustico!) por su lado convencionalmente femenino, aficionada con exageración a las joyas, perifollo y potingues de maquillaje. La llamaba “Madame Newton-Pompón”, a la vez la más erudita de la clase y, la que soñaba con que todos los chicos, la sacaran a bailar. Cuarenta años más tarde, en su dormitorio de Ferney, a la cabecera de su cama, el gran iconoclasta, sólo tenía como estampa que velase su sueño, el retrato de la marquesa de Châtelet.
En dos cosas, empero, diferían sustancialmente y, ambas eran pasiones de Ëmilie, no compartidas por Voltaire. Primero, la afición al juego de cartas, que estuvo a punto de arruinarla más de una vez y, que a él le parecía una pérdida de tiempo, pero sobre todo de dinero (Voltaire tenía muy desarrollado, el instinto comercial). Y, desde luego, la entrega al arrebato erótico, que en ella era una vocación desbocada y, en él, sólo una serie de amables pasatiempos. En su “Discurso sobre la felicidad”, Émilie defiende ambos arrebatos, precisamente por su carácter de desbordamiento: “Pasiones tendríamos que pedirle a Dios, si nos atreviéramos a pedirle alguna cosa… Supónganos, por un momento, que las pasiones hagan a más personas desgraciadas que felices; digo que, aun así, seguirían siendo deseables, poque es la condición sin la cual, no se pueden gozar grandes placeres y, no merece la pena vivir, sino es para tener sensaciones y sentimientos agradables. Y, cuanto más vivos son los sentimientos agradables, más felices somos”. De modo que cuando se convenció, de que Voltaire, pese a su tierno afecto, le hacía menos caso que a Federico de Prusia (que cuando invitaba al filósofo, especificaba que fuera solo, ya que en Sans Souci, no entraban curas ni mujeres) Émilie comprendió que había que buscar la pasión, en otro lado.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.