El Carlismo durante la Transición y la Democracia
- Escrito por Antonio Manuel Moral Roncal
- Publicado en Historalia
Tras la muerte de Franco, se afianzó el giro hacia el socialismo autogestionario que el príncipe Carlos Hugo de Borbón y sus seguidores trataron de extender en el carlismo. La Comunión Tradicionalista y la Hermandad de Excombatientes de Requetés buscaron una figura de sangre regia que poder presentar como alternativa a Carlos Hugo y la encontraron en su hermano pequeño, Sixto Enrique de Borbón Parma. A partir de entonces, entre algunos tradicionalistas cundió el deseo de planificar la reconquista de las masas y el espacio carlista arrebatados por los autogestionarios. La lucha no solo se circunscribió a círculos, periódicos, propaganda y actos políticos sino que tuvo el triste resultado de los llamados Sucesos de Montejurra de 1976.
Días antes del tradicional encuentro carlista, desde varios periódicos se hicieron múltiples llamamientos a la reconquista simbólica de esa celebración tradicionalista en la montaña y en varias localidades navarras aparecieron pintadas amenazantes. La tensión aumentó y, el domingo día 9 de mayo, estallaron los enfrentamientos entre grupos tradicionalistas, ayudados por ciertos elementos de la ultraderecha, contra los carlistas autogestionarios, que se saldaron con dos muertos y numerosos heridos. El revuelo provocado por los hechos de Montejurra forzó la detención de algunos de los implicados, los cuales se beneficiaron de la Ley de Amnistía de 1977. La montaña, que había sido un símbolo de la unidad y popularidad carlista, fue testigo del enfrentamiento fratricida al que había llegado la división interna del movimiento.
Los seguidores de Carlos Hugo acusaron al gobierno de impunidad y complicidad con los sixtistas. Las discrepancias con las autoridades continuaron, de tal manera que el Partido Carlista no pudo participar en las primeras elecciones democráticas de 1977. A finales de ese año, Carlos Hugo fue autorizado a entrar en España, lo que le permitió recorrer todo el país presentando su opción política. Dos años después, en 1979, el Partido Carlista concurrió a las elecciones legislativas del 1 de marzo, obteniendo un total de 50.513 votos, pero ningún diputado.
A la hora de explicar su fracaso electoral habría que tener en cuenta la falta de apoyo oficial del aparato administrativo del Estado. Por otra parte, fue muy acusada la falta de medios económicos y de organización del Partido Carlista, pese a sus notables contactos con la oposición antifranquista. A ello se unió el retraimiento y desmovilización de una gran parte de su electorado -el alineado con los diversos grupos legitimistas, tradicionalistas e integristas- que provocaron la división del voto carlista. Por otra parte, numerosos carlistas autogestionarios y progresistas decidieron votar a otros partidos de izquierda, como hicieron los nacionalistas vascos o catalanes integrados en el Partido Carlista. Finalmente, fue notable la confusión generada entre la popularidad del candidato Carlos Hugo y su familia con el verdadero alcance de su candidatura. La falta de datos reales de su militancia durante el franquismo había creado el espejismo de un notable apoyo electoral.
A raíz del fracaso electoral de marzo de 1979 tuvo lugar en el seno del partido una espiral de dimisiones, que tuvo su colofón en noviembre con la renuncia a la presidencia de Carlos Hugo de Borbón. El partido, a partir de entonces, vivió un proceso de descomposición interna, y una existencia testimonial en algunos municipios pequeños del País Vasco y Navarra. No obstante, todavía existen y defienden su ideología autogestionaria, federalista, democrática y socialista. El 1 de agosto de 1986, el Partido Carlista anunció a la prensa local su continuidad en la coalición Izquierda Unida.
Sus hermanos rivales, los diferentes grupos tradicionalistas, tampoco salieron bien librados en las elecciones generales, no alcanzando ningún acta de diputado o senador. Algunos carlistas franquistas se acercaron a Fuerza Nueva y a los intentos políticos por crear una alternativa neofranquista, entre 1977 y 1981, pero tampoco lograron arrastrar al resto de grupos legitimistas. El fracaso final de este proyecto, a partir de las elecciones de 1982 cerró esta etapa.
Coincidiendo con el 150 aniversario de la Primera Guerra Carlista se dieron los primeros pasos en la convergencia de los grupos carlistas tradicionalistas. Los trabajos de la Comisión Promotora de la Unidad -creada en 1983- culminaron a principios de 1986 en El Escorial en el Congreso para la Unidad Carlista, que supuso la reconstitución de la Comunión Tradicionalista Carlista, fruto de la alianza de Unión Carlista, Comunión Tradicionalista, Comunión Católica-Monárquica y otros grupúsculos, además de personalidades más o menos independientes. A este congreso siguieron otros en la década de los años ochenta, tendentes a la reorganización y unidad de fuerzas, logrando de nuevo implantarse en la tradicional geografía carlista.
Junto a la renovación de sus cuadros, la Comunión Tradicionalista Carlista invirtió notables esfuerzos en la clarificación -más bien afirmación- ideológica, rechazando el experimento autogestionario que, en su opinión, había llevado al carlismo al mayor desastre de su historia: la pérdida de su identidad y apoyos sociales tradicionales. A la consolidación de las juntas regionales se añadió, además, la creación de algunos círculos tradicionalistas en Madrid, Navarra, Valencia, Galicia, País Vasco, Cataluña, Andalucía y Aragón. Algunos de estos círculos y centros carlistas continúan hasta nuestros días publicando impresos como El boletín carlista de Madrid, El Babazorro, La Santa Causa, Ahora información… El tema del Pretendiente continua, no obstante, dividiéndoles pues mientras algún grupo apoya la candidatura del príncipe Sixto Enrique de Borbón, otros no lo tienen tan claro, semejando ser “monárquicos sin rey”.
A finales del siglo XX, algunos grupos o círculos se separaron de la Comunión Tradicionalista, manteniendo no obstante buenas relaciones, ejemplo de que la división forma parte de toda la historia del carlismo, pero tienen en común la reorganización, la formación y la cultura, que anteponen a la actuación política. De esta manera, estos carlistas del siglo XXI no tienen prisa, pues después de doscientos años de existencia creen que tal vez la llama de la legitimidad vuelva a brillar y a tener una nueva oportunidad en el horizonte de la política española.
Antonio Manuel Moral Roncal
Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.