Recaredo y su conversión. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Una de las varias conspiraciones contra Recaredo, tuvo lugar en la Narbonense y, fue narrada por el franco Gregorio de Tours, en el que éste, asume el arraigo y la fuerza de las aristocracias arrianas. Los protagonistas fueron el obispo Ataloco (que se podía esperar con este nombre) y, los condes Granista y Wildigerno, que desencadenaron una guerra civil de graves consecuencias, por las bajas que se produjeron. La revuelta fue sofocada, por el mismo Claudio que había reprimido la de Mérida y, que se tuvo que desplazar hasta la Narbonense, con un poderoso ejército, dado que los rebeldes, estaban apoyados por lo ejércitos francos.
Una vez pacificado el reino, se llevó a cabo la sanción religiosa, de los pactos establecidos en el III Concilio de Toledo, convocado por el monarca en el mes de mayo del año 589. Era la primera vez que un monarca, daba este paso en un sínodo general, aunque no era el primer concilio que se convocaba, estando ya los godos en la Península. Por el de Toledo, convocado en el cuarto año del reinado de Recaredo, tenía un espíritu distinto, al intentar organizar las bases del Estado católico, e incorporar la organización de los asuntos eclesiásticos. A él asistieron 72 obispos de la Galia y las Hispanias, que estuvieron encabezados por Masona, metropolitano de Mérida, Eufemio el metropolitano de Toledo, Leandro metropolitano de Sevilla, el metropolitano de Narbona, Micecio y, Pantardo, metropolitano de Braga. En el sínodo estuvieron presentes el rey y su esposa, la reina Bado, la mujer goda con la cual, finalmente, se había casado, al frustrarse todos sus intentos, de contraer matrimonio con princesas merovingias, con la que ya tenía un hijo y, de la cual decía Isidoro, que no era de familia noble. A ellos se eunieron abades y, altos mandatarios de la corte, con un boato semejante al de los emperadores romanos, en los grandes concilios, como el de Nicea y Constantinopla. La conversión de los godos, aparecía como el punto central del concilio y se efectuaba sin aparente conflicto.
Lo importante era que el monarca, presentaba el “tomus” o pliego, en el que, previamente, había recogido los puntos, que se tenían que tratar en el concilio y, que, se suponía, habían sido previamente consensuados, con los altos cargos católicos. En el “tomus” se establecía – entre otros temas más secundarios – el dominio de Recaredo sobre los pueblos y la “gens”, lo que muestra la compensación recibida por su conversión. Se planteaban los principales temas religiosos y, las normas de actuación de la Iglesia, respecto a su organización. Y, finalmente se sancionaban, la persecución de los paganos y herejes y, las restricciones para los judíos. Pero de los cánones, también procedían grandes beneficios para la Iglesia católica, que vio multiplicarse sus privilegios, principalmente fiscales y territoriales; mantenía su autonomía jurídica y, sobre todo, asumía el papel de guía espiritual y protectora, de la monarquía. Ambos, el clero y el monarca, se obligaron mutuamente a cumplir las normas salidas del sínodo y, planteadas por Recaredo, en su papel de protector, condenando a los remisos con la pérdida de la mitas de sus bienes a favor del fisco, e incluso al exilio. Por lo tanto, el acuerdo estaba implícito y, las renuncias a cambio de la paz, afectaron a todos los asistentes al concilio. La unión de la Iglesia y el Estado estaba sellada, pues se obligaba a los católicos reticentes, a aceptar el gobierno del monarca godo, aunque caían bajo la fuerza de la ley, también los godos contrarios a asumir el nuevo orden. Y para evitar confusiones el rey envió – aunque con bastante retraso – un resumen de los resultados del concilio, al papa Gregorio Magno, aquel que había defendido la tiranía de su hermano y, aborrecido la herejía de su padre.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.