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Maíno de Castro, Juan Bautista. La personal forma de entender la Adoración de los Magos


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

“[...] su condición de monje y hombre de letras, unido al prestigio de profesor del rey Felipe IV cuando príncipe, le convirtieron, sin duda, en figura influyente en el ambiente cortesano [...]”.

Pérez Sánchez. A. E. (1997):

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Nacido en Pastrana en 1578 morirá en Madrid en 1649. Hubo un tiempo en la historia del Arte en que este maestro estuvo poco divulgado, no se conocía con exactitud su lugar de nacimiento, ahora ya oficialmente rescatado desde hace años. Hijo de padre milanés y madre portuguesa, se relaciona con esta localidad de Guadalajara, donde sus padres estuvieron al servicio de la princesa de Éboli a través del comercio de sedas. Juan Bautista se formó en Toledo, pero gracias a la actividad económica mantenida por su familia y los viajes realizados por Italia, llegó a adquirir conocimientos extensos de la pintura que se realizaba entonces. Durante su estancia en Roma alcanzó una buena idea de las técnicas y estilos de los pintores del momento, con claras influencias de las corrientes naturalista y clasicista.

En la mayoría de pintores que desarrollaron su vida y su obra en ese periodo de transición del Arte, del Manierismo al Barroco, se hace notar la huella del gran Caravaggio, en cuanto a la representación de esas atmósferas naturalistas, embellecidas por el claroscuro y el juego de luces y matices que tanto impresionan en sus lienzos. Tal vez, el artista español supo entender desde un estilo más personal este naturalismo para conferir a sus obras unas formas más atemperadas y un juego de luces claras, transparentes y exquisitas en perfecta combinación con la secuencia de narraciones que configuran el escenario de sus pinturas, con personajes llenos de cromatismo y gentileza. Todo acompañado de un estudio minucioso de los detalles y los elementos decorativos.

Entre los motivos religiosos que el mundo cristiano venía desarrollando con especial énfasis desde el Renacimiento y con mayor demanda tras el Concilio de Trento, los asuntos relacionados con la Natividad, y todo el repertorio propagandístico que envolvía el relato de magos, pastores, ángeles y gentes atraídas por la presencia de un Salvador, encontramos que no solo la Iglesia sino todos aquellos estamentos poderosos vinculados a ella, demostraron predilección por obras y asuntos de esta naturaleza, tanto para uso personal, privado, o para complemento de sus espacios de culto, a través de sus altares, retablos y otros soportes. En Toledo, existió desde el siglo XIII un primer convento de dominicos fundado bajo protección del rey Fernando III, situado en el lugar llamado la Huerta del Granadal, y que sería trasladado en 1407 a uno de los barrios céntricos de Toledo, en las casas que habían pertenecido a doña Guiomar de Meneses. Con el tiempo el edificio fue creciendo y adquirió otras propiedades anexas hasta convertirse en unos de los conventos más importantes de la ciudad.

Esta orden dominicana tuvo siempre muy buenas relaciones con la corte castellana, hasta llegar a contar entre sus privilegios y rentas, la impresión de una Bula de Cruzada, lo que sirvió de base para invertir en un primer sistema de taller tipográfico, que sacó a luz la impresión de la Bula en 1808. La desamortización actuó con rigor en muchos patrimonios conventuales y algunos se fueron conservando al cambiar de actividad o función. En el caso del de San Pedro Mártir se destinó a cuartel mientras que la iglesia y el claustro sirvieron para custodiar objetos de arte que gestionaba la Comisión de Monumentos hasta hacerse cargo de ellos en 1846 la Diputación.

No cabe duda de que las órdenes religiosas también ejercieron su mecenazgo en las Artes y, por lo tanto, los artistas que trabajaron para ellas pusieron su máximo interés en desarrollar con refinamiento y sutileza su técnica y estilo. Precedido así de su fama y buen hacer, el pintor ya convertido en monje daba muestras de un voluntad de trabajo y espíritu moderno, por lo que figura, entre otras funciones, como tasador de pinturas de personajes de su tiempo de cierto renombre, como don Luis Lasso de la Vega, que fuera Conde de la localidad de Añover de Tajo. Y, de igual forma, combinó su religiosidad con las labores propias de un pintor de la Corte, haciendo también la tasación de las pinturas de don Francisco Díaz Romero, del Consejo del Rey y de su Alcalde de Casa y Corte, personas además relacionadas con las orden dominica, siendo esto motivo posible de un modo de proyección y relación social entre ellos.

Nos detenemos otra vez en el encargo que le hiciera la orden de San Pedro Mártir, en 1612, para el retablo principal de la iglesia. Un conjunto narrativo enmarcado en tema de las Cuatro Pascuas, complementado con otros temas marianos repartidos por el marco arquitectónico de la pieza. La obra duró más tiempo del previsto en el primer escrito de contratación, tiempo que le sirvió, como sabemos para ingresar en la Orden. Tal como citara don A. E. Pérez Sánchez, Maíno, “[...]como buen y obediente seguidor de Trento, y preocupado por la ortodoxia y las intenciones morales del Concilio(...) se compromete formalmente a la verdad de las pinturas en la disposición de las historias, que serán con todo el decoro que se requiere en cosas tan santas, y a la vez se esforzará en que los aspectos materiales sean de absoluta calidad, con todo el estudio y diligencia que cabe en mi caudal y entendimiento, con los mejores y más costosos colores y en lienzos sin costuras[...]” (p 119 AEA, 278, 1997)

La Adoración de los Magos, uno de los temas del retablo, destinada al lado de la Epístola y haciendo frente al lado del Evangelio, donde iría la Adoración de los pastores, nos muestra una de sus más cuidadas composiciones , llenas de detalles deliciosos en el estudio de las figuras, las vestimentas, los tocados, los objetos y los demás elementos que se insertan en un espacio bien estructurado, con escorzos potentes y contrastes de luces entre el primer plano visual y la bóveda celeste de la que emana la estrella luminosa.

Como señaló en su día Miguel de Santiago, “El Prado al rescate de Maíno” (Revistas Comillas. Vol 260. Núm 1334, 2009) en la Adoración de los Magos existe una forma particular de disponer los elementos que dan vida al lienzo. La luz y el color alcanzan un protagonismo especial que convive con una capacidad maravillosa para traducir los sentimientos y las emociones. Todos los personajes actúan en su correspondiente papel de representación, vestidos de manera rica y lujosa, lo que confiere al asunto ese aire de refinamiento y tono aristocrático. Visto de esta manera, sacado del contexto general del retablo, el cuadro toma vida propia, lo que no sería exacto si se analiza en relación al conjunto narrativo del que formaba parte dado que, tantos los temas como la forma de interpretarlos obliga a establecer comparaciones de mensaje y significado.

Pero, por qué no gozar de la contemplación aislada de un asunto tantas veces representado en la temática artística desde los primeros siglos del cristianismo, con muchos y diferentes matices condicionados por su circunstancia histórica o por las imposiciones ideológicas. En cualquier caso, y salvando las distancias con el tiempo posterior, encontramos algunas sugerencias que, en su día, Picasso, de quien tanto estamos hablando estos tiempos, pudo haber tomado memoria: las figuras en disposición vertical, el espacio zigzagueante los rostros y cabezas que se giran, una luz simbólica que pretende ser espiritual.

 

Licenciada en Geografía e Historia por la Universidad Autónoma de Madrid (1979). Escribió su Memoria de Licenciatura sobre EL Real Sitio de Aranjuez en el siglo XVIII.

Doctorada en Historia del Arte por Universidad Autónoma de Madrid (1991), Tesis titulada: El urbanismo de los Reales Sitios en el siglo XVIII.

Profesora de Educación Secundaria, en varios centros de la Comunidad de Madrid, ahora ya no en activo.