¿Qué hacer con el rey?. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Que sepamos a día de hoy, ninguna animosidad personal contra Luis XVI, movía a los diputados. El mismo Robespierre lo confesó: “He sentido tambalearse en mi corazón la virtud republicana, en presencia del culpable humillado ante el poder soberano”. El juicio fue claramente una decisión política. Los regicidas, la mayoría, quería romper todos los puentes, que llevaran a una esperanza de compromiso. Al arrojar la cabeza del rey, como desafío a la contrarrevolución, se autoprohibían voluntariamente retroceso alguno, en el camino de la revolución.
El 20 de enero, hacia las 2 de la tarde, Garat y Labrun (diputados) se trasladaron al Temple, para comunicar a Luis XVI las decisiones de la Convención. Luis presentó tres peticiones: un plazo de tres días para prepararse a la muerte, la autorización para ver a su familia sin testigos, y el permiso para hacer venir a un sacerdote no juramentado, el abate Edgeworth de Firmont, que había sido confesor de Madame Isabel. La Convención aceptó solamente las dos últimas peticiones.
Durante el atardecer, Luis XVI conversó largamente con su confesor y se despidió de los suyos. Hacia las 11 de la noche, su ayuda de cámara le sirvió la cena. Al parecer el rey comió con buen apetito. Y, apenas se hubo acostado, Luis XVI se durmió profundamente.
El 21 el rey se despertó a las 5, oyó la misa de Edgeworth, y renunció a la última entrevista, que le había prometido a la reina concederle. Reclamó, inútilmente, el derecho a cortarse sus cabellos por sí mismo. Hacia las 8,30 se abrió la puerta: era Santerre, comandante en jefe de la guardia nacional, que venía a buscarle.
El trayecto, desde la calle del Temple a la plaza de la Revolución, había de durar hora y media. El tiempo estaba lluvioso, la niebla se extendía sobre las calles, las puertas de las tiendas y las ventanas de las casas, estaban cerradas por orden de las autoridades. Una silenciosa barrera, de casi 80.000 hombres, armados de fusiles y picas, contempló el paso del cortejo. En la plaza que hoy se denomina de la Concordia, se había levantado un cadalso, frente a la Tullerías, entre el pedestal de la estatua de Luis XV (emplazamiento del actual obelisco) y los Campos Elíseos.
Hacia las 10 se detuvo el coche. El rey bajó y miró al cadalso. Se desvistió el mismo, pero hubo de dejarse atar las manos. Apoyado en Edgeworth, subió los escalones del cadalso, mientas redoblaban los tambores. Al llegar al estrado, intentó resistirse, quiso dirigirse al pueblo. Pero el redoble de los tambores acalló su voz. A las 10,20 cayó su cabeza. Se había consumado un paso irreversible, en el camino de la Revolución.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.