Los afganos según Byron
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Debido a los acontecimientos en Afganistán, he vuelto a releer “Viaje a Oxiana” de Robert Byron.
En el mismo se pregunta Byron, cómo conseguirán los afganos que se le quiera, y ya adelanta que eso será algo que tardara mucho en verse. Antes de enjuiciar las opiniones de Byron, es necesario recordar que era un inglés de la primera mitad del siglo pasado, un hombre aún del Imperio, muy “british”, educado en Eton College y Merton College, Oxford. Lleno por tanto de los prejuicios de su tiempo.
Para empezar, escribe que sus ropas (las de los afganos) y su manera de andar, ya son credenciales suficientes. Unos pocos, sigue, los funcionarios, llevan traje europeo, coronado por un elegante gorro de piel de borrego. En ocasiones, los hombres de ciudad, lucen también un chaleco de estilo victoriano, o la levita de cuello alto, de los indios musulmanes. Pero estas importaciones, cuando van acompañadas por un turbante tan grande como un fardo de sábanas, una capa que es en realidad una manta multicolor, y unos holgados pantalones blancos, de pernera ceñida que llega hasta los zapatos, en forma de góndola y bordados en oro, poseen una exótica vistosidad, igual que un chal indio en la Ópera. Esta es la moda del sur, preferida de los afganos.
Los tayikos, el componente persa, prefieren la túnica acolchada del Turquestán. Los turcomanos, llevan botas altas de color negro, abrigo largo de color rojo, y birretina de sedoso pelo de cabra negro y rizado. Pero el traje más singular, es el de los vecinos montañeses, que circulan por las calles, con un gabán de rígida sarga blanca, falsas mangas que cuelgan como si fueran alas y que le llegan hasta las rodillas, y troqueladas formando dibujos, como un estarcido. De vez en cuando, una especie de colmena de percal, con una ventanita en lo alto, revolotea por la escena. Se trata de una mujer.
Los atezados hombres de pantalón holgado, ojos de halcón y pico de águila, deambulan por el oscuro bazar, con una seguridad temeraria. Para ir de compras llevan un fusil, del mismo modo que un londinense lleva el paraguas. Semejante ferocidad es en parte teatral; lo más probable es que los fusiles no disparen. Pero ya es una tradición: en un país donde la ley se aplica de manera caprichosa, la mera apariencia de fortaleza, ya gana la mitad de la batalla en los asuntos cotidianos. Es posible que se trate de una tradición incómoda, desde el punto de vista del Gobierno, pero al menos contribuye a que la gente, mantenga el equilibrio y la confianza en sí misma.
Ellos esperan que el europeo se adecue a sus normas, en vez de ellos a las suyas; un hecho que se me ha presentado, con absoluta claridad esta mañana – escribía Byron – cuando he intentado comprar un poco de arak: no se puede obtener ni una gota de alcohol, en toda la ciudad. Aquí por fin aparece Asia sin el menor complejo de inferioridad.
Amán Allah (Emir de Afganistan1919-29), cuenta la historia, se jactó ante Marjoribanks (sinónimo del gobernante de Persia, que Byron ocultaba por precaución) de que occidentalizaría Afganistán, mucho más rápido de lo que Marjoribanks occidentalizaría Persia. Esto (lo de intentar occidentalizar Afganistán) supuso el fin para Amán Allah. Y es posible que también lo sea, a largo plazo, para sus sucesores.
Pues eso.
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