Maximilien Robespierre
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Es raro, o quizá no tanto, que un hombre, un político, haya sido tan deformado por el odio, como lo fue Robespierre. Este odio transformó en demagogo, a aquel hombre de gabinete; en sanguinario, a aquel moderado; en dictador, a aquel astuto parlamentario; en detractor de la religión, a aquel intransigente deísta. Incluso muchos amigos y partidarios de la Revolución, han vacilado a la hora de hacerle justicia, en especial el gran historiador Michelet, que, en mi opinión, no entendió bien al personaje, olfateó en él al “mojigato” y al “cura”, y sólo le reconoció un mérito: su profética antipatía del militarismo y la espada. Por el contrario, los que, como Albert-Xavier-Émile Mathiez, lo han erigido en estatua, no han contribuido menos con ello, a convertirlo en inhumano.
Cuando llegó a Versalles en mayo de 1789, aquel hombrecito de rostro fino y de estricta elegancia, no era más que un abogado provinciano (nacido en Arras, 6 de mayo de 1758) sin fortuna ni gran prestigio. Huérfano a los seis años, sólo pudo seguir sus estudios en el prestigioso colegio Louis le Grande, gracias a unas becas.
De aquellos años de estudio brillantes, pero perturbados por la pobreza, conservó una especie de complejo de becario: la desconfianza con respecto a la holgura y a la facilidad. Su triunfo electoral como diputado, se debió al apoyo de las capas inferiores del Tercer Estado, que lo prefirieron a un colega abogado, sostenido por los notables de Arras.
En la Asamblea Nacional Constituyente, fue el único que votó contra la ley marcial. Fue el único que se opuso a la eliminación de los ciudadanos pasivos, y a la de los hombres de color en las Antillas. Fue de los pocos que se negó a limitar el derecho del pueblo, a presentar peticiones a la Asamblea. Y es que era unos de los pocos que comprendieron, desde el principio, que toda la fuerza de la Revolución, residía en la alianza de la burguesía con el pueblo. Su aislamiento en la Asamblea, el odio y los sarcasmos que allí provocó, no hicieron sino, reforzar su prestigio en Paris. El elegido de Arras, se convirtió así, en el líder del Paris revolucionario.
Desde entonces planteó muchas de sus batallas en el Club de los Jacobinos, el cual había logrado conservar a la mayoría de sus socios, a pesar de la escisión de los fuldenses. Robespierre batalló contra la guerra, arriesgándose a perder su popularidad. Batalló contra la traición y la derrota. Contra la Corte y luego contra los girondinos. Hasta que la retirada, más adelante, de Danton, le obligó a asumir responsabilidades convirtiéndose en gobernante.
Sin ejercer la menor preponderancia formal sobre sus colegas, se benefició de una autoridad moral, que se había ganado por su pasado oposicionista, y su ausencia de compromisos. Lejos de ser un doctrinario, era un táctico notable, un político experto en la elección del momento oportuno, hábil para distinguir lo posible de lo aventurado, y apto para seguir la opinión popular o la parlamentaria, sin dejarse desbordar por ninguna de la dos.
No todo era puro en el que fue llamado el “Incorruptible”. Después de las matanzas de septiembre de 1793, intentó desviar la cólera popular, contra sus rivales girondinos; en la hora de Danton, quiso orientarlo contra el enemigo extranjero; en marzo del 93 reprochó con bastante perfidia a los girondinos, su “constante oposición a la reunión de los pueblos de nuestra República”. Esta inquieta vigilancia, estas incesantes denuncias, seguramente contaban con el beneplácito del pueblo revolucionario, que veía en ellas el eco de sus propias ansiedades.
Pero aquel guía realista y eficaz, llegaría a precipitarse, como Saint-Just, hacia el campo de la utopía. El difícil ejercicio del poder y las reticencias de la burguesía, robustecieron sus impresiones infantiles. Por más que con Saint-Just, forjaron ambos unas instituciones revolucionarias, y soñaron con un mundo de fraternidad; por más que en sus momentos de ensueño, pudieran ambos figurarse el porvenir, como algo idílico o pastoral y rústico, acabaron estrellándose contra la realidad capitalista y mercantil. Para Robespierre y Saint-Just, la revolución burguesa, de la cual habían sido comadrones, llevaba en sí misma el mal absoluto, aquel lujo, aquella holgura, aquel ateismo, aquel individualismo del interés, por ellos tan detestado. Decía Saint- Just: “Todo el mundo quiere la República, nadie quiere la pobreza ni la virtud”.
El culto a la virtud de ambos, desembocó entonces en el pesimismo. “La virtud estuvo siempre en minoría sobre la tierra”. La idea cristina de la caída se injertó, laicizada, sobre la conciencia de una ruptura de la comunidad y de la fraternidad medieval, en beneficio de la nueva moral del interés y la utilidad.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.
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